Opinión

Luisín, nostalgias de Villena

En memoria de Luis Delgado de Molina, exdecano del Colegio de Abogados de Alicante, Estudiante y Pregonero de nuestras Fiestas

La primera vez que estuve en Villena no había cumplido cinco años. Corría el año 1947, y a mi padre le hacía mucha ilusión que estuviésemos en las fiestas y que visitáramos a los abuelos (Luis Delgado de Molina Cerdá y Concepción Herrero Turón) y a sus hermanos, mis tíos.

En aquel entonces era algo así como una aventura incierta viajar de Canarias a cualquier otro lugar de España. Pero mis padres, con mi hermana de dos años y yo, nos metimos en uno de aquellos aviones trimotores de hélice que Iberia había comprado al ejército alemán después de haberlos utilizado en la guerra. No quedaba más remedio que ir hasta Madrid, pues en aquel entonces ni en Alicante ni en otros lugares más cercanos existía aeropuerto alguno. El vuelo Tenerife-Sevilla –había que hacer escalas para repostar– duró unas 9 horas, y desde allí a Madrid unas tres horas más. Mi madre siempre se acordaba del calor que pasamos durante la espera en Sevilla y por la noche en Madrid –era la última semana de agosto– hasta que por la mañana cogimos el tren Madrid-Alicante para llegar a Villena, donde esperaban mis abuelos, que no conocían a sus nietos de Canarias ni a mi madre.


Gaspar, mi padre, se había ido de Villena muy joven, con apenas 18 años, a estudiar a la Escuela de Telecomunicaciones a Madrid, y a sus 22 años ya estaba navegando como oficial de radio de la marina mercante haciendo una ruta que, desde el Cantábrico, salía al Atlántico y bajaba hasta la entonces Guinea Española, pasando siempre por Canarias.


Cuando llegamos a Villena, mi tía Lola, esposa de mi tío Luis, venía con un niño del que mi madre me dijo: ahí tienes a tu primo Luisín. Y recuerdo vagamente que alguien comentó que ya me habían preparado un traje de Estudiante, y yo me quedé perplejo pensando que era algo que tenía que ponerme para poder empezar en el Colegio La Salle de Santa Cruz de Tenerife el mes de octubre siguiente.


Tengo algunos recuerdos, un poco en nebulosa (sólo teníamos cinco años), de aquel lápiz gigante de estudiante que yo “convertí” en una lanza, y de la magnífica impresión que me produjo la comparsa de los Moros al verla por primera vez. Y cuántos “torneos” hicimos en aquel patio grande de la casa de nuestros abuelos, siendo yo de los Moros y él, Luisín, de los Cristianos, aunque ambos con traje de Estudiante.

En la despedida, desde la estación de Villena, recuerdo las lágrimas de mi abuela que, mientras abrazaba a mi padre, le decía algo así como lo lejos que estás, que ya no sé si te volveré a ver... y recuerdo que él le dijo: mamá, que este niño –refiriéndose a mí– en cuanto pueda venir solo, volverá y estará un tiempo contigo. Y realmente volví, años después, en julio de 1959, esta vez solo. Y me encontré con un Luisín muy distinto, pues éramos ya unos mocetones adolescentes de 17 años. Y Luis, que ya había dejado de ser Luisín, me introdujo en la pandilla de amigos, que me ayudaron a pasar un verano inolvidable. Pero por encima de todo predominaba su gran motivación, que se le escapaba a raudales, para superar durante el curso siguiente el “preu”, en el colegio de los franciscanos de Onteniente, y comenzar enseguida la carrera de derecho en Valencia. Y siempre, desde aquel entonces, con Mari Carmen a su lado, el único y gran amor de su vida, que nos ha dejado cuatro maravillosas hijas y seis nietos.

Luis Delgado de Molina

Desde mi ventana, aquí, al otro lado de la mar océana, en las medianías del norte de Tenerife, mientras contemplo el valle de La Orotava, limitado abajo por el Atlántico bravío, y al fondo, arriba, por el pico del Teide, permíteme, Luis, que recordemos de nuevo algunos momentos de entonces.

Me parece que estoy viendo el cielo estrellado de las noches serenas de agosto, en “La Casita” –tu casa– ya en el campo, al otro lado de la vía del tren. O aquel día en que volamos la cometa. O cuando el abuelo, en la puerta del Villenense, se alegraba inmensamente al vernos llegar, que tú te fuiste rápido que te esperaba Mari Carmen, y yo acompañé al abuelo hasta la iglesia de Santiago. O cuando fuimos a la finca de Los Alhorines y uno de los hijos de los labradores nos dejaron unas escopetas y estuvimos cazando gran parte del día. O cuando estabas en primero de Derecho y pasé unos días en Valencia, donde también estaban los abuelos. O cuando, años después, pasaste dos veranos en Tenerife para realizar el servicio militar, que en aquel entonces todos tuvimos que hacer.

La verdad, Luis, que aunque reciente había hablado desde la distancia, y no te había dicho nada, tenía previsto sorprenderte y aparecer por Alicante y poder departir contigo largo y tendido allá por finales de septiembre, pero ahora resulta que si voy ya no podré verte. ¡Qué mala pasada me has jugado! Pero este fin de semana, con un intento de alejarme de ese golpe imprevisto, de esa marcha tuya, que me ha dejado como en una honda profundidad, subiré hasta el mismo pico del Teide (3.717 m), a ver si puedo salir a flote y, por las alturas, a lo mejor encuentro algo de ti por ahí, en cualquier lugar del cosmos infinito o del universo entero, y alejo de mí ese desconsuelo que me embarga, al darte el abrazo que realmente no pudo ser.

Por: Gaspar Delgado de Molina




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