De recuerdos y lunas

Sisa

Cuando de pequeño me arrancaron de El Carril y me trajeron a vivir al Paseo yo me asomaba a la ventana de mi habitación y veía el Instituto Hermanos Amorós. Sí, desde el Paseo. Y mi vista se perdía sin tropiezos hacia el noroeste y mi alma volaba hacia los campos y hacia las montañas del término. Que en el más allá de los lindes locales todo nos parecía aventura. Y emoción. También, cuando de pequeño me arrancaron de El Carril y me trajeron a vivir al Paseo yo me asomaba al balcón y veía el Castillo y la torre de Santiago y la Sierra de la Villa con Las Cruces. Ahora estoy ciego. Ahora me han dejado ciego y sólo veo muros y ventanas.
Hasta ayer aún me quedaba en la perspectiva un cacho de la torre de Santiago y un cacho de la Atalaya por donde yo, desde mi balcón, seguía subiendo con la imaginación a las arquitecturas del pasado. Y a la Sierra. Principalmente por las noches. Y salía al balcón y por un estrecho pasadizo de luz azul y de memoria que me quedaba, me iba escapando hacia lo nuestro de siempre. Porque yo necesito asirme a nuestras cosas de siempre para sentirme paisano. Porque yo necesito cuando hago el hato para regresar a Orihuela llenarme los ojos con nuestra geografía física y cultural milenaria. Igual que necesito llenarme los oídos con las palabras cariñosas que aún les dicen en Villena a mis hijas las muchas personas buenas que conozco: "paloma", "criatura", "angelico"... Ahora ya no veo, ahora tengo que auparme demasiado para ver, porque desde el balcón de mi infancia arrancada de El Carril, desde mi balcón en el Paseo, apenas me queda una ligera muestra del Castillo y de Santiago, convertidos acaso en una raya en el cielo cerrado que creo que se me va. Y yo no sé si en esta sisa visual que me hace perderme en una ciudad que no reconozco porque no la veo, también se me recortan otras cosas. Cuando en 1983 el Soli sacó su libro "Villena: Un siglo de documentos gráficos" escribimos un artículo sobre los pueblos que se rompen. Es desde la perspectiva del tiempo cuando descubrimos ese deshacerse de las ciudades. Que es constante y, en apariencia, mudo. Pero ahora no ha sido para mí constante gradual, sino impacto. De un fin de semana a otro, de un día a otro, de la noche a la mañana. Sobre donde yo veía sillares antiguos, ahora sólo veo ladrillos y nuevos enlucidos.

Y no es que quiera para mí sólo toda la vista de mi infancia. Donde vivo en Villena, ya fue entonces agresión altiva al Paseo excusada de futuro. Y luego, en esa locura que nos dio por las alturas, creyendo ver el progreso de las ciudades en ese ansioso crecer hacia lo alto y hacia lo alto. Y no nos dimos cuenta de que perdíamos lo nuestro.

Las alturas han traído muchas sombras a la ciudad. Las alturas han traído sombras al Paseo. Y las alturas me han quitado poco a poco las vistas que yo de pequeño veía como consuelo por haber perdido El Carril donde, viviendo mi abuelo y mi primo, aún me escapaba para jugar con mucho sol en aquellas calles que tardaron en alquitranarse. Y ahora en el Paseo no me queda apenas el sol, en este patio de vecinos y pozo de palmeras que hemos hecho. Es en el ocaso, cuando se riega el Paseo de rayos rojos para iluminar de sangre el abandono en que se encuentra. Cuando escribo.

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