Vida de perros

Morir fumando

Puede que fuera yo uno de aquellos incautos que movidos por el afán de sentirse mayor o siguiendo la tendencia del grupo de amigos, cayera en las garras de tan despreciable enemigo: el tabaco. En cualquier caso, lo que hasta el momento he hecho con naturalidad: abrir la cajetilla, sacar un cigarro, ponerlo entre los labios y darle fuego, comienza a convertirse en un acto casi delictivo: yo fumador, yo víctima y delincuente.
No sería de extrañar que pronto el Jefe del Estado Mayor de la Defensa y la Ministra de Sanidad decidieran acabar con esta podrida plaga a la que pertenezco, si no para acabar con nosotros, sí al menos para mantenernos dentro de unos límites territoriales. Entonces, ya en las calles, Legión, Regulares y Guardia Civil se ocuparían de mantenernos tan a raya como a las personas que intentan llegar a nuestra adorada España –Parque de Atracciones Europeo–. Pero no nos andemos con temas menores, puesto que de lo que aquí hablamos es del tabaquismo y venimos a referirnos a él por su actualidad tras ser aprobada la Ley antitabaco. Los sectores más radicales ya tiempo que se pusieron en marcha: contra nosotros, despreciables seres esclavos del palito de la muerte, encarecedores del gasto sanitario, intolerantes contaminadores del ambiente.

En fin, a mí realmente esto no me preocupa en absoluto, me refiero a las actitudes: estúpidos ha habido a capazos a lo largo de la historia, gente amargada buscando una razón para vivir elevándola a categoría divina también. Me preocupa que quieran cuidar de mí. Que quieran crear una sociedad de tal o cual tipo por Ley. Que nos traten como a imbéciles y/o como a criminales en potencia. Me preocupa que una cuita del presente calibre oculte durante unos días los problemas reales de este país. Que sea, en apariencia, más sencillo sacar esta Ley antitabaco que las destinadas a proteger a las víctimas de la violencia doméstica. Por cierto, ya es hora de acertar de una vez en los métodos para que estos casos no aparezcan en los telediarios como si de una sección diaria se tratara. Pero corramos un tupido velo también sobre este tema ahora que celebramos la ausencia de tabaco en el trabajo y demás.

No quiero hacer apología del tabaco aún con la improbabilidad de que algún menor esté leyendo estas líneas. No quiero encenderme en una discusión acerca de lo bien que vamos a estar cuando se aplique la dichosa Ley, no voy a agradecer al Estado o a quien sea que se preocupe de mi salud, tampoco voy a defender a quienes ven en el tabaco una forma más de estar en el mundo. No voy a equiparar la muerte lenta del tabacómano con el deseo de quien pide que la eutanasia pase de ser tema de moda a ser tema de discusión. No voy a hacer del tabaco religión: pese a su poder adictivo, no manipula con la fuerza de los siglos en pro de la conveniencia de quienes dominan el mundo con sus dogmas. El Estado cree que puede y debe manipular nuestros hábitos –y vicios–. Yo lo único que quería decir con todo esto es que hay muchos más problemas que solucionar, que me indigna ver morir a personas que saltan vallas porque su instinto no les permite sentarse y dejarse morir de hambre. En cuanto a la campaña “¿Fumar? Pues… va a ser que no.” Sólo dos cosas: que sean creativos y dejen de copiar campañas de otros, y… ante todo, si es posible: que me dejen en paz.

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