Al Reselico

Música, maestro: sobre toros & “Torito Bravo”

Si el tiempo no lo impide y con permiso de la autoridad, me gustaría hoy hablarles de toros. Es probable que pinche en hueso y este artículo no guste ni a la mitad de los lectores. Es un asunto tan controvertido que diga lo que diga y escriba lo que escriba, seguro recibo alguna que otra cornada. Es posible, incluso, que me pille el toro y me lleve algún buen revolcón. Pero uno debe estar al quite y hablar sobre lo que piensa y siente. Sin evitar meterse en faenas polémicas, porque… ¡leches!, esta es una columna de opinión y a mí nunca me ha gustado ver los toros desde la barrera. Además, la auténtica Fiesta nacional es ofenderse.
Caricato Teatro me echó un capote el pasado sábado, con su obra “Torito Bravo”. En ella, dos toros, Percatao y Lunero, reflexionan a través de mugidos, pastoreos y embestidas sobre los grandes problemas de la humanidad: amor, amistad, destino... Me pareció una obra magnífica. Andrés e Iván estuvieron soberbios, de salir por la puerta grande, y el texto me atrapó desde el inicio, desde su salida de chiqueros. A partir de la ternura y la risa me transportaron a un mundo de pequeñas-grandes verdades. Me emocionaron y entré al trapo. Sentado en la Kakv me hicieron cuestionarme muchas cosas. Entre ellas, me hicieron pensar en la tauromaquia.

Creo que los toros no me disgustan porque forman parte de mi pasado y mi memoria. Mi abuelo Rafael era taurino hasta la médula, de sus tardes de toros dando banderillas en el callejón de la antigua plaza de Villena. La de verdad. Recuerdo cómo me hacía de niño una placita con las fichas del dominó y en ella me enseñaba qué eran los burladeros, cómo se colocaba una cuadrilla en los distintos tercios, dónde estaba la puerta grande o los toriles, o me hablaba de “chicuelinas”, “verónicas” o “gaoneras”, de mulillas y pasodobles, de muletas y capotes, de Miuras y Victorinos… Esa afición pasó luego a mi padre, taurino también. De tendido cero en casa los domingos y abonado a la Feria de Hogueras.

No todo es bonito y admirable en una corrida de toros, desde luego. No me gusta el olor a folklore rancio alrededor de lo taurino. No me gusta el público cuando es poco respetuoso, cuando está repleto de guiris o de gente que va de juerga y ni entienden ni les interesa lo que ocurre en el ruedo. No me gustan los toreros presuntuosos, fanfarrones o cobardes, que hacen demasiados desplantes a un animal herido o, cuando no pueden con él, terminan con lamentables bajonazos. No me gusta el sufrimiento del toro, que nada tiene de arte ni de hermoso…

Por otro lado, he tenido que soportar que me llamasen facha y asesino por acompañar a mi padre a una corrida. A veces se olvida que los aficionados a los toros, en su inmensa mayoría gente respetable y decente, cuando van a una plaza van a disfrutar de un espectáculo legal que estiman, admiran y aprecian. Un festejo arraigado en nuestra cultura, nuestro lenguaje y nuestras tradiciones. Y no tienen que pedir perdón por ello. Poniéndome el mundo por montera, diré que quienes me insultaron me parecieron, entre otras cosas, una pandilla de incultos. Gente que no conoce el respeto que tienen los buenos taurinos hacia el toro de lidia. La admiración que los verdaderos aficionados sienten hacia un animal que existe por y para la Fiesta y sin el que nada tiene sentido. Por eso, en una plaza, no hay ovación más sincera y sentida que la que se brinda al astado indultado por su casta y bravura.

A la hora de la verdad, cuando toca entrar a matar, no podría decir si me agradan o no los toros. Ninguna de las dos cosas posiblemente. No me repelen, tampoco me enamoran. El problema es que parece que en este tema no puedes moverte en el gris. Está tan polarizado que cuando discutes sobre esto se da por hecho que debes ser anti o pro. Todo o nada. Blanco o negro. Y no es mi caso. Respeto y comprendo a quienes les gustan los toros igual que respeto y comprendo a quienes no les gustan. Tanto a quienes los aman como a quienes los critican, porque creo sinceramente que ambos mundos tienen parte de razón. Siempre, claro está, que defiendan su opinión desde la cordura y sepan de lo que hablan, con educación y conocimiento, con explicaciones y argumentos sensatos y maduros, sin aspavientos ni dogmatismos trasnochados. Porque lanzar proclamas facilonas es de ser bastante caradura. Te gusten los toros o no.

No pude ir nunca a una plaza con mi abuelo Rafa. Cuando yo tuve edad para acudir él ya no veía apenas. Me hubiera encantado poder acompañarle una única tarde, tomar con él mi alternativa. En parte por eso voy alguna vez con mi progenitor, si me lo pide con insistencia y le sobran entradas para Alicante. La última ocasión, hace un año, sentado en los tendidos, no pude evitar preguntarme si había ido a los toros no porque me gusten o por acompañar a mi padre, sino para acordarme de mi abuelo.

Y ahora no puedo evitar preguntarme si he empezado a escribir este texto para poder hablar de él. Si he seguido escribiéndolo para que lo lea desde donde esté y sepa que le echo de menos. Y si lo termino solo para decirle en voz alta que cada vez que paso hoy por nuestra plaza de Villena, aunque esté vacía, olvidada y muerta, siempre me lo imagino entrando en ella, orgulloso, del brazo de su nieto, dispuestos a vivir juntos una de sus tardes de toros.

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