Saber es acordarse

Civismo y educación

No llego a entender por qué no mantenemos nuestras calles igual de limpias que “nuestras casas”. Lo entrecomillo por si a algunos le gusta mantener su casa como una pocilga, y asumiría que son los mismos que se dedican a mantener nuestras calles como si se tratara de un estercolero, por mucho que el M.I. Ayuntamiento de nuestra ciudad ponga medios humanos mañanas y tardes para recoger todo aquello que algunos ciudadanos, por no andar unos metros y depositar en las papeleras (recipiente de tamaño mediano que se coloca en lugares discretos, que normalmente acoge una bolsa de plástico de color negro, y en cuyo alrededor se encuentran siempre bolas hechas de papel u otros desperdicios), dejan caer dónde les viene en gana.
Vas otras localidades de nuestro entorno o cuando sales de vacaciones observas la limpieza de sus calles y te das cuenta entonces de la falta de civismo de algunos de nuestros conciudadanos, y si el problema es educacional, mal lo llevamos, pues no se limita a nuestra juventud, los tenemos de todas las edades y como ejemplos los que detallo:

Tenemos al cliente que sale de la entidad bancaria con su extracto, lo comprueba, se extraña de algún apunte cargado, generalmente comisiones, mira a derecha e izquierda, y lo rompe en pedazos minúsculos no vaya a ser que algún cretino pueda acceder a sus datos bancarios, para dejarlo caer en la acera como si se tratara de confeti.

Para punibilidad, la de esos conductores que mientras esperan que sus señoras salgan de Mercadona o alguno de los comercios de nuestra ciudad, sin pensárselo dos veces sacan el cenicero lleno de colillas medio acabadas de su flamante vehículo y dejan caer las mismas en los alcorques de los árboles de nuestras calles. Igual entienden que con ello abonan nuestra flora más cercana.

Luego aparecen esas mamás que mientras se toman su café o helado en una terraza con el nene pequeño, que le toca el yogurt de la tarde, observas cómo con la última cucharada cogen la servilleta, limpian al chaval, meten la servilleta en el recipiente del yogurt y dejan caer el mismo en el portal de la finca más cercana.

Otro ejemplo a destacar el de los algunos jóvenes, clientes habituales de los bares de copas, que los viernes y sábados se dedican a desaguar sus vejigas miccionando los cubatas en las entradas de los parking y algún que otro portal, marcando su territorio como suele verse en el canal Natura que hacen algunas fieras salvajes en las estepas africanas.

Y lo más grave, si cabe, aquellos que se dedican a destrozar nuestros parques y jardines arrancando de cuajo figuras decorativas de los mismos o ramilletes de flores recién plantados que entiendo lo harán para regalárselo a la novia o esposa o hacerse un centro de mesa, pero que acudiendo a Reme, Keti u otra floristería de nuestra ciudad les quedaría mejor el ramo, con ese toque especial que suelen darle, y nos dejarían disfrutar al resto.

Quizás estos problemas de educación y civismo se irían corrigiendo si al igual que nos ponen multas por exceso de velocidad o mal aparcamiento, se aplica una normativa por infracciones a las ordenanzas de limpieza, y no estaría de más hacer lo que en otras poblaciones hicieron en su momento: con multas de 100 euros a estos pocos infractores conseguiríamos mantener una ciudad más limpia y un entorno más agradable, no sólo para nosotros sino para todos los que nos visitan.

No es más limpio el que más limpia, sino el que menos ensucia.

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