El Diván de Juan José Torres

Mis lejanos Reyes Magos

Que vuelva, si todavía es posible, la normalidad a la que estábamos acostumbrados, que nos olvidemos de hacer colas indias para entrar a un lugar…

Perdónenme sus Majestades la osada confianza al remitirles esta carta desacostumbrada; pero perdí la rutina de escribirles hace ya muchos años, cuando la Vida empezó a abrirme los ojos y a bostezar con añoranza los nublosos recuerdos de la niñez. Si quieren que les diga la verdad, comencé a sospechar de ustedes cuando, siendo yo muy pequeño, otros churumbeles de mi edad, vecinos o compañeros de clase, recibían mejores regalos que los que obtenía yo en mi casa y prometo por mi honor que sus comportamientos eran menos ejemplarizantes que los míos. Sí, todo el año escuchando a mis padres que me comportara bien si quería que los Reyes de Oriente complacieran mis peticiones, reiterando con frecuencia la advertencia como ultimátum, que me reconduje por narices para merecerlo, rechazando el odioso carbón.

Las indicaciones de mis padres, con la mejor intención del mundo, no calaron en mis instintos inocentes del niño que había en mí y que lo cuestionaba todo. Poco tiempo transcurrió para darme cuenta que sus mensajes no eran, exclusivamente, para enderezarme en un camino de virtudes, que también, sino que, sobre todo, para que mi incontrolada hiperactividad, acompañada de travesuras, no dieran mucho el coñazo durante el año, más aún en períodos navideños donde se anhela especialmente el descanso, la paz y la tranquilidad. Hoy lo entiendo, pues mi padre echaba horas en la imprenta y mi madre dedicaba gran parte de su tiempo, demasiado para mí, en cuidar a sus suegros. Luego comprendí que a esa estrategia se le llama chantaje emocional, no existiendo entonces la figura del Defensor del Menor, que me habría servido de mucho en los tiempos actuales.

No quisiera aburrirles a estas alturas con mis lamentos pasados, porque no tiene ningún sentido, pero es cierto que ustedes, sus Majestades de Oriente, me trajeron en aquellos años cosas más ruines que a otros de mi edad y que eran bastante más desobedientes que yo. Y eso que me esmeraba con las cartas que les dirigía, en la caligrafía e intención, afición anual nada recompensada, excepto para aplicarme en la escritura que luego, como consuelo, algo me sirvió. En fin, Mágica Realeza, que más de una vez me sentí timado y a cada expectación impagable de noche de Reyes, con esa sensación de insomnio que desconocía, me llevaba una decepción al día siguiente, desengaño fugaz al comprobar que no era el único de la casa, pues mi hermana mayor y mi hermano pequeño andaban a la par; recordándome estos episodios, años después, a la película “Bienvenido Míster Marshall” del director Luis García Berlanga, por sus apresuradas y fugaces apariciones.

Puede que tanto chasco reiterado conformara en mí ese carácter rebelde y desesperanzado, que hoy titulan mis columnas los desencantos que escribo. No les echo toda la culpa, pero comprendan ustedes que, con tanta carroza llena de paquetes, juguetes y regalos, tantos pajes trajinados y con bolsas, tanto saludo cariñoso lanzando besos, guiños y sonrisas a los niños, tanta espectacularidad en la cabalgata y con los municipales abriendo el desfile, pues qué quieren que les diga, que uno se lo creía a pies juntillas. Más tarde nos teníamos que acostar temprano, dejar los zapatos en el balcón, un poco de mazapán para mostrar gratitud y unas porciones de calabaza para los camellos. A este ritual seguía el desvelo, pues a ver quién era el listillo que controlaba tanta emoción y ansiedad, porque se acercaba el momento más ilusionante del año, probablemente el más mágico del mundo.

Hoy, Majestades, cuento los días que me restan para jubilarme y he aprendido este año, como millones de ciudadanos, la triste habilidad de marcar territorio en las colas de los supermercados, las tiendas, los bancos, los centros de salud, las panaderías y las oficinas… Como diseñando las distancias entre quienes te preceden y los que te siguen para acceder a los servicios públicos. Con mascarillas que agobian y gafas que se empañan, con miedos en el cuerpo, incertidumbres en el alma, consultas virtuales y habiendo olvidado, casi ya, los abrazos y los besos en los encuentros. A mis hijas, ya desde que eran pequeñas, les advertí que no se fiaran mucho de sus expectativas con ustedes, si caía algo complaciente y esperado, bien; y si no, también. Sigan ustedes, mis Majestades de Oriente, con el papel de Magos que también han desempeñado durante siglos, pero hoy son ellas, mis hijas, las que regalan mis sueños.



No obstante, si por pedir algo aún puedo, sólo les solicito alguna cosa. Déjennos como estamos, con la salud de hoy y compuestos para las jornadas que vengan; que lo de la prosperidad y el dinero pueden esperar. Que vuelva, si todavía es posible, la normalidad a la que estábamos acostumbrados, que nos olvidemos de hacer colas indias para entrar a un lugar, que no nos pongamos paranoicos para ayudarnos de un pasamanos, de apretar el botón de un ascensor o un cajero, de abrazar de nuevo a la gente que queremos, de besar otra vez las mejillas huérfanas de labios, de recuperar las amistades invisibles, de juntarnos más de cinco o seis, de reinventar un nuevo año en mejores condiciones, de pasar las futuras navidades como Dios manda y de poder estornudar tranquilamente sin que los viandantes se cambien de acera. Y que dejemos de contar los ocho días prescritos por si notamos síntomas cada vez que estamos en zonas o en contactos sospechosos. Por último, que aprendamos que los aplausos iniciales a los sanitarios no curaban el virus, sino la responsabilidad individual, la concordia política y las vacunas.

Y, ahora sí, en caso de recibir de sus Majestades los Reyes de Oriente lo que ustedes deseen repartir, por poco que sea, bien recibido será; por más que en mi infancia y, aún hoy, se olvidaron de muchos niños que, como yo, no nos portamos tan mal del todo para percibir migajas inmerecidas. Aun así y después de todo lo escrito como desahogo, sigan ustedes con ese sueño alentador y asombroso, pues jamás olvidé esas experiencias desde los sesenta y pico años.

Y como audición musical sugiero esta versión de Sara Lov del tema “The World We Knew” que, aunque su traducción no tiene relación con esta carta, me relaja absolutamente.

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