De recuerdos y lunas

Mariposas

El silencio pesaba en la mañana. Era gris. También pesaba el misterio. Las camas se desocupaban temprano. Allí estaba yo despierto. Como apartado. En silencio. Sentado en la salita. Absorto, contemplando vacíos. Esperando nada, si no había colegio, después de un día de fiesta. Delante de un vaso de leche. Desde muy temprano, el toque de las campanas en las iglesias era lastimero y lúgubre como niebla. En la cocina, recogiendo el desayuno, había visto sobre el poyete una taza donde flotaban unas pequeñas llamas que de vez en cuando crepitaban consumiéndose. Tenían estas lamparillas un flotador de corcho fino, forrado en la parte superior con una rodaja de naipe. Las lucecitas jugaban evocando espíritus. Esos mismos espíritus que me habían echado de la cama para –me lo decía mi madre– ellos descansar.

No tenía miedo. Los espíritus eran familiares. Una lumbre por cada pérdida. Acaso algunas extras por si algunos eran olvidados. Sentía ternura y respeto. Miedo no. Esto sí, nunca comprobé si las camas seguían calientes de ese calor que dicen que dejan los cuerpos sutiles. Calor etéreo, envolvente. No era miedo, era misterio. Sensación de presencia. Sensación de, estando solo, no estar solo. Y todo parecía inundarse de vapor. Apagándose los colores de las cosas para convertirse en blancos y grises pesados y limpios. Ahí seguía yo, un poco endormiscado, arrojado de la cama por las almas de los nuestros.

Esas lamparillas que mi madre llamaba mariposas eran la fuente de las luces y las sombras que a media noche había visto, entonces sin saber qué, proyectarse por el pasillo. Luces y sombras titilantes como alas de mariposas extraviadas. Mi madre le decía mariposas y mi abuelo "palomillas" o "palometas". La memoria no siempre recuerda bien. La memoria se consume como las luces. Y se apaga. Como se apagan las luces. Unas veces de repente. Otras, consumiéndose. Y apagada, la memoria, no ve. Como en la oscuridad no ven los ojos sin luz. El día de Difuntos era un día postrero de un día de fiesta. El día anterior, el de Todos los Santos, había sido de cementerio y feria. Este, de Difuntos, era de sosiego y silencio. Plomizo y saturado de ternuras. Propicio para escuchar las voces que en el tráfago cotidiano no escuchamos. Los vivos dábamos pasos huecos. Absorbidos de silencios. Unos silencios de respeto sin miedo. Todo era paz percutida por las campanas constantes y algo de estremecimiento por la presencia ausente. Vivíamos la ausencia de los nuestros notándola. Sobre todo por aquel pasillo que, aquel día, era más largo que nunca. Porque nos parecía que conducía hacia un más allá de penumbras distorsionadas de luz intensa.

Escribía Saramago que "los muertos no se retiran del mundo, se mantienen en él desde siempre y para siempre, no en los huesos que dejaron o en las cenizas a que los redujeron, menos aún en la insustancialidad de esos pintorescos fantasmas que necesitan sábanas para convertirse en aparición, sino en la forma invisible de lo que había sido su cuerpo sólido, transformado, por la muerte, en ausencia. Sí, andamos por ahí rodeados de las presencias de los vivos que llenan (llenamos) agujeros en la atmósfera, pero también estamos cercados por las presencias de la ausencia, la de los muertos, esos que nos legaron vacíos para siempre vivos en el lugar que antes ocupaban, incluso cuando de ellos no ha quedado más que el polvo disperso en que se convirtieron."

Ahora veo que las mariposas que mi madre encendía hacían más patente las presencias de las ausencias. Lux perpetua luceat eis. Que la luz perpetua los ilumine.

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