Al Reselico

Único en su especie

Amor de hermanos

Va a troncharse de risa, el muy capullo. Cuando lea esto va a descojonarse. O igual se cabrea y me manda a tomar por saco. Vete tú a saber. No te enteras de nada, va a decirme. Ni puñetera idea tienes de cómo soy en realidad, chaval. Nadie me conoce lo suficiente para hablar de mí y no rascas más que la superficie banal de mí profundo yo interior. Oh vida, oh destino, oh hastío de existencia. Etcétera. Alguna cosa así me soltará. O igual es más escueto y me escupe directamente: “vaya artículo de mierda, Javier”.  

Ama la montaña y la naturaleza

Se llama Rafael Román Beneyto. Es divertido, inteligente y bastante amigo mío. Es también mi hermano pequeño, aunque a primera vista no podamos parecernos menos. Alguna vez lo he mencionado de pasada en estos artículos. Cosecha del 92, es la única persona que conozco capaz de llegar a casa una noche, de adolescente, a las cinco de la mañana, y poner como excusa, con cara sería, formal y responsable, que le habían pillado en rojo todos los semáforos de peatones y que él, como buen cristiano y honrado ciudadano, no podía cruzar así. Genio y figura. Único en su especie.

Es psicólogo y sensible, aunque de entrada no se le nota. Tiene también un corazón de oro, tierno y bondadoso, a pesar de que se esfuerce en ocultarlo a quienes no le conocen lo suficiente. Listo y singular en su manera de ser, pasota a la hora de mostrar apego, es muy amigo de sus amigos, aquellos CHIU que ahora son Leones. Odia las fotos, las redes sociales, la demagogia y la hipocresía, le encanta la montaña, el baloncesto, la naturaleza, ir de frente y, por encima de todo, le apasiona su trabajo, educar a niños y niñas en riesgo de exclusión en el proyecto de Apoyo Educativo “Ángel Tomás”. Sociable y simpático hasta el infinito con quien le apetece, educado pero formal con quien no le entra por el ojo, no le cuesta convertirse en el rey de cualquier sarao, ya sea una cena o un pasacalles. Festero incansable del 4 al 9, compañero de liadas, procesiones y desfiles, siempre va arrastrando la faja de Nazaríe, deshecha y arrugada de tanto bailar en el huerto de la Pona.

Yo lo llamaba el enano capullo

Cuando de enanos vivíamos juntos, compartiendo techo, mis padres lo llamaban el hijo “después”. Todos los recados que tuviera que hacer los dejaba para ese margen temporal indefinido. Ir a comprar, después. Tender la lavadora, después. Sacar a la perra, después. Yo era más claro, lo llamaba el enano capullo. Rafa siempre será el crío rubio con cara de pillo que destrozaba mis batallas de playmobils; el niño con el que hacía guerra de piñas y carreras de bici en el campo de mis abuelos; el chaval con quién jugaba al tenis/seto en El Reselico; el muchacho que bajaba a mi lado las pistas de GrandValira; el friki que jamás me gana a ningún juego de mesa; el joven que escribe las cartas de felicitación más largas, rebuscadas y liantes de la historia; el guía montañero que siempre pierde la senda a seguir y el base que ahora nunca me pasa una pelota.

Conforme se hace mayor, cada día que pasa, refuerza esa personalidad tan propia que ha construido a su alrededor. Con su punto esnob y filosófico, su invariable cinismo respecto al amor, su forma de hablar diciendo siempre lo que piensa, su despreocupación por lo trivialmente correcto, su concepto de la vida como camino personal que cada uno elije, su fluir inconfundible, su ética inquebrantable y un estilo de existir tan peculiar y característico que te obliga, aún sin querer, a sonreír. Estos últimos meses coincidimos y nos vemos menos, y la verdad es que tengo ganas de que lleguen los findes para reírme con él en las comidas familiares, porque mi hermano y mi madre juntos, si tienen el día, son un espectáculo que ni el Circo del Sol. Tal para cual.

26 años llevo ganándole a juegos de mesa

Hoy quiero aprovechar estas líneas para decirle a Rafriky no que le quiera, ojo, que tampoco es plan pasarse de cursi, pero sí que estoy contento y orgulloso de que mi hermano pequeño sea además mi amigo. Quiero aprovechar para agradecerle que, a pesar de que de niño me tocara las narices (aún hoy, de vez en cuando, lo sigue haciendo), siempre haya estado ahí en los momentos más o menos felices de mi vida, escoltándome con su sonrisa distraída y resignada, sus ojos perspicaces detrás de las gafas, su barba frondosa y su calva reluciente. Ojalá, antes de que todo se apague, subamos juntos a muchas más cumbres, desfilemos juntos en muchas más Fiestas, disfrutemos juntos de muchos más ratos en familia y nos tomemos juntos muchas más cervezas, hablando de miniaturas, cine, montañas, básquet o buenos libros, acompañándonos siempre el uno al otro, mientras a nuestro alrededor pasa el tiempo y vemos amanecer, a lo lejos, la claridad de nuevos días y la ilusión de nuevos sueños.

Mientras vemos amanecer, a lo lejos, la claridad de nuevos días y la ilusión de nuevos sueños...

 

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