De recuerdos y lunas

Nuestro futuro

Una noche, creo que empezaba febrero, nos llamó José Antonio Serrano desde la tele comarcal. José Antonio me tiene en estima y yo creo que le da demasiada importancia a lo que yo pueda decir o escribir. Yo, agradecido por su aprecio, le deseo mucha suerte porque siempre le he visto poner ilusión y trabajo en sus cosas, antes cuando era sólo voz y ahora también que es voz e imagen. Pero vamos a lo que vamos que nos pierde el afecto. José Antonio, en directo, por teléfono, nos preguntaba sobre el soterramiento y aquí traemos lo que quisimos decir entonces. Entonces y la semana pasada en “Horizontes ya” cuando queríamos consolar lo inconsolable y cuando escribimos “Vapor” y cuando en INFORMACIÓN, de esto hace más tiempo, publicamos “Parar un tren”. Y siempre cuando hemos tenido ocasión de hablar sobre la cuestión.
Cuando el programa de la tele digo más que nunca “quisimos decir” porque, por teléfono, uno se tropieza con la distancia, y la voz es metálica porque suena como a alambre. El teléfono me parece que está bien para dar algún recado corto, para pedir una pizza, o para decir que no te esperen a cenar porque la reunión se ha alargado –cosa que muchas veces no es mentira aunque se debería decir, más precisos, que la reunión se ha trasladado al bar, donde sólo deliberarán los tontos o los sabios. ¿Quién sabe? Hay mucha gente que habla mucho tiempo por teléfono pero yo no sé. A mí me resulta incómodo. Supongo que la gente habla mucho tiempo porque le gusta dar detalle sobre cómo debe estar horneada la pizza y qué proporción de ingredientes debe de llevar para ser una auténtica pizza napolitana. Que sin ninguna duda son las mejores del mundo. Centrando el tema, lo primero es que siempre hemos apostado por el soterramiento y por esto nos dolió que hace unos años, cuando por ejemplo la electrificación de las vías, no se aprovechara la ocasión. Pero entonces la opinión pública estaba dormida o adormecida. Creo que más lo segundo. Algún día habrá que hablar de algunas estrategias políticas que, según quien gobierne, la movilización ciudadana es expresión de libertad o delito. Porque uno entiende que las negras olas provocadas al hundirse el Prestige inundaran de pancartas solidarias todas las playas del corazón de los españoles indignados. Y uno no entiende el menor eco reivindicativo de las llamas, cenizas y muertos en los montes de Guadalajara. Dos tragedias con tremendo impacto medioambiental y con sus improvisaciones humanas a cuestas. Hay veces que veo títeres en vez de personas.

La movilización ciudadana, si se asienta en fines justos, no tiene por qué variar su intensidad dependiendo de quien ocupe las poltronas. Y la reivindicación por solucionar lo de las vías en Villena es reivindicación justa que nunca, hasta que se consiga, gobierne quien gobierne, tiene que parar. Así, me alegro cada vez que renace la esperanza de dejar de ver las vías, esas vías que, ya lo hemos dicho alguna vez, antaño fueron riqueza y que hoy son corsé, vías que como corbata de seda vistieron con elegancia a la ciudad vinatera y hoy son soga de horca para una ciudad que honradamente y con holgura quiere crecer.

¡Horizontes ya! —gritaba la semana pasada desde aquí. ¿Soterramiento? Sí. Vale. Pero que no nos pese esa solución como una losa, la del único posible. Porque lo que en definitiva nos preocupa es el despejar las vías, pero no quedar incomunicados; abrir el horizonte hacia la Condomina, hacia el Puerto, hacia los Cabezos, donde nuestros orígenes, donde nuestro futuro.

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