De recuerdos y lunas

Lo que el tren se llevó

A veces tengo la certeza de que fue un tren lo que se llevó mi infancia. Y se la llevó no hacia el mar, sino hacia tierra adentro, hasta Madrid. Esto creo que le pasó a mi niñez, esa que muchas veces queremos embalsamar en esta columna.

Cuando chiquillo, las vías fueron escenario de juegos. Ya se ha dicho esto aquí. Cuando escribimos "Vapor". Cuando "Horizontes ya". Por las vías danzábamos entre vagones abandonados y activos, entre carriles muertos y vivos, entre montones de carbón inútiles... Pero un día, no sé si el mismo día en el que un tren se llevó mi infancia, se estropeó todo. Una cuadrilla de las que también iban por allí en patulea, les dio por recoger plomo para venderlo y ganar para brocerías. Primero se conformaron con el plomo desechado de los precintos de los vagones pero luego atacaron los precintos en uso y, finalmente, la codicia orientó la trastada –o el delito– contra los plomos de las cañerías de los urinarios, arrancándolas. "Urinarios" ponía en los servicios, que para los hombres creo que eran una pared alicatada o no –que no la veo bien ahora sino azul grisáceo–, sin compartimentos estancos ni separaciones, sólo un canalillo por los márgenes por donde discurrían las micciones. Un canalillo como también quiere recordar la memoria, entre olores fuertes a orina, que había en el viejo Chapí. Y la memoria quiere decir que también recuerda una taza turca. Pero por hoy ya no la atendemos más. Porque queremos hablar de otras cosas.

Los trenes en Villena, pasándonos tan cerca, siempre se han llevado alguna cosa. De mí –ya se ha dicho– alguno se llevó la niñez. Mirando hacia Madrid. De Villena, el agua. En los botijos del tren botijo y en las cisternas de muchos trenes que paraban en Villena se llevaban agua. Más agua de la que consumían sus calderas. Porque en Villena cargaban con egoísmo cubas. Algún día habrá que traer algún papel de ese trasvase sin tuberías que denunciaron nuestros tatarabuelos en el XIX. Agua y también vino. El vino en bocoyes. Vagones de bocoyes que luego se acumulaban en el puerto de Alicante para embarcarlos hacia Francia.

Pero también, en Villena, los trenes se han llevado vidas. Unas, porque se cansaron de vivir, en desasosiego. Otras, por accidente. Testimonio triste de una realidad próxima de lamentos. Porque ahí están las vías. Y el tren. Y ahí –para Villena– está la vida y la muerte. La vida y la muerte que pasan, como pasan por esa ventana sencilla en una casa sencilla de un pueblo sencillo de la Alcarria tras la que se sienta el poeta León Felipe para escribir "¡Qué lástima!": "Todo el ritmo de la vida pasa / por el cristal de mi ventana... / ¡Y la muerte también pasa!"

En mis sueños, aún silba alguna locomotora de las de vapor. Las veo entre humos, trasiegos y olores metálicos. Olores rojos, negros y oros. Olores oxidados. Y algunos trenes se llevan mis esperanzas, perdido entre la demagogia del antes parar trenes que subirse en ellos. Porque yo soñaba que un día saldría de casa y, siguiendo el camino del sol, me iría hacia las huertas salpicadas de ciudad, absorbidas con inteligencia y plan. Pero otras veces, despierto como ahora, el tren se marcha fulminante. Sin esperar a nadie. Dejándome sin sueños. Dejándome sin esperanzas. Sólo camino de un túnel donde no veo nada, ni siquiera la luz que aventure la salida. Y no veo la luz porque es túnel largo, demasiado largo. O porque se ha cerrado, demasiado cerrada, la noche.

(Votos: 0 Promedio: 0)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Mira también
Cerrar
Botón volver arriba