Cartas al Director

Crónicas de la pandemia V

En aquellos momentos uno de los tres científicos presentaba su ponencia a los otros dos colegas de ERTE…

López tuvo que viajar, hace unas semanas, a una ciudad no muy lejana para acompañar a alguien a cierto lugar en el que, presumiblemente, prohibirían su entrada. Por lo tanto, para evitar enfrentamientos estériles y mantener su reputación de persona razonable, decidió que lo mejor sería evitar acercarse a la puerta del establecimiento y esperar, dentro del coche, a que la persona a la que acompañaba terminase las gestiones para las que había sido llamada.

–“¿Cómo que a qué ciudad había viajado López? Precisamente omito el dato porque carece de relevancia”.
–“¿Cómo que a quien acompañaba? Hazte una idea… Si estamos en medio de una pandemia y tenemos limitadísimos los contactos, deberías deducir que no podía llevar en su coche a la estanquera del barrio, so pena de enfrentarse a una multa por infringir las normas del estado de alarma. A més a més (esta es una licencia en la otra lengua vehicular), teniendo en cuenta que López no es fumador”.
–“¿Puedo seguir?”

López desconocía el tiempo exacto que su compañera tardaría en resolver los trámites que la ocupaban. Buscó un aparcamiento y decidió esperar leyendo una revista de papel y otras informaciones telemáticas de las que se acumulan y rebosan por las juntas del celular. Transcurrida una hora, ya fuera por el frío o porque la próstata de López requiere de vaciados frecuentes, decidió buscar algún bar en el que poder tomarse un cortadito caliente y aliviarse. Encendió el motor y en unos pocos minutos localizó el lugar que, en aquellas fechas, tan sólo servía en la terraza y en el salón interior con una importante reducción de aforo y que tenía prohibidísimo servir en la barra.

-“¿Qué si puedo precisar un poquito más? ¿El paisaje urbano? Pues no. ¿Que por qué? Porque López es un tipo discreto al que no le gusta que se hable de él y bastante hace permitiéndome que relate este acontecimiento”.

López entró en el bar, con esa forma que tiene él de entrar en los garitos que pareciese que hubiese nacido allí mismo; que la decoración y el mobiliario estuviesen dispuestos a su imagen y semejanza; que fuese el puto amo del suelo en el que pisa; que los camareros fueran sus empleados y él fuera el inventor del derecho de admisión. (Por eso a López nunca le han prohibido entrar en ningún sitio).

Había un parroquiano de cierta edad apoyado en la esquina de la barra. Al ver entrar a López, el muchacho que atendía el local le hizo una señal al viejo para que se fuera a una de las mesas de la terraza, no fuera a ser que el hombre que acababa de irrumpir embozado con una mascarilla fuese alguien de esos que te pueden buscar las cosquillas. El chico se puso todavía más nervioso cuando López le preguntó si se podía tomar un cortado en la barra y en seguida le preparó una mesa, que ya tenía montada para las comidas del medio día, demostrando, con ese gesto, lo bien que el establecimiento cumplía las normas. López suspiró; subió las escaleras; entró en la puerta de “al fondo a la derecha”; orinó; y volvió a suspirar.

Un cortado se termina enseguida…



-“¿Que si puedo ir al grano? ¿Acaso te estoy obligando a leer? Mira, si no puedes con esto, te sugiero que te vayas a Twitter. Allí terminas antes.”

Un cortado se termina enseguida y el mensaje para que volviese a la puerta del lugar en el que había dejado a su colega, seguía haciéndose esperar. López es uno de esos seres humanos con un agudo sentido de la observación que siempre le tiene atento a todo lo que sucede a su alrededor. En el comedor sólo había otra mesa ocupada por tres individuos y dada la ausencia de otras voces y el volumen con el que se prodigaban, era imposible no oír la conversación que mantenían.

Se hablaba en aquella tertulia de la más que demostrada confabulación de los poderes poderosos para acabar con toda la gente que sobra en la faz de la tierra. En aquellos momentos uno de los tres científicos presentaba su ponencia a los otros dos colegas de ERTE. Versaba la misma sobre la inutilidad actual de las guerras cuando puedes soltar un bichito y cargarte a la mitad de la población mundial sin romper los edificios ni los campos de fútbol.

López calculó los riesgos. Ninguno de los riesgos pasaba del metro setenta y tampoco parecía que fueran mucho al gimnasio. Además tenía el recurso de la placa, que tan buenos resultados le había dado en otras ocasiones. Se acercó a los tertulianos. Me van a perdonar señores, pero he escuchado sin querer su conversación y siento la necesidad de profundizar, por supuesto con su ayuda, en algunas de las ideas que estaban exponiendo. Así que si me lo permiten, con mascarilla y guardando la distancia, por supuesto, me gustaría charlar un momento con ustedes.

Esto lo dijo López ya con la mascarilla puesta, de pie, desde su metro noventa y ocho de estatura y sus ciento diez kilos de peso que tantas veces le han conseguido un asiento sin tener que insistir demasiado. Los tres hombres se miraron con cierto asombro y se pusieron la mascarilla con bastante fastidio. López se sentó en la silla libre sin que nadie lo invitara.

Verán señores, respetando sus argumentos y sin poner en duda los conocimientos que ustedes tienen para fundamentar sus teorías, lo que yo me pregunto es qué interés pueden tener los poderes poderosos del mundo para matar a la gente y dejar intactos los edificios. Si no sería más lógico, precisamente todo lo contrario –en la lógica de los poderes poderosos de ganar cada vez más dinero a costa de la gente corriente, me refiero–. Quiero decir que seguramente si destruyeran las casas, los campos de fútbol y las plazas de toros y dejaran a todo el mundo vivo, tendrían la oportunidad de volver a construirlo todo de nuevo con mano de obra abundante, enfrentada por conseguir trabajo y, por lo tanto, barata. ¿Y qué sentido tiene conservar los pisos si no hay gente que los compre o los alquile? ¿Y cómo van a cobrar los futbolistas y sus representantes si los hinchas no pagan las entradas y las plataformas de televisión no tienen millones de abonados? ¿Y qué función tendrían las iglesias vacías?



Los hombres se levantaron, pagaron en la barra el almuerzo y se fueron sin despedirse de López.

–“Lo mismo voy a hacer yo listillo”. Me dice el lector ese que siempre acaba aburrido con todo lo que cuento y que ¡sieeeempre! se espera hasta el final para poder decírmelo porque es la única manera de que a él se le ocurra algo que decir. “Ya tardas, siempre tardas”. Le contesto.

López nunca desaprovecha la ocasión de terminar una historia por todo lo alto. Antes de levantarse, se echó mano al bolsillo derecho de su cazadora y como si le molestase un objeto para coger el móvil, que en ese momento lanzaba la llamada de rescate, sacó su placa falsa de policía y la puso encima de la mesa asegurándose de que la viera el camarero. Luego sacó su móvil y pidió la cuenta sin levantar los ojos de la pantalla. Se acercó a la barra mientras volvía a meter la placa en el bolsillo. “Cuando he entrado aquí esos tres ya habían terminado y han estado todo el tiempo sin ponerse la mascarilla”. El muchacho, que no sabía dónde esconderse, le dijo que estaba invitado. López dejó el euro veinte que le había pedido anteriormente y salió del recinto.

Condujo hasta la puerta del enorme edifico en el que le esperaba su acompañante. ¿Qué tal ha ido todo? Le preguntó al subir al automóvil. Bien, muy bien. Está todo perfecto. ¿Y tú? ¿Te has aburrido mucho? Imagínate. Me he terminado todas las lecturas y casi me meo.

Por: Felipe Navarro

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