De recuerdos y lunas

Inseguridad ciudadana

Aviso a navegantes de internet: A pesar de que tengo blindado el ordenador estoy siendo víctima de delitos a través de la red. Con frecuencia se nos recuerda que llevemos cuidado con descargas y correos. Pero no hacemos caso. Creemos que lo que dicen que amenaza no pasa o les pasa a otros. Así pensaba yo imprudente y confiado. Y lo estoy pagando.

Hasta la fecha en tres ocasiones he sido víctima de un ladrón que campa por la red. Su aparente inocencia ha sido letal. Las autoridades, advertidas porque las he puesto al corriente de mi caso, deberían tomar medidas. Ustedes también. Si ven algún correo que dice miche@... y quieren seguir viviendo despreocupados, no lo abran. Los correos llevan anexos documentos de alto riesgo camuflados de cómic. Tres envíos he recibido y en los tres he caído engatusado por su sugestiva inocencia.

Se trata de un ladrón que nos embauca con la intriga. Sigilosamente se mueve entre espacios grises, azules hermosos, oscuridades planas para no molestar ni a los gatos, cómplices del caco. Por tejados. En equilibrio por tendederos. Sobre trenes. Por pasillos... Tras evolucionar entre sombras y silencios, el ladronzuelo comete sus fechorías. Aquí roba un retrato de quien debe estar enamorado; allí, el placer de pulsar un botón del pitido del tren y despertar al maquinista dormido; en el último, sustraer unos planos de algún proyecto secreto de avión estratégico para hacer un barrilete y... ¿Que qué me ha robado a mí?...

¡Es un peligro público! Porque más que robarnos cosas este ladronzuelo nacido de la mano de Miche, camuflaje trascendental de Rafael Cantó Ureña, nos deja a pelo con nuestras hipocresías y contradicciones burguesas. Éste es su mal. En esto reside su carácter bribón y nocivo. Nos quita la careta. Como espejo del alma.

Vivimos tan pendientes de las cosas que nos provoca que un ladrón no las quiera o las quiera sólo para jugar. Nosotros nos descerebramos por ganar lo que el ladrón tiene a mano, un collar de perlas por ejemplo. Pero esto valioso no reclama su rapiña. Así ignora los rebosantes joyeros y se lleva una foto. Para arrimarla con ternura a su corazón en la intimidad oscura o apreciarla en un tejado bajo las estrellas. Esto nos concome porque si fuéramos ladrones y hubiéramos superado todos los obstáculos que hay que superar para llegar a esa habitación en la noche, cogeríamos las joyas. El ladrón que nos roba, no. Éste nos descompone. Igualmente en el tren, donde tras tanta pericia arriesgada para llegar hasta el control del mismo, no llega a ningún bien material, sino al placer de pulsar la bocina y despertar de su sueño a un cándido conductor dormido. Y no menos en el robo de los planos del avión estratégico. Aquí, al principio, sí que nos parece de los nuestros al aplicar racionalidad y eficiencia. Los planos se presumen valiosísimos. Pero no. También nos escupe nuestros egoísmos porque resulta que los planos los usa para construir el cuerpo de una birlocha que hincharán los vientos pascueros de la tarde.

Entonces... ¿Por qué es tan cruel este ladrón?... Lo es por su sinsentido: Sortear la noche escalando tejados para robar una foto, el amor; reptar entre vagones con la agilidad jabonosa de una sierpe para llegar a tocar una bocina y despertar al conductor dormido, el capricho y la asistencia o... O burlar todas las seguridades de un centro de alta seguridad para conseguir un paño para cometa, el juego. Todo esto al cabo para descubrirnos lo idiotas que somos creyéndonos que nos ocupa sólo lo serio. ¡Maldito ladrón!

(Votos: 0 Promedio: 0)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Mira también
Cerrar
Botón volver arriba