Abandonad toda esperanza

La revolución será televisiva

Abandonad toda esperanza, salmo 707º

En 1970, el poeta y músico Gil Scott-Heron nos avisó de que la revolución no sería televisada. Pero hoy sabemos que, al menos en lo que al entretenimiento se refiere, se equivocó de parte a parte: no es ya que la revolución sea televisada, es que es directamente televisiva. Porque si el más importante invento del ser humano desde la imprenta es Internet, la fusión de esta con lo que hasta ahora entendíamos por televisión está llamada a revolucionar el desarrollo y disfrute del tiempo de ocio, y por extensión la cultura y la sociedad de nuestra era, en mi opinión tanto como su implantación en los teléfonos móviles (que ya es decir).

Contradecimos una célebre afirmación de Gil Scott-Heron para dar título a esta columna

Todo esto viene a cuento de que, a pesar de mis reticencias ante muchos de los avances tecnológicos que nos rodean, tengo que reconocer que muy probablemente lo mejor que he hecho en lo que llevo de vida sea suscribirme a Filmin. Y se lo dice alguien que tiene dos hijos y unas oposiciones aprobadas. Algunos de ustedes podrían pensar que esta soflama está fuera de lugar, más todavía siendo publicidad gratuita (porque les aseguro que no cobro un duro de la plataforma; muy al contrario, les pago yo por su servicio); pero no puedo evitarlo: mi labor vocacional como crítico o divulgador cultural me obliga a informarles de que en poco más de un mes desde que me di de alta he visto ya veintidós películas, entre largometrajes de ficción (los más) y documentales (los menos, pero todos de gran interés), además de haber empezado un par de series. Por lo tanto, el resto de plataformas -que también utilizo y donde igualmente podemos encontrar propuestas muy interesantes- han pasado por el momento a un segundo plano.

Algunas colecciones temáticas de ese paraíso para el cinéfilo que es Filmin

Por ello, cualquier día de estos les recomendaré algunas de las joyas que voy viendo en Filmin; pero hoy quiero hablarles de otra cosa. Y es que si son ustedes de los que todavía no han dado el salto a la televisión con conexión a Internet, o sí lo han hecho ya pero no acaban de estar satisfechos con la oferta de la que disponen y se plantean ampliar sus suscripciones o cambiar algunas por otras, les recomiendo fervorosamente la lectura de Streaming Wars, el libro en el que Elena Neira relata con afán divulgativo la historia de la reciente televisión digital, explicando cómo han cambiado tanto la oferta audiovisual de la pequeña pantalla como los hábitos de consumo de los espectadores (¿qué fue antes, el huevo o la gallina?); y también cómo han afectado estos cambios a la industria cinematográfica, al mercado doméstico del DVD y el bluray, y a las descargas a través de Internet. Pero quizás el apartado más útil del libro sea aquel en el que la autora analiza detalladamente las plataformas más populares: Netflix, Amazon, Apple TV+, Disney+, HBO, Rakuten TV, Movistar+ Lite, Sky y la citada Filmin. Todas ellas son escudriñadas atendiendo a la oferta que proponen, las condiciones de suscripción, sus requisitos técnicos, y también a aquello que tienen a favor y en contra. En resumidas cuentas: un manual muy útil para desenvolverse en esta “guerra de plataformas” que todavía no presenta visos de finalizar.

Elena Neira, autora del ensayo “Streaming Wars”

¿Y qué espacio queda para la cultura en esta lucha por ver quién se queda con la mayor parte del pastel?, se preguntarán muchos de ustedes al igual que hago yo. Para responderla, y dejando a un lado que toda película o serie de televisión es, por sí misma, un constituyente de la cultura del tiempo y el lugar que la vieron nacer, no hay que perder de vista los contenidos que se dedican a analizar esa misma cultura de la que todos somos partícipes (y que cada vez son más contados en los canales generalistas). Me refiero, claro, a los documentales y otros espacios divulgativos, en ocasiones incluso con forma de concurso en los que no sea necesario que el presentador y/o los concursantes hagan el payaso más allá de lo estrictamente necesario. Pues también pueden encontrar esa cultura en Filmin, dado que el número de documentales sobre literatura, música, pintura, fotografía o por supuesto cine que ofrece en su servicio es más que considerable. Incluso también la hallarán en Netflix, aunque allí mucho me temo que hay que pasarse más tiempo buceando en su catálogo y sorteando las decisiones de sus algoritmos que viendo aquello que finalmente logremos encontrar.

El canal Arte ofrece contenidos culturales de gran interés y totalmente gratuitos

No obstante, les sugiero dos alternativas en particular, y que además son gratis (lo que siempre es muy de agradecer): la primera es el servicio de RTVE Alacarta del que ya les hablé en más de una ocasión durante el confinamiento, y que sigue incorporando nuevos vídeos día tras día. La otra es la aplicación del canal franco-alemán Arte, que ofrece algunos contenidos magníficos -con la opción de navegación, audio y/o subtitulado en español para los que no dominamos el idioma de Molière y Victor Hugo-, como es el caso de películas de cine independiente; documentales divulgativos de ciencia, historia y sociedad; y multitud de conciertos de música clásica, ópera y partituras para películas. O entrando ya en lo que tengo guardado en mi perfil personal: un recital de las bandas sonoras de 2001 y El resplandor, ambas de Stanley Kubrick; un largometraje de no ficción de Chris Marker; y un par de documentos sobre Marguerite Duras y Jimi Hendrix. En resumidas cuentas: que quien no se culturaliza audiovisualmente, como quien no lee, es porque no quiere... siempre y cuando esté conectado a la red, claro.

La escritora Elia Barceló, reciente Premio Nacional de LIJ, entrevistada en “La aventura del saber”

En su libro El lugar de la cultura en la programación televisiva, Salvador Gómez Valdés trata precisamente este tema tan espinoso: qué lugar juega la cultura, que por norma implica cierta dedicación, concentración y reflexión, en un espacio tan poco dado a este cultivo intelectual y que se va transformando en un lugar cada vez más vertiginoso y superficial. Para ello, se centra en el análisis de un caso concreto: el de La aventura del saber, el programa educativo que lleva en antena en La 2 de TVE por las mañanas durante más de un cuarto de siglo, desde su debut en 1992 hasta la misma mañana del día en que escribo estas líneas... cuando se ha emitido el programa número 4.424, perteneciente a la temporada 28. Casi nada. Y a nadie le extrañará que el autor se centre en un programa que se emite precisamente en la segunda de las dos cadenas públicas, considerado por norma general como el último reducto de la cultura en la (¿mal llamada?) caja tonta. Aunque, como bien sabe Antonio Sempere, nuestro querido analista televisivo de cabecera, La 2 ya no es ni la sombra de lo que un día fue. ¿Seremos testigos de la privatización de la cultura audiovisual? Solo el tiempo, y el rédito que saquen las plataformas por incluirla en su servicio, lo dirán.

Streaming Wars. La nueva televisión y El lugar de la cultura en la programación televisiva están editados por Libros Cúpula y Cátedra respectivamente.




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2 comentarios

  1. Fran, qué alegría me da que cites a mi querido Salva G. Valdés, que alumbró pasada la cincuentena la tesis doctoral y la paternidad. Proyectos vitales que tuve la suerte de compartir verano tras verano en El Escorial. Él se enfadaba mucho cuando yo le hablaba de audiencias, de las de su programa, y le citaba ceros técnicos, o 0’7% en muchas de sus emisiones, convirtiéndose según Kantar Media en los menos vistos de la cadena junto a alguna entrega de ‘Los conciertos de Radio 3’.
    La televisión cultural no es ni sombra de lo que fue. En las privadas no existe. En la pública hemos pasado en dos décadas de que José Luis Garci realizase análisis fílmicos de los clásicos a que Cayetana Guillén reúna en el plató a una serie de colegas con quienes glosar cuán maravillosos son y recordar aquel rodaje fetén. Sin olvidar lo generosos que fueron todos con todos y lo orgánicas que fueron las interpretaciones. En esa clave 21 años.
    En fin, que cada vez correrán peores tiempos para la lírica. Que resistiremos con pantallones más grandes. Pero que lo tenemos muy crudo.

    1. En efecto, en ese sentido hemos ido (muy) a peor: se habla de que el espectador de hoy no tiene “paciencia”. Cuando yo era universitario y veía una entrevista o un coloquio de sesenta minutos en televisión, no es que fuese “paciente”; es que no tenía -no teníamos- ninguna sensación de tener que tener “paciencia” para “soportar” nada. Pero, efectivamente, creo que poco se puede hacer, y es lo que nos toca vivir ahora.
      Un abrazote.

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