Apaga y vámonos

Crónicas de la Resaca (en mayúsculas)

Dos aspirinas. Un vaso de leche. Poca luz. Ropa cómoda y mi sofá. Nada de tele ni de radio —medios tomados de un tiempo a esta parte por verduleras (con todos mis respetos), guarrindongas y pichasbravas que por lo visto cobran según decibelios—, nada de música. Ni siquiera lectura, que marea. Viernes, diez de septiembre. Quiero morirme.
Aún retumban en mi cabeza los ecos de los últimos arcabuzazos (a Sebastopol os mandaba yo a jugar a los soldaditos, majos), el chimpúm-chimpúm monótono y repetido hasta la extenuación de algunas bandas de música que parecen sacadas de cualquier película de Berlanga, y cómo no, el estruendo de los petardos, que en manos de esos aprendices de macarrilla que afloran en septiembre consiguen que uno pierda la paciencia e invoque a Herodes, más que nada porque pillar un masclet y metérselo por donde escuece a una de esas criaturas –sinceramente, es lo que me pide el cuerpo– muy legal no creo que sea.

Y mi estómago, ay. Un monumento a la acidez y a los ardores. No hay Almax que valga, ni bicarbonatos mágicos. Pero lo cierto es que lo tengo más que merecido: a estas alturas ya deben saber que lo mío es llevar la contraria, y con tanta campaña, tanto Montilla y tanta camiseta me ha entrado una sed atroz, que he mitigado haciendo subir la cuenta de beneficios de destilerías e importadores en, como poco, un 20%. Pero no seamos negativos y busquémosle las ventajas: gracias a mi periplo de barra en barra, de verbena en verbena y de local en local, he llegado a la conclusión de que Villena está mejorando mucho: sólo una de cada tres copas que me he bebido (prefiero ceñirme a la estadística y no dar cifras totales, que uno tiene una imagen pública y un prestigio) era de garrafón. No me dirán que no es un avance, que hasta no hace mucho para pillar alcohol bueno tenías que destilártelo tú. Sin lugar a dudas, Otra forma de ser, otra forma de beber. Y por algo se empieza, señora.

Miro a mi alrededor y me asusto: veo montones de ropa arrugada que hieden a noche de farra, ceniceros rebosantes incluso de colillas, vasos llenos de veneno en la estantería, junto a mi foto de la mili (aquí donde me ven fui capellán de los Regulares de Bulilla –o de Melilla, que ya no me acuerdo–), un hueso de jamón enmohecido colgado de la lámpara del recibidor, sábanas sucias que llevan tres días tapando a una chica que aún no sé cómo se llama...

Pero me vengo arriba y consigo llegar hasta aquí, al otro lado de sus monitores, dispuesto a escribir estas líneas cueste lo que cueste. Empiezo y no puedo; veo dos folios en blanco. Busco inspiración en la red y acabo llegando a la página electrónica de mi banco. Error. Se me ocurre consultar el saldo. Lo hago hasta tres veces seguidas, actualizando la página en una ocasión, frotándome los ojos en otra... pero la cantidad sigue siendo ridícula, más incluso que ciertas partes del cuerpo masculino tras el noveno cubata. A mitad de camino entre el aturdimiento y el pavor recibo un correo electrónico de un compañero que simpático me recuerda que el lunes nos vemos en el trabajo.

Es entonces cuando comienzan a brotar lágrimas con olor a JB que me impiden terminar esta columna.

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