Apaga y vámonos

Otoño caliente

El otoño-invierno que se nos avecina va a ser tremendo, y no por el recrudecimiento de la crisis (servidor es de los que cree que cada día estamos un poquito más cerca de dejarla atrás), sino por la temida y nunca bien explicada gripe A, que a no ser que el gobierno tome medidas drásticas de manera urgente amenaza con paralizar el país.
El miedo es libre, y por eso resulta inútil explicar que los accidentes de tráfico o la gripe convencional se van a llevar más vidas que la gripe A. Quien más quien menos, todos vivimos rodeados de personas de riesgo –embarazadas, mayores, niños, enfermos…–, y por ello afirmar en medio de una comida que tienes algo de fiebre te convierte poco menos que en sospechoso de tener la lepra. Lo que se solucionaría tirando de manta y algunos sobrecitos del paracetamol que sobró del último tratamiento, se convierte por obra y gracia de la psicosis colectiva en una presión insuperable: “Ves al Centro Integrado… Ves al Centro Integrado…”. Total, que acabas yendo, pero sólo para que te dejen en paz, que conste.

Entonces comienza la juerga de verdad. Es decir en Admisiones que tienes algo de fiebre y suenan las alarmas. Sale un tipo vestido como para evitar un ataque radioactivo y mientras te toma la temperatura te da una mascarilla y te envía al cuarto oscuro, apartado del resto de enfermos. Eso sí, nadie se molesta en cerrar la puerta (¡valiente aislamiento!) y todo el mundo se queda mirándote como si estuvieras apestado. Afortunadamente, los apestados somos muchos (y estamos en agosto… en octubre van a tener que habilitar medio ambulatorio como cuarto oscuro) y compartiéndolo se combate mejor el estigma. El mejor, un abuelete, que cuando entró un niño llorando porque no quería llevar mascarilla, se lo cameló diciéndole que era para jugar a los ladrones de bancos, o algo así. El niño, más tranquilo, dejó de llorar. Y los apestados pudimos soportar la fiebre en paz.

Finalmente te llaman y pasas, con tu mascarilla y tu canesú, y si eres un poco curioso y preguntas, te enteras del percal. La tensión, normal. El pulso, normal. La saturación, normal. Algo de fiebre, algo de tos, algo de inflamación en la garganta… Una gripe de toda la vida, para entendernos, que se cura con paracetamol y antibióticos. Pero la Administración, preocupada por sus súbditos, ha establecido el protocolo a seguir y no se libra ni el Tato: te toman muestras, por si acaso, y hasta que el laboratorio no se pronuncie, quedas condenado al aislamiento domiciliario. En circunstancias normales, me cuenta la amable doctora que me atendió, como mucho en dos días deberían llamarte, decirte que está todo OK (“porque está todo OK, pero el protocolo es el protocolo…”) y adiós muy buenas. Pero sucede que la gente está asustada y a la mínima está acudiendo al hospital, y también sucede que los medios para analizar las pruebas son los que son… y estamos tardando ya, en agosto, unos 5 días, que tendrás que pasar en tu casita tapado con la mascarilla y sin acercarte a un ser vivo…

De vuelta a casa, me da por hacer cuentas. Y pienso que si en agosto ya está prácticamente colapsado el sistema, ¿qué va a pasar en octubre o noviembre, cuando azote la gripe de toda la vida y les dé a los médicos por encerrar en su casa a todo aquel que tenga unas décimas de fiebre? O cambian las cosas o vamos de cabeza al caos. Y no es mi opinión, sino la de una doctora que sabe lo que dice…

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