Cartas al Director

Invasión o victoria

El “Brexit” aún no ha impedido que el partido de los extranjerismos lo estén ganando, y por goleada, los anglicismos

Si creíamos que tras La guerra de los mundos el concepto de invasión había llegado a su clímax, estábamos más que equivocados. Casi un siglo después, la radio y la televisión de nuestro país, con la ayuda inestimable de sus majestades los ciudadanos, se están convirtiendo en una lanzadera de marcianitos idiomáticos que nos acompañan de día y de night. Ya que hemos sido un territorio invasor, ahora nos toca ser invadidos. Pérez Reverte me daría la razón, ¿o no? Un tuit tiene la respuesta. La buena noticia es que en este intento de conquista los misiles tan solo son palabras, que a veces explotan ante nuestros oídos como granadas de mano y otras solo resuenan cual soniquete de charanga, inofensivos. Eso sí, la pelea de gallos la están ganando los del Támesis y cada vez hay menos crestas lingüísticas pululando por nuestro aire contaminado. El ménage à trois se está convirtiendo en estos lares en singularite ¡Si Juana de Arco levantara la cabeza!

Parece que Astérix y Obélix no son bien recibidos fuera de su irreductible aldea y que el buffet ya no es libre. Como la baguette que después de parecer la prima hermana de la “Vane” ha perdido el beneplácito de los españoles. “Baguete”, pues eso, no hay nada mejor que utilizar un galicismo para que pase al olimpo de nuestro lenguaje con un significado que nos es muy propio, y, claro, si es con falta grave de ortografía mejor que mejor, lo degustamos con más delectación. Lo que estaba diciendo, que el Brexit aún no ha impedido que el partido de los extranjerismos lo estén ganando, y por goleada, los anglicismos. Parece ser que el carnet ha perdido más que la “t”, hasta los points del mismo, diría yo, y ahora no es más que el sparring de Mayweather (personaje VIP donde los haya y con un gancho de Gym que para sí quisiera Supermouse).

Hablando de todo un poco, el otro día estuve en el cinema, que, por cierto, ya no es Paradis, y disfruté de la premiere de no sé qué film, que eso creo que es lo de menos en estos momentos. Lo importante es que salía el VIP que he nombrado antes como intérprete principal junto a un tal Boris, Johnson para más señas. Sí, ese que tiene nombre de tenista y apellido de tren de velocidad, pero no es más que un maniquí con el pelo a lo Marilyn. Me senté en mi butaca premium (no tenía ni idea de lo que quería decir, pero me sonaba a unas chips que compré hace tres días, que estaban para chuparse los fingers, y eso me hizo sentir neosnob). Me puse a chatear con mi smartphone nuevo y a comer unas palomitas, perdón, unas popcorn, que me habían vendido dentro de un bowl muy chic una chica y un chico con caras de amabilidad -qué gran cosa en estos tiempos-.

Vaya, me estoy yendo del tema, o no. Da igual. Por un momento he pensado que estaba haciendo el Erasmus de Periodismo en Cambridge, y que los brexianos o brexistas, como os guste más, me estaban apuntando con una Winchester para que aceptara la invasión sin rechistar. Menos mal que han sido imaginaciones mías. ¿To be or not to be? Qué más da. Ahora mismo tengo bastante con decidir si me tomo el brunch, el lunch o una burger rellena de pato, que el smoothie con sus incalculables toppings se me está deshaciendo y me voy a poner “perdido”. Ya me contaréis cómo quedó la pachanga.

Por: David Tomás Maciá




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