El Ordenanza

Subvencionados

El Ordenanza. Capítulo 4

Escena 1

Son las diez de la mañana de un jueves de sol y calor. Sobre la mesa quedan restos de un bocadillo de atún y un ordenador portátil, cuyos altavoces reproducen el álbum “The Blues Is Alive And Well”, de Buddy Guy. La luz está apagada, la persiana subida y el sillón vacío. Llaman a la puerta y una voz responde, desde el suelo, un escueto “adelante”. La puerta se abre y por ella entra Avelino.

–Señor Alcalde, ahí fuera esperan los dos jóvenes que le envía la Concejalía de Cultura.

–¡Buffff! –se queja el alcalde levantándose de la moqueta– ¡El jodío corto de los...!

Se recompone.

–Hágales pasar, por favor, Avelino.

–De inmediato, señor Alcalde.

–Avelino...  no tan de inmediato, por favor...

–Como quiera.

Sale por la puerta y el alcalde vuelve a adoptar la postura del loto y, sonriendo, niega con la cabeza.

Escena 2

El alcalde, sentado en su sillón con un abrecartas en la mano, escruta en silencio a los dos jovencitos, que se deshacen de nervios sentados frente a él, entre Sonia Caparrós, concejala de Cultura, y Juan José Alcañiz, teniente de alcalde y titular de Participación Ciudadana. Los chavales les están narrando el guión de un cortometraje para una campaña municipal para concienciar a la juventud de la ciudad sobre las consecuencias del consumo de cannabáceos, pero al primer edil no parece importarle más que pincharse el dedo con el pequeño estilete.

Los dos mozos, de unos dieciocho o veinte abriles, llevan un tupé realmente envidiable y parecen muy buenos nenes, pese a sus pantalones tobilleros. Así, el que parece más espabilado de los dos, el único que habla de ambos, va detallando los pormenores del filme:

–… y es entonces, cuando la mosca atrapada en aquella oxidada pila de fregar del patio trasero, es consciente de que lo único que la puede liberar de la tela de araña que la retiene es que haya empezado a llover, pero puede ser también la causa de su muerte.

Silencio.

El primer edil deja el abrecartas sobre la mesa, descuelga el auricular del teléfono y pulsa un par de botones.

–Avelino, ¿puede usted subir un momento? Gracias.

Se pone en pie, pensativo, con el dedo índice de la mano izquierda sobre los labios. Mira a uno de ellos y, como si hubiera descubierto una verdad arrolladora, dirige su mirada a la concejala de Cultura:

–Oye, Sonia, ¿este no es el hijo de tu hermana Carmina?

Tía y sobrino palidecen.

–Sí.

–Entiendo.

Justo en ese preciso momento, unos nudillos golpean la puerta.

–Adelante.

El picaporte gira, la puerta se abre y, tras ella, aparece Avelino, impoluto como siempre.

–¿Me llamaba, señor Alcalde?

–Verá, Avelino: estamos aquí reunidos con estos chicos que, como sabe usted, han sido seleccionados por la concejalía de Cultura, para subvencionar (transversalmente con la concejalía de Participación Ciudadana y la de Salud) la grabación de un cortometraje para la campaña de prevención contra el consumo del cannabis y, creo que necesito una segunda opinión.

–No entiendo en qué puedo serle útil.

–¡Ay, Avelino! ¡No sea usted tan modesto! Seguro que sabrá usted darme su sincero parecer, después de escuchar lo que va a narrarle aquí el sobrino de Sonia... y, por favor, cuando acaben, sea usted tan amable de acompañarlos a la puerta. Por cierto, chavales, no os droguéis.

Y sale de la estancia mientras el chico comienza a relatar, desde el principio, todo el desarrollo de su cortometraje.

Así nosotros, estimado lector, podemos dejar que la música se apodere de la escena y que la voz del zagal acabe por ser engullida por ella, mientras se anima y gesticula con pasión tratando de poner en situación a Avelino, que no da crédito a lo que oye y ve; el otro muchacho se pregunta para qué se ha molestado en ir; Sonia se muere de la vergüenza y la acción se diluye, lentamente, sobre un lecho de perfectas notas musicales.

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