Abandonad toda esperanza

Latinoamericana

Abandonad toda esperanza, salmo 775º

Para, ni que decir tiene, Carmen Alemany

Desde el primer momento en que tuve claro que le iba a dedicar una columna como esta a una serie de ensayos divulgativos sobre escritores latinoamericanos, tuve igual de meridianamente claro que se la iba a brindar a Carmen Alemany. Porque aunque otros profesores habían plantado la semilla con anterioridad (desde aquí le mando un saludo a Gaspar Jover, el primero que me habló de mi querido Julio Cortázar y al que llevo demasiados años sin ver), fue esta catedrática de la Universidad de Alicante quien con sus clases y su dialéctica entusiasta me despertó un auténtico interés por la literatura escrita en lengua hispana al otro lado del Atlántico. Tanta fue la emoción que sentí por varios escritores contemporáneos de América Latina en aquellos años de juventud, tan proclives a las pasiones desbocadas, que recuerdo cómo mi madre, preocupada porque se veía venir la posibilidad de que me marchase a algún país hispanoamericano a desarrollar allí mi futura carrera como docente, se convirtió de la noche a la mañana en una férrea defensora de las bondades de nuestro Siglo de Oro y de las excelencias de los escritores del 98 y el 27. Al final no había motivo para tanto temor... Pero esa, como suele decirse, es otra historia.

Además de catedrática de Literatura Hispanoamericana, Carmen Alemany es una especialista en la obra de Miguel Hernández

Al margen de lo dicho, es que además resulta que cuando empiezo a leer el maravilloso Atlas de literatura latinoamericana que acaba de ver la luz me encuentro con que Carmen Alemany figura como autora de la semblanza del escritor paraguayo Augusto Roa Bastos, de cuyas novelas Hijo de hombre y Yo, el Supremo oí hablar por vez primera -como no podía ser de otra forma- en las sesiones teóricas impartidas por ella poco antes de que llegase el final del siglo XX y, con él, la culminación de mi licenciatura en Filología Hispánica. Y es que en este volumen colectivo que ha coordinado Clara Obligado se han reunido una gran variedad de laureados escritores de aquellas latitudes junto con los más prestigiosos hispanistas de aquí y de allá para dar buena cuenta de la literatura que se escribía y se escribe en el continente americano de México para abajo. Prácticamente quedan fuera, tal y como explica la propia compiladora en su prólogo, Brasil por no ser territorio de lengua hispana -aparece de forma simbólica de la mano de Joao Guimaraes Rosa y Clarice Lispector- y también las letras escritas en otros idiomas autóctonos... y cuya glosa excedería con creces la extensión y la ambición de un proyecto como el presente.

El escritor cubano José Lezama Lima, “el James Joyce latinoamericano”

Resulta curioso que lo primero que llame la atención de una obra como esta sean más sus ausencias que sus presencias: que no figuren García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes o el citado Cortázar deja bien a las claras que los responsables de la propuesta no se han dejado embelesar por los cantos de sirena de aquello que vino a llamarse el boom, por más que su capacidad para el embeleso esté entonces y ahora más que sobradamente justificada. Sí aparecen, en cambio, las mucho menos conocidas “mujeres del boom” a cargo de Ana Gallego Cuiñas porque, claro está, alguien tenía que hacerles justicia a estas alturas. Al margen de esta llamativa criba, no está de más señalar que nos movemos en un amplio espectro temporal: viajamos hasta el Perú de varios siglos atrás con el Inca Garcilaso de la Vega, al que durante tantos años y por parte de tanta gente (no así la propia Obligado, que es quien escribe sobre él; o José Carlos Rovira, el otro catedrático de Literatura Hispanoamericana cuyas clases sobre los albores del hispanismo fueron una aventura muchas veces apasionante) se le ignoró a pesar de que tuvo el detalle de morirse al mismo tiempo que Cervantes y Shakespeare. También aparecen el argentino José Hernández, autor del Martín Fierro; el colombiano José Eustasio Rivera, firmante de La vorágine; o ya más posterior José Lezama Lima, cubano universal que no se movió de Cuba y que siempre iba a lo suyo (vital y literariamente, fuera y dentro del Paradiso), y del que tanto aprendí de manos de Carmen, José Carlos y también -aunque de forma más ocasional- la especialista Remedios Mataix, Reme Mataix para los amigos y alumnos más cercanos... Vaya, que cuando alguien nombra al grupo musical paraguayo de los años sesenta Los 3 Sudamericanos, adivinen en quiénes pienso de inmediato.

Silvina Ocampo, históricamente siempre a la sombra de Bioy Casares... y de Borges

No obstante, en estas páginas se le dedica una mayor atención a autores más contemporáneos, vivos o no, como los escritores de culto uruguayos Felisberto Hernández y Mario Levrero, a cargo de Julio Prieto y Fernanda Trías respectivamente; el secuestrado y seguramente masacrado argentino y autor de Operación Masacre Rodolfo Walsh, al que hace justicia Leila Guerrero; su compatriota Silvina Ocampo, siempre a la doble sombra: la de su marido Bioy Casares, que a su vez estaba a la sombra de Borges, y aquí revelada por la ascendente Mariana Enríquez; el antipoeta chileno Nicanor Parra (¿se te adelantó Niall Binns, Carmen, a la hora de elegirlo? Porque este es de los tuyos); el hondureño, luego guatemalteco, Augusto Monterroso, retratado más allá del fugaz dinosaurio por Ana María Shua; o el inevitable chileno Roberto Bolaño, del que les he hablado más de una vez y que aquí es convocado por Andrés Neuman. En resumidas cuentas, y dado que no ha lugar a que siga citando homenajeados y homenajeadores por doquier: este es un volumen de lectura indispensable para todos los interesados por los vaivenes de la historia de la literatura latinoamericana; y que presenta una poderosa, casi inaudita, voluntad de no someterse a la tradición impuesta y un arrojo muy de agradecer a la hora de revisar de forma felizmente subjetiva la recepción y el canon asumidos sin asomo de discusión por sucesivas generaciones de críticos y lectores. Todo ello, acompañado de unas expresivas ilustraciones a cargo de Agustín Comotto que terminan por armar un libro que es al mismo tiempo un mapa, un reto y una fiesta.

Injustamente, el argentino Jorge Luis Borges nunca ganó el Premio Nobel

Volviendo a las ausencias: en este Atlas de literatura latinoamericana, por no estar, no está ni Jorge Luis Borges. Pero me parece significativo de la sombra que siempre ha proyectado el autor de El Aleph sobre sus colegas -pretéritos, coetáneos y futuros- que “Borges” sea precisamente la primera palabra del prólogo de Clara Obligado y por tanto la palabra inaugural del libro. Pero si usted es al igual que yo un borgiano de pro y necesita de su dosis puntual, no se preocupe: también ha visto la luz recientemente el ensayo Borges in situ, que lejos de tratarse de un texto académico y sesudo -adjetivos tan íntimamente unidos a este escritor argentino-, es un ensayo divulgativo que parte de la transcripción más o menos fiel de cinco encuentros que pudieron tener con aquel el autor del libro, Alejandro Daniel Pose Mayayo, y su amigo Jorge a lo largo de 1980 cuando ambos eran unos adolescentes. Fruto precisamente de ese mismo entusiasmo juvenil que como les decía experimenté en las clases de Carmen Alemany, y también de la cercanía de un ya octogenario Borges al que no se le había subido a la cabeza no haber ganado el Nobel, los osados entrevistadores llevaron a cabo un análisis desenfadado y a veces hasta insolente pero no por ello menos juicioso de la obra borgiana sin el obligado respeto a los lugares comunes aprendidos; y que por tanto, recuperado hoy por escrito, podría servir para acercar a nuevos lectores jóvenes a este creador fundamental: un autor al que no me parece arriesgado calificar, si no como el padre, si al menos como el padrino de la literatura posmoderna. Por lo demás, Borges in situ es bastante más que la transcripción de esos encuentros; también incluye algunos desencuentros y otras sugerentes sorpresas que prefiero no desvelar y dejárselas para que las descubran por sí mismos.

Los entrevistadores adolescentes: el autor de “Borges in situ” (izda.) y su amigo Jorge, en una fotografía reciente

Al contrario de lo que sucede con Borges, la que sí está presente -faltaría más, cumpliéndose este año el medio siglo de su fallecimiento- en este Atlas comentado que lleva por subtítulo Arquitectura inestable es Alejandra Pizarnik (homenajeada allí, por cierto, por María Negroni). De esta malograda escritora compatriota de Borges y Cortázar les hablé en su día al hilo de La condesa sangrienta; pero en esta ocasión toca volver a ella gracias a la publicación de una completa biografía firmada por Cristina Piña y Patricia Venti. La primera escribió una primera versión de la misma hace ahora unos treinta años; y la segunda, aprovechando la citada efeméride, ha colaborado con aquella para (re)elaborarla y alumbrar así Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito, remedo revisado y ampliado de dicho retrato que pretende hacer justicia a esta atormentada escritora de quien Lumen ya publicó en su momento su prosa, su poesía y sus diarios al completo.

Como Sylvia Plath, Alejandra Pizarnik fue una mujer de vida tortuosa a la vez que poeta ejemplar

El libro en cuestión puede pasar fácilmente por ser la biografía definitiva de su protagonista gracias a la recopilación y el estudio de nuevos documentos y nuevos entrevistados: las autoras consultaron sus diarios, borradores y correspondencia; mantuvieron largas conversaciones con varios familiares y amigos suyos, muy especialmente con su hermana Myriam; y tuvieron acceso al archivo privado de sus colegas Manuel Mujica Lainez, Djuna Barnes y la citada Silvina Ocampo, donde encontraron papeles personales vinculados con la autora de Extracción de la piedra de locura. El resultado es un recorrido fascinante por la tortuosa vida de quien se marchó sin despedirse el 25 de septiembre de 1972, mientras pasaba un fin de semana fuera de la clínica psiquiátrica donde estaba internada, con una sobredosis voluntaria de barbitúricos por billete de avión. Alguien que del dolor y el sufrimiento más profundos sacó el material para alimentar una voz poética que nos ha dejado algunos de los versos más memorables de la literatura del siglo XX escrita en lengua hispana.

Y sí, la primero profesora y luego amiga Carmen Alemany también nos habló a sus alumnos de Alejandra Pizarnik en repetidas ocasiones, lo que las honra a ambas. Y de Jorge Luis Borges, a quien yo creía inevitable hasta ahora, ni que decir tiene que también.

Atlas de literatura latinoamericana (Arquitectura inestable), Borges in situ y Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito están editados por Nórdica, Alfar y Lumen respectivamente.

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