De recuerdos y lunas

Éxito incuestionable

Que un demócrata como Zapatero, que una persona con tanta disposición al diálogo como sonrisa como Zapatero utilice el adjetivo "incuestionable", nos tiene que preocupar. Y lo hizo. Nos tiene que preocupar porque "incuestionable" quiere decir sin discusión, axiomático, irrefutable. Y cuando una cosa es así, no cabe hablar más. Chimpún. Fue de madrugada en Bruselas, cuando el reparto de los fondos europeos, después del acuerdo sobre las Perspectivas Financieras en la Unión Europea para el periodo 2007-2013. La semana antes de Navidad.
A lo mejor Zapatero lo dijo porque estaba cansado. Porque tenía sueño y se quería ir a dormir. Y en vez de decir "lo dejaremos para luego" o... "para otro día", dijo "indiscutible". Y ya está. Para despacharse a los periodistas. Pero a lo peor no dijo "incuestionable" porque estaba cansado, sino porque definitivamente le ha picado la bicha de la Moncloa. Demasiado pronto entonces. Esa bicha totalitaria que mordió a Felipe González en los tiempos que decía enterarse de la realidad por la prensa sin percatarse de que esa realidad le soplaría a Aznar el imperativo "¡Váyase, Señor González!", sonándonos ese "Señor González" en el Congreso de los Diputados a un González forastero de la realidad española, a un González cualquiera que pasaba por allí y que no se correspondía en absoluto con el González que nos había ilusionado en 1982 y que llevaba una docena de años dirigiendo España. La bicha dicen que la intentaron emborrachar, para que no creciera como los bonsáis –o para que se muriera–, en la bodeguiya cuando, por ejemplo, el periodista Cándido la frecuentaba. Pero Cándido vio el recambio del cambio y vio la sangre de la rosa en aquellos vinos que se avinagraban. Y Cándido no fue más y escribió su desencanto para curar la experiencia dolida. La bicha, absorbente del inquilino de Moncloa, fagocitadora de ilusiones, sobrevivió contra consejas. Porque luego le picaría a Aznar. En la segunda legislatura. La de la despedida. Aznar no la pudo exorcizar ni con rezos. Y luego, cuando los Aznar se echaron un yerno ya no hubo remedido. Y la bicha campó por Moncloa como Pedro por su casa, comiéndose los restos de la tarta de boda. Y del mismo modo que no está bien en democracia decir "incuestionable" –Zapatero lo ha dicho–, tampoco está bien el poner los pies encima de la mesa. Y menos como invitado. Y Aznar lo hizo en el rancho de Bush. Hay que ser más humildes.

"Incuestionable" ha sido adjetivo inoportuno para quien se vanagloria de estar abierto a la discusión. Inoportuno y desafortunado porque luego está la oposición y están las radios y los periódicos y las teles que te dicen la realidad. Y cuando la realidad son cifras concretas de dineros, salvando los márgenes de la calderilla, es difícil no verla. Porque cuando las cifras son dineros, se agudiza la vista del personal y éste hace balances chupando el lápiz y estirando los dedos como sarmientos. Y es difícil que si no le salen las cuentas a su favor no entienda muy bien eso del "éxito". Y mucho menos lo de "incuestionable". Si ayer eran equis y hoy hay menos equis, no hay tu tía. El personal pregunta.

Los que creemos que Europa debe construirse superando los corsés nacionales, que también son nacionalistas, nos parecen bien las solidaridades, sacrificios, cesiones y concesiones para edificar el todo común. Pero aquí, por lo leído, sólo ha sido España la que proporcionalmente pone más ladrillos y más se sacrifica en pos de la integración. ¿Éxito? ¿Quijotes?... Por favor, ante lo "incuestionable", que empiece el debate.

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