De recuerdos y lunas

Vapor

Aún hay mañanas en las que me despierto y, desde mi habitación, veo esquinada la fachada del Hotel Alcoyano y veo, por detrás del hotel, asomar depósitos de agua de la estación. Y me aseo y me pongo de domingo para bajar, atravesando un paseo generoso de sol y árboles, hasta la estación para despedir entre humos y pitidos a un tren que viaja hasta el mar. Me gustan las maletas de cartón. Quiero llevar pantalones largos.
En el quiosco de la estación que está en el mismo andén, adosado a la pared del edificio principal, me compran un tebeo TBO y, a veces, si me he portado bien, aún cae alguna brocería de El Puntero que con su pelo blanco, con su cara rosa y blanquecina, con su cesta enorme de mimbre paseada bajo el brazo y con su sobretodo blanco, entre vagones, despacha a los viajeros por las ventanillas con mejor o peor humor dependiendo de la venta. Los zapatos de mi padre huelen fuerte a betún. Es domingo. Esto ya se ha entrevisto más arriba. El periódico que quiere leer mi padre huele a tinta y es enorme. Como una enorme sábana de letras vivas. Y mi padre ha sincronizado su reloj con el reloj que gobierna a los trenes cuando el tren se ha ido. Entre vapores y rugidos, el tren se ha ido. 504'3 metros sobre el nivel del mar. A veces veo las ruedas de la locomotora negra y roja, roja y negra, patinar sobre los raíles como si el portento mecánico tuviera una pesadilla de las de sin poder correr. Pero finalmente –¡más madera, más carbón!– la máquina siempre arranca con mucha potencia llevándose y arrastrando a los vagones entre nubes de vapor a veces blancas y densas, a veces negras y densas. Adiós —han dicho algunos viajeros. Hasta pronto —han deseado otros que todavía no se han ido y ya quieren volver. No te olvides de escribir —ha suplicado una madre a un mozo militar. Y todo, marchándose todo, se ha quedado como en suspiro.

Sospecho que la imagen de la memoria, como todas las imágenes de la memoria, mezcla los tiempos y los espacios. Pero es así como lo veo. Y la duda de si eso estaba allí como yo lo veo allí es un laberinto en el tiempo, y en la cabeza mareo, cuya trama la ha trazado con malicia el olvido para instar a la pereza para que el recuerdo no recuerde. Para que, tentador el olvido, el recuerdo se canse de recordar. Porque el olvido nos dice que es mejor olvidar y no complicarse con si aquello era de la misma época o no que lo otro. Que el pasado, pasado está. Seguramente en la estación que yo veo desde la habitación de mi infancia que ya es la habitación sólo del recuerdo, hay elementos de anteayer, de ayer y de hoy. Y luego es una estación llena de ternuras y, más libres después, de aventuras irresponsables de quienes nos criamos entre raíles jugando a valentías. Y también, mal que nos pese, de quienes empezamos a fumar a escondidas entre montoncillos de carbón y vagones abandonados.

He visto pasar muchos trenes. He visto pasar muchos viajeros. He visto –y veo– pasar muchas ilusiones. De aquí para allá, de allá para acá. Y he visto morirse el vapor. Hoy, nebulosos los trenes de mi infancia, ya sólo quiero ver el horizonte. Sólo el horizonte despejado de traviesas para crecer, abierto y libre al porvenir para crecer, como cuando de niño crecía ese horizonte acabándoseme el día y la merienda.

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