Abandonad toda esperanza

Todos los libros en tres libros

Abandonad toda esperanza, salmo 678º


Lo que va delante, va delante, y más si corre cierta premura y no queremos que se nos pase: el próximo jueves 12 de marzo Irene Vallejo -que es quien aparece rodeada de libros en la fotografía que encabeza esta columna- presentará en 80 Mundos de Alicante su libro El infinito en un junco (más información acerca del acto en esta librería de cortazariano nombre, en la imagen inferior). Es probable que ya hayan oído hablar de este título, pues se ha convertido en uno de los ensayos más aplaudidos y comentados de los últimos meses a pesar de estar muy lejos de ser eso que podríamos considerar un best seller dentro de la no ficción; esto es: uno de esos libros de autoayuda que afirman tener la solución para prácticamente todo o una de esas memorias de algún personaje mediático, cuanto más infausto mejor, materializadas por negro interpuesto.

Invitación a la presentación de “El infinito en un junco” en Alicante

Hace precisamente unas pocas semanas les recomendaba algunas obras de Jorge Carrión, y volvía a hablar de su imprescindible Librerías. Pues si esta obra se ha convertido en el clásico contemporáneo por antonomasia a la hora de hablar de los comercios dedicados a los libros, el título imprescindible de entre los consagrados a estos últimos muy bien podría ser este recorrido por su devenir histórico en cuya lectura ando enfrascado ahora mismo. Irene Vallejo es especialista en Filología Clásica, y resulta por tanto lógico que se centre en cómo se fraguó el concepto de libro en el mundo antiguo; pero por otro lado se ha documentado lo suficiente y es capaz de relacionar el hilo conductor con referencias rabiosamente contemporáneas e incluso pertenecientes a la cultura popular como para dar una visión global y sin fisuras del tema tratado.

Los ángeles de Wenders caminando por la Biblioteca Nacional de Berlín

A modo de ejemplo: en las páginas de El infinito en un junco abundan las referencias cinematográficas, y si ya me había engatusado con Eastwood, Tarantino y la biblioteca de El cielo sobre Berlín de Wim Wenders, cuando fue capaz de describir el subsuelo de la Universidad de Oxford recurriendo no ya a Underground de Kusturica sino a las marionetas de Fraggle Rock terminó por conquistarme como lector. Que de eso se trata, precisamente: cuántas veces, a modo de artimaña comercial, se ha impreso en una faja promocional aquella leyenda de “Se lee como una novela” (habría que especificar que una buena, o al menos una entretenida, porque hay cada novela por ahí que...). Pero, en esta ocasión, les aseguro que es verdad de la buena: El infinito en un junco se lee como una novela. Como una muy buena, y muy entretenida, novela; escrita por alguien que también es novelista (y se nota). No dejen de leerla. Y si pueden, no dejan pasar la oportunidad de acudir a la presentación de la obra; yo no pienso perdérmela.

Maryanne Wolf, la autora de “Lector, vuelve a casa”

También trata de los libros y de su lectura, pero sobre todo de qué significa ser lector en el siglo XXI, el ensayo de Maryanne Wolf Lector, vuelve a casa. En sus páginas, la autora de Cómo aprendemos a leer -a la que también pueden ver rodeada de libros en la foto correspondiente- focaliza su atención en cómo afecta al cerebro humano la sustitución del papel impreso por la pantalla digital a la hora de leer. Seguro que usted que me está leyendo ahora -precisamente en una pantalla, la de su ordenador, tablet o móvil-, si es (o ha sido, que esa es otra) lector habitual, habrá percibido que su capacidad de atención a la hora de leer es considerablemente menor de la que era. No se preocupe: a mí me pasa lo mismo, y por lo visto es algo generalizado. O sí: preocúpese. Preocupémonos. Porque por más que este ensayo redactado a la manera epistolar, articulado en una suerte de misivas dirigidas a nosotros sus lectores, pretenda ser en cierta medida esperanzador al señalar que la concentración puede ejercitarse y recuperarse, no cabe duda de que las conexiones de nuestro cerebro están cambiando y, en cierta medida, ya no hay vuelta atrás.

Jorge Luis Borges, también entre libros, e inevitable al hablar de ellos

Y para completar la terna de libros recomendados, ahí va otro título: Leer el mundo. Este libro de Víctor Bravo -profesor venezolano que ha escrito de, entre otros asuntos, el escritor santo patrón de los libros y los escritores: Jorge Luis Borges- no es una novedad en el mercado, porque se publicó hace once años. Ni siquiera he pasado de hojearlo y leer algunos fragmentos de aquí y de allá, porque lo adquirí hace muy poco y por el momento he decidido priorizar otras lecturas. Pero consideren la recomendación prácticamente a ciegas de este volumen que recoge temas también presentes en los libros de Vallejo y Wolf como un acto de justicia poética: que pudiese rescatar un libro relativamente reciente y de indudable interés en un cajón de madera repleto de volúmenes saldados a un mísero euro en un hipermercado no deja de producir una cierta tristeza tras el júbilo inicial que conlleva el hallazgo. Acaso sea este funesto destino el que espera a todos los libros que carecen del tirón suficiente como para ser reeditados de continuo (es decir, prácticamente casi todos los libros que se editan). De lo que no cabe duda es de que la mejor forma de que un libro siga vivo es que sea leído y perviva en la memoria y la experiencia de sus lectores, algo que al menos El infinito en un junco de Irene Vallejo (que ya lleva siete ediciones, y sospecho que vendrán más) ya parece haber alcanzado.

El infinito en un junco, Lector, vuelve a casa y Leer el mundo están editados por Siruela, Deusto y Veintisiete Letras respectivamente.




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