De recuerdos y lunas

Ser padre

Ser padre –o madre– no tiene horario. Es una tarea en la que uno no puede picar y decir adiós, buenas tardes, hasta mañana, o el viernes no vengo. No se puede librar ningún día. Ya lo dijimos el año pasado por estas fechas cuando escribíamos, desde la Ocarasa, para Villena.net. Lo dijimos en el artículo "Cadena perpetua" robándole la idea y el título a Josefina Aldecoa, maestra de maestras.
Los que nos dedicamos a la Enseñanza sabemos lo importante que es el que los padres estén al quite. Que estén atentos a las labores de los maestros para reafirmar en casa las actitudes hacia el estudio interesado y la buena educación. Hay quien dice que esto es un triángulo, una banqueta de tres patas: Maestro, alumno y familia. Como no me gustan ni las banquetas ni las mesas de tres patas porque las tengo por inestables, necesito un elemento más: Sociedad. Precisamente la pata que más falla. Ente difícil de delimitar, es el que menos controlamos. Pero, por ejemplo, al tiempo que celebramos jornadas por la Paz o por la Tolerancia o por todo lo que sea guay, y lo hacemos muy bonito, con caras y manos pintadas y con palomas de cartulina que llevan versos escritos, atiborramos a los niños con películas y juegos donde reina la injusticia, la violencia, la competencia desleal y toda la miseria que somos capaces de generar desde la deshumanización.

Volviendo a los padres, entre colegas del magisterio se oye con frecuencia esto de que los hijos no están el tiempo que debieran estar con los padres. O, al revés, que es lo mismo: que los padres no están el tiempo que debieran estar con los hijos. Como esto no conviene, y los hijos andan cada vez más sueltos o con los abuelos que los crían como nietos, pasa eso del cargo de conciencia y los complejos de culpabilidad que en el mundo que vivimos, donde tan a mano siempre hay una tienda, se soluciona comprando cualquier cosa. Y cualquier cosa puede ser un equipo de música, un ordenador, una videoconsola, una moto... También un microondas. Este electrodoméstico se ha revelado muy útil para que el niño o la niña particularmente se haga más independiente, cosa que interesa y preocupa mucho a los psicopedagogos, cocinándose él/ella solo/sola las palomitas de maíz que venden para microondas. Lo siguiente es un extintor. Por lo que pueda pasar.

La cuestión que traemos ya no es sólo cuestión de tiempo, sino de atención. De atención mutua. La atención nuestra o la de nuestros hijos está secuestrada por las pantallas, sea la de la tele, sea la del ordenador, sea la de la play, sea la de la game, sea la que sea. Vamos, que cuando nos hablamos, no nos escuchamos. Que hay que repetir la misma cosa varias veces. Que hay que dar una palmada o apagar la televisión para conquistar la atención. A veces, cuando uno apaga algo, la televisión, la radio, el equipo de música, descubre con sorpresa el ruido aparentemente escondido en el que vivimos. Que es como si estamos pero no estamos. Así parece que es, cada vez más, más difícil hablar. Y habrá que asumir la responsabilidad que nos toca porque no podemos seguir con tanta desconexión de palabras y miradas. El futuro, irremisiblemente, será de nuestros hijos. Tarde o temprano habrán de asumir las responsabilidades que exige el crecer y, para ello, cuanto más preparados estén, mejor será. Si se nos educan desde el aislamiento, o desde el silencio de ruidos, no se nos educan. Y se nos mueren las esperanzas.

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