Vida de perros

¿Qué les ha hecho el pobre Goya?

Villena amaneció blanca. Madrid también. Y así de decoloradas pasaron junto al resto de ciudades de España el pasado fin de semana. Yo me abstuve. Quiero decir, la enfermedad me obligó a pasar estos días invernales –casi navideños– encerrado en el hogar, maldiciendo los excesos cometidos a lo largo de todos estos años de independencia (como si ellos tuvieran la culpa) y encomendándome a ratos –creanlo uno es así de exagerado– a los más antiguos dioses creados por la humanidad.
Vengo a decirles todo esto, por si ocurriera que algo de la mala sangre que he estado criando a lo largo del fin de semana se vertiera en esta siempre afable columna. Queda dicho, y ahora, sin ánimo de hablarles de cine español –que para eso está Fran J. Ortiz cuando se deja los cómics raritos y las películas de su interés– déjenme explayarme acerca de esa fiesta de fin de curso que la Academia de Cine de este país llama Premios Goya.

Pues bien, la XX Edición de dichos premios celebrada en el Palacio Municipal de Congresos arranca a las 22 horas del domingo con vistas a terminar en apenas cuatro horas y media. Es de imaginar que el cambio de la Gala de sábado a domingo se debió a respetar ese programa de máxima audiencia del sábado noche llamado Sábado de Fiesta o similar. El guión de la gala, así como su dirección, corre a cargo de Fernando Méndez-Leite con el que colabora el hijo de la presentadora de la misma. Un guión y unas indicaciones que, no sabemos si por precarios, por estar realizados con premura o apatía o simplemente por su ínfima calidad hicieron que los presentadores de la gala, el gran Resines junto a la omnipresente –en TVE, nos entendemos– Velasco no hicieran otra cosa que equivocarse, pisarse el guión, entrar antes de tiempo y torpear con los segundos presentadores durante toda la emisión. Uno se pregunta, en la celebración de los cincuenta años de TVE, cómo puede el equipo de realización estar tan descoordinado en cuanto a entradas y salidas de vídeo, música, sonido, presentadores, etc., uno se lo pregunta y teme la respuesta. Digno de preguntarse también sobre esta televisión pública es su indolencia en los cortes publicitarios, creo que fueron cinco, que fueron los que alargaron esta gala donde la premisa principal fue hacerla “ágil, vistosa, entretenida y con alguna sorpresa”, mentira sobre mentira.

El homenaje a esta edición, bien merecido, fue entregado por Imanol Arias y recayó en el productor, guionista y director Pedro Masó, quien anduvo de un lado a otro del escenario, sin saber nunca si estaba bien colocado ni cuando era el momento de dirigir sus emocionadas palabras. Poco después, con cambio de disfraz, volvió al escenario la Velasco quien continuó con el autobombo propio y de la Academia para comenzar a dar paso a los premios más cotizados. Éstos, salvando los recogidos por Princesas y Camarón, fueron para Isabel Coixet y su película La vida secreta de las palabras.

En definitiva una gala torpe, deslucida, tediosa y sin sorpresas, que tuvo a bien, para los mártires que la aguantamos de cabo a rabo, el terminar media hora antes de lo previsto. La duda que queda, ya que el hilo argumental de la presente fue un repaso a los premios otorgados durante las diecinueve galas anteriores, es qué deja para la número veinticinco, digo yo que entonces sí será el momento de repasar las veinticuatro anteriores. Yo, en cualquier caso, preferiré ver algo más profesional: me pondré, por ejemplo, el vídeo de la presentación de nuestra regidora.

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