De recuerdos y lunas

Horas de estudio

Yo los observo con curiosidad y cierta nostalgia cuando voy a la biblioteca. Son jóvenes que acuden a estudiar o, en grupo, a hacer un trabajo. Y se les ve con grande disposición. Lo primero, se organizan el arsenal de bolígrafos, rotuladores, subrayadores, lápices y apuntes. También el móvil. Porque ahora el móvil es impedimenta indispensable. Como los MP3, descendientes hijos de los discman y nietos de los walkman. Los libros, no obstante, escasean. Son muy pocos los jóvenes que disponen de libros para el estudio. Por el contrario abundan los apuntes, fotocopias llenas de subrayados en fluorescencia o aún vírgenes a la espera de recibir las señales de las primeras lecturas. Sí, yo los observo con curiosidad y cierta nostalgia cuando voy a la biblioteca y una vez que han extendido todo el pertrecho, una vez que han tomado la posición, se ausentan unos instantes para tomar un café y fumar algún cigarrillo. Que la obligación anuncia vigilia larga y es necesario cargar pilas.
Desde mi indiscreción, levanto de vez en cuando la cabeza y los veo salir. Salir y entrar. Los jóvenes hacen mucha vida social que es buena vida para la sociedad. Porque en ese conversar de los descansos se dicen sus inquietudes. Salen y entran. Entran y salen. Y cuando salen, en ese lapsus, es cuando mi memoria siempre me trae una experiencia de estudiante en Alicante. Cuando la carrera. Cuando los beatos años de carrera a pesar de las agonías de los exámenes y los desamores.

Acudíamos todas las tardes a la Biblioteca Municipal, la de Paseo o Paseíto de Ramiro, frente al Postiguet. Desde donde vivíamos –casualmente en la calle San Mateo– hasta dicha biblioteca, el andar era una delicia. Calle San Mateo, Plaza Manila y, bien cruzando Padre Esplá o pasando por la Plaza Pío XII, nos encaminábamos hasta el Hospital Provincial, donde hoy luce con orgullo merecido el Marq. Y desde allí, por las espaldas del magnífico edificio, bajábamos hacia la estación del trenet, bajando la cuesta del Hotel Maya, pasando por el barrio antiguo de los pescadores. Así hasta el Postiguet, hasta la biblioteca. Llenándosenos los ojos de mar y el corazón de melancolías. Una vez en la biblioteca –aquí es donde queríamos llegar–, solíamos gastar una broma cuando alguien salía a descansar. O a ligar. Era una broma que nos permitía el medir la capacidad de concentración y estudio de la víctima. Cuando alguien abandonaba la sala de estudio, le atrasábamos o adelantábamos algunos folios de los apuntes o algunas hojas del libro que leía. Y en no pocas ocasiones, la víctima, después del asueto más o menos prolongado volvía sobre lo leído sin darse cuenta de que lo que leía ya lo había leído o, en el caso de haberle adelantado algunas páginas, continuaba el estudio sin echar de menos el precedente ignorado. Así estaban nuestras cabezas donde estaban.

¡Cuántas veces me acuerdo de esto para reflexionar sobre el estudio! Echamos horas por echar, sin rentabilizarlas. Es como la asunción de una tortura, de un sin remedio. Sin producir nada. Resignados al estar, esperando que pase el tiempo. Y el tiempo pasa sin aprovecharlo. Y cuantas veces me acuerdo aquí de mi poeta Jaime Gil de Biedma y sus "Noches del mes de junio" dedicado a Luis Cernuda: "Eran las noches incurables / y la calentura. / Las altas horas de estudiante solo / y el libro intempestivo / junto al balcón abierto de par en par (la calle / recién regada desaparecía / abajo, entre el follaje iluminado) / sin un alma que llevar a la boca."

(Votos: 0 Promedio: 0)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Mira también
Cerrar
Botón volver arriba