Viéndolas pasar

No tiene precio

Creo que no exagero si digo que todas las villeneras y villeneros, sin excepción, nos hemos sentido tremendamente afectados por la repentina enfermedad de nuestro concejal Oliva. Las primeras y muy alarmantes noticias que nos llegaron nos entristecieron y he de reconocer que en mi caso me embargó una gran dosis de rabia.
Unas semanas antes, durante la presentación de un magnífico trabajo sobre prevención de conductas adictivas promovido por Juan Carlos Pedrosa desde la concejalía que gestiona, tuve ocasión de hablar con ellos un rato (alguna foto “comprometedora” hay) sobre todo lo político en general y con Oliva, por coincidir muy próximos en nuestros respectivos asientos, pude hablar mucho más.

Mire Ud., yo no voy a hacer apología de nadie, no es el momento ni mucho menos es lo que con esta columna quisiera transmitir. Ante una situación tan dura como la que viven nuestro concejal y su familia, lo demás queda, por supuesto, en muy segundo plano.

Pero sí me viene a la medida aquella conversación. Hablamos de lo ya de por sí tenso que es el trabajo de un político municipal y mucho más cuando se ostenta responsabilidad de gobierno. A la continua exigencia que el pueblo les somete hay que sumar la que la oposición, en su justo e idóneo papel, ejerce, y además de todo ello, si el político, concejal en este caso, es una persona íntegra con un nivel de autoexigencia aún mayor, podemos imaginar el estado de ansiedad que, en condiciones normales, puede vivir cualquier concejal de pantalón largo –típica expresión, al menos en Bilbao, que identifica algo serio e importante–, pero si a todo lo considerado normal, añadimos la situación por todos conocida en nuestro equipo de gobierno, pues la verdad, hay que tener una espalda así de ancha para que no le afecte a cualquiera.

Y no voy a jugar a médicos diciendo que si lo que ha ocurrido a nuestro concejal es consecuencia de lo uno o de lo otro, pero permítanme que piense que, como mínimo, la situación que se vive en nuestra política municipal no ayuda, ni mucho menos, a que la tensión esté baja. De hecho, estoy seguro que muchos de Uds. lo habrán pensado también.

En un momento de aquella conversación, cuando me estaba comentando los muchos proyectos que tiene para su ciudad desde su concejalía, las muchas cosas que se podrían haber hecho y que se harán, no tengo duda, se podía visualizar en sus ojos la chispeante ilusión con la que hablaba de enriquecer a su ciudad, de aportar lo mejor de él para compartir con sus vecinos. Hizo un silencio y me dijo, con su conocida expresión de cara que refleja esa satisfacción del deber cumplido: “¿Sabes lo que pasa, Carmelo? Que cuanto más trabajas por el pueblo, más ganas tienes de seguir trabajando. Es mi pueblo…”.

Y ante esta forma de pensar, ante el sacrificio personal y me atrevo a decir que hasta económico –Oliva, como algún que otro u otra compañera, no necesita la política para vivir– que es capaz de hacer una persona por favorecer a su ciudad, por engrandecerla, quien le escucha y observa sus gestos, siente ganas de aplaudirle o de abrazarle o de gritar a los cuatro vientos que ahí tenemos un concejal como la copa de un pino, pero por encima de eso, es un villenero honesto que ama a su ciudad.

Desde que supe lo ocurrido, no hay día que no me acuerde de él y si orar sirve verdaderamente de algo, ruego cada minuto para que todo lo acontecido sea sólo un mal sueño y nuestro amigo Oliva se recupere total y absolutamente por su familia, por él mismo y porque para nuestra ciudad, un concejal como él, no tiene precio. ¡Animo, Jose!

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