Estación de Cercanías

Invasores, invadidos y “Diazepán”

Llevaba tiempo pugnando para ser la mayor causa de preocupación entre los españoles y lo ha conseguido. Después de las últimas oleadas de cayucos llegadas a las costas canarias, la inmigración ilegal ha superado al paro, al terrorismo y a la inseguridad ciudadana según el barómetro del CIS. El goteo diario de seres humanos que llegan a territorio español es alarmante, y no estoy hablando solamente de cayucos y Canarias; las islas son simplemente el punto más visual del problema. Las fronteras pirenaicas de Irún y La Junquera (esta última carece de vigilancia aduanera al paso de mercancías) son de igual modo pasillos abiertos a la entrada de inmigrantes, con una gran diferencia: al acceder a nosotros por estos puntos no son cuantificables y pasan totalmente desapercibidos al control, con lo cual los actuales dueños del cotarro, las mafias, omnipresentes y omnipotentes por encima de presidentes, leyes, reyes y sanciones, envían por el sur y por mar a “unos cuantos”, para de este modo desviar las miradas, y como todo buen estratega, hacer el caldo gordo por el otro frente.
Pero realmente los resultados de las últimas encuestas no dejan claro, por lo menos para mí, cuál de todas las variables que este problema lleva implícito es la que realmente preocupa a los ciudadanos. No aclara si la preocupación viene dada por el alarmante “¡Qué vamos a hacer con tanto negro¡” o “¡A este paso se hacen los amos!”, expresiones lamentables pero muy extendidas, o bien es motivada por ese sentido de la posesión única y exclusiva que algunos tienen sobre el territorio en el cual habitan y que sienten invadido, cuestión ésta que para mí es tanto o más preocupante que la cuestión que nos ocupa.

Porque si el fondo inquieto de esta respuesta fuese motivado por un sentimiento de caridad que para con estos desafortunados debemos de tener, pensando que por encima de todo, y de todos, estamos hablando de seres humanos, y por el interés ciudadano de que éste u otros gobiernos venideros tomen en serio esta cuestión trabajando para conseguir la integración de todo aquel que llegue a nuestro país en busca de un futuro honrado, para poder mantener a su familia (con la dignidad que hoy, en pleno siglo XXI, debería ser obligatoria), desde luego los resultados de las encuestas serían muy buenos. Y como bien dice Juan Ángel Conca, en su artículo de la semana pasada, no tendría por qué poner nerviosos ni a gobernantes ni a ciudadanos.

Sería además un magnifico síntoma para nuestra sociedad, pues podríamos pensar esperanzados que no solamente crecemos como rascacielos hacia arriba, o como corruptos que se desparraman circularmente, sino que crecemos desde dentro, que estamos aprendiendo lo que supone formar parte de un país que avanza y debe saber compartir.

Pero me temo que no es el caso: Los culos se mueven inquietos al ver cómo el uso demagogo que con este tema se practica sin ningún tipo de pudor pone en peligro el sillón que lo apoya. La sociedad salpicada por esa sensación magnifica el problema y no es capaz de pensar ni actuar con lucidez. Y es contagioso. Para muestra el primer párrafo del artículo de mi vecino de la página 2, desafortunado totalmente, donde compara a los asesinos de ETA con lo inmigrantes invasores. Nadie puede obligar, amigo Gracián, a la solidaridad; sentirla es innato en personas de corazón grande y mente abierta al color, al dolor y al sufrimiento ajeno, que pasamos por encima de telones de fondo y de preguntas que justifican carencias, y que desde luego no esperan disculpas formales de aquellos que aspiran a vivir como nosotros.

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