El Volapié

La segunda oreja

Es habitual que los tendidos de una plaza de toros se llenen puntual y circunstancialmente de espectadores que carecen de la menor idea sobre lo que es una corrida de toros. A esto le sumamos que en los toros no hay control sobre el avituallamiento que llevan los juerguistas -porque se considera que nadie va a alterar el orden público-, se le añade que la mezcla obtenida es temeraria y obtenemos como resultado que estos piden los máximos trofeos como si el premio fuese para ellos mismos.
Los premios, los trofeos y el triunfo deben ser para el diestro que los merezca, estando de acuerdo en que ante una duda razonable se conceda el premio superior. In dubio pro reo.

Para atender al jolgorio del graderío se instituyó de un modo natural y desde siempre, el derecho del público a que si la petición de la primera oreja es mayoritaria, ningún presidente pueda negarla fuere como hubiese sido la faena. Pero en el caso de la segunda oreja es bien distinto, puesto que el Reglamento –basado en la lógica– otorga al presidente del festejo la potestad de decidir si los premios deben ser mayores.

Como todos ustedes saben, desde siempre en el ruedo los toros se identifican por tres aspectos externos. El más vistoso es la divisa, una cinta con los colores de la ganadería, pero como la combinatoria es limitada se complementa con el hierro, situado en un cuarto trasero, que en este caso es único, y la señal, que es una marca en las orejas.

Antiguamente el pago que recibían los matadores era el que pudiesen obtener de lo recogido al dar la vuelta al ruedo y todavía es posible que si ustedes arrojan al ruedo algún objeto que sea del agrado del diestro, este pueda llevárselo tranquilamente. Así que tengan cuidado, porque alguna cazadora chula he visto desaparecer.

Posteriormente, a la vuelta al ruedo comenzó a complementarse con el permiso para que el torero se quedase el toro –para vender la carne de este–, y esto lo concedía el presidente sacando el pañuelo cuando a su criterio era merecido, autorizando así que le diesen la oreja como prenda para saber al término cuál era su toro. Por eso el público comenzó a sacar pañuelos cuando quería influir en la decisión, lo que se sigue respetando en nuestros días.

Sin embargo, debe ser el presidente y atendiendo al conjunto de la faena, desde los lances de recibo pasando por todos los detalles de la lidia y teniendo como parámetro principal el de la estocada, quien determinará si saca el segundo pañuelo blanco o no lo hace. Y no digamos para el rabo.

Resulta fundamental que la estocada, la suerte suprema, sea perfecta para que la muerte sea instantánea. Cuando esto sucede –menos veces de las que sería deseable–, se dice que el toro sale muerto de los vuelos de la muleta y estamos hablando de unos diez o doce segundos.

Por eso nadie debería exigir grandes premios para un mal matador, por el bien de la tauromaquia.

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