Opinión

¿Muslo o pechuga? – Salvatierra News

El frío se deja notar en Salvatierra. Los días se vuelven grises y melancólicos, y una especie de depresión arrastra a los seres humanos a comprar castañas, a merendar torrijas y a taparse el cuerpo con las sayas.
Las únicas fuentes de calor de las que dispongo aquí arriba son una bolsa de agua caliente, una colcha y una barba de Marrueco. Con ellas me apaño, aunque a veces echo de menos un cuerpo (humano, por supuesto) que me preste su abrigo. Insistiré en lo de humano, ya que el otro día, mientras me hallaba sumido en complejos pensamientos acerca de cómo ganar dinero sin tener que trabajar, un avión cruzó el cielo, dejando caer a mi lado un pollo. Cuando digo un pollo no me refiero a un esputo ni a un gargajo, sino a una de esas aves que solemos comprar los domingos en la pollería, junto a bolsas de patatas y raciones de fritanga.

El animal estaba triste y desolado: “¿Por qué te han arrojado del avión?”, le pregunté. “Dicen que tengo la gripe”, me respondió con voz congestionada. “¿No será la gripe aviar, verdad?”, grité alarmado. “No, no, qué va. Es la gripe común, ya sabes: malestar general, dolores musculares, secreción nasal y todas esas cosas”. “No te preocupes”, le dije, “esta noche puedes quedarte conmigo. Eso sí, con la condición de que no me la piques, porque eso de que te la pique un pollo con gripe no debe ser nada bueno”...

Le tomé la fiebre y tenía cuarenta y tres, lo cual no sé si es mucho o poco para un pollo, le di una aspirina, le puse la bolsa del agua caliente y lo tapé con la colcha. Reservé para mí, únicamente, la barba de Marrueco. A las tres de la madrugada tenía el rostro empapado en sudor debido a la acción térmica de la barba, y el pollo empezó a delirar y a hablarme de la tienda de Alfonso el de los piensos. Al parecer, en una vida anterior, había estado viviendo en aquel escaparate lleno de pollos apretujados. A partir de ahí, nos pusimos a hablar de la reencarnación; del calor que hace en las pollerías en agosto; de por qué comemos pollo los domingos; de por qué son tan pequeñas las tarrinas de aceite; de por qué unas pollerías tienen cola para encargos y otras no; de la tensión que se vive en la pollería cuando a las tres de la tarde, con un hambre que te mueres, te dicen que no hay pollo para todos. También nos preguntamos si la manipulación genética conseguirá que algún día se puedan criar medios pollos y pollos con tres muslos.

Pero la gran idea surgió cuando decidimos montar a través del móvil un concurso llamado “¿Muslo o pechuga?”. El mecanismo sería bien sencillo: los partidarios del muslo deberían mandar un mensaje con la palabra MUSLO al 4444, y los partidarios de la pechuga, un mensaje con la palabra PECHUGA al mismo número. Entre todos los mensajes recibidos, sortearíamos un pollo entero y tres bandejas de queso frito. El resto serían beneficios. De este modo, nos haríamos ricos y conseguiríamos saber por fin qué porcentaje de gente prefiere muslo y qué porcentaje pechuga. Después, con el dinero conseguido, montaríamos un hotel en Benidorm para gente de Villena...

No me dio tiempo a seguir soñando. De pronto, una voz contó hasta tres y desperté. Me incorporé en el diván y comprobé que aquel pollo era mi psicoanalista: “Fatal, Andrés”, me dijo, “creo que estás fatal”.

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