El Volapié

Los albores de la temporada

La temporada taurina comienza cada año con el mismo ritual, con una liturgia de la cual se nutren grabada a fuego. Todavía es enero y ya se organizan unos pocos festivales taurinos con espíritu benéfico y que suponen un buen entrenamiento para los diestros que van a comenzar la temporada. Seguiremos con la feria de Valdemorillo, un pueblecito en la sierra madrileña donde el invierno tarda en desaparecer y donde las entradas que más se cotizan son las de Sol. Durante este serial apenas comienza a desperezarse el mundo taurino que va calentando motores con vistas a las ferias de La Magdalena en Castellón y la de Fallas en Valencia, ciudades ambas del con gran tradición taurina.
En este punto ya se van esclareciendo los liderazgos del escalafón y los cachés para la Feria de Abril. Sevilla es cuna y templo del toreo, desde el domingo de Ramos hasta el día de San Jaime con el incomparable calendario de la semana de farolillos. En Sevilla tuvo que ser donde un torero se vistiese por vez primera de nazareno y oro en recuerdo del hábito que lleva Jesús del Gran Poder, que los toreros también tienen sus preferencias y no escogen los colores porque sí. Joselito se atrevió a vestir un traje completamente negro para torear guardando luto a la memoria de su madre, la señá Engracia. Raso negro, también llamado catafalco, y bordado en azabache, que nada en el mundo hay más negro que esto. Manolete siempre vestía de claro: Gris perla, blanco, verde aguamarina, y rosa palo, muchas veces rosa palo. Tantas que así vestido se presentó en Linares el último día que anduvo con vida.

Jesulín osó torear en Madrid con un terno amarillo y oro, pecado mortal en el supersticioso mundo de los toros. Color canario se le llama en este gremio, fíjense. Como Jesulín es un nota de papel couché y camina lejos de la pureza del toreo, no se cortó un pelo y desafió hasta la ley de los vasos comunicantes. Es anecdótico decir que Jesulín de Ubrique jamás ha logrado siquiera dar una vuelta al ruedo en las Ventas. ¿Puede un torero ser menos?

A Belmonte le dijo Valle Inclán que para consagrarse sólo le faltaba morir en la plaza. A Jesulín ni siquiera eso le haría pasar a la historia. Juan Belmonte, Curro Romero y Litri de verde botella y oro; José María Manzanares, El Niño de la Capea y Julio Robles de corinto y oro; Jaime Ostos, Diego Puerta y El Viti como Manolete; Paco Camino, Roberto Domínguez y Ortega Cano de tabaco y oro; Espartaco, Pepín Liria y El Califa de azul pavo y oro; Palomo Linares, Miguel Abellán y Javier Conde de blanco y plata; Morante de la Puebla, Antón Cortés y David Luguillano con los bordados en azabache. Es costumbre moderna porque a muchos novilleros les gusta, que los toricantanos tomen la alternativa vestidos de blanco, así como se suele decir que los que visten de grana y oro visten de valientes, o que los picadores son los únicos subalternos que pueden lucir bordados en oro en recuerdo de aquellos galones dorados que llevaban cuando el tercio de varas era la parte más importante de la lidia junto con la suerte suprema.

El mundo taurino que tampoco ha parado ni un momento de girar, nos presenta la temporada de este 2006 como una magnífica cascada de colores. Confiemos en que también reluzcan los cárdenos, los zaínos, los castaños, los colorados ojos de perdiz, los berrendos, los burracos… y que las plazas se llenen hasta el amarillo y gualda.

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