Al Reselico

Mi viejo amigo Gandalf

Sobre J.R.R Tolkien y libros eternos

Dicen que hay pocas cosas más estresantes que una mudanza. Firmo debajo. Estoy cambiándome de piso y no se lo deseo ni a mi peor enemigo. Bueno, a mi peor enemigo le deseo hacer una mudanza con mi madre. Para que sepa de verdad lo que es sufrir. De las cosas que peor llevo es mover tanto libro. No sé bien dónde voy a meterlos. Algunos no tengo del todo claro si son míos, de mi hermano o de Rafa y Ague. Estoy usando el siguiente método de catalogación: en caso de duda, para mi biblioteca.

Brillante, elegante y privilegiada, la mente de Tolkien fue capaz de soñar todo un universo mágico

Crecí entre libros y lecturas gracias a mis padres. De pequeño leía con la ilusión y el ardor que solo se lee en la infancia. Ahora he ido relegando esa afición ante otras obligaciones y tareas, pero aún así sigo disfrutando, de vez en cuando, del inmenso placer de adentrarme en las historias que se esconden tras unas buenas páginas. Solo los libros te permiten imaginar, desde el sofá de tu casa, surcar los mares en la fragata Surprise sujeto a la jarcia junto al capitán Aubrey; cazar monstruos junto al brujo Geralt de Rivia; luchar contra un calamar gigante desde el puente del Nautilus; batirte en duelo con el capitán Alatriste; adentrarte en la selva río arriba, buscando a Kurtz en el corazón de las tinieblas; jugar al quidditch montado en una Nimbus 2000 o descubrir si los androides sueñan con ovejas eléctricas.

Una nueva aventura...

Si hay un autor que me transporte a otros horizontes, ese es sin duda John Ronald Reuen, más conocido como J.R.R Tolkien. Genial escritor inglés, también poeta, filólogo, lingüista y profesor universitario de Oxford, durante toda su vida trabajó en la creación de un universo imaginario e inabarcable llamado Arda, cuyo continente más conocido es la Tierra Media. Brillante, elegante y privilegiada, la mente de Tolkien fue capaz de soñar todo un cosmos que atrapó con su pluma. No solo historias y argumentos, también genealogía, cultura, geografía, idiomas o mitología. Bajo su prosa a veces sencilla, siempre extraordinaria, latía el corazón de un nuevo mundo. Algunas página suyas, como las leyendas de dioses, elfos y hombres de la Primera Edad en El Silmarillion, o la asombrosa epopeya heroica de Beren y Luthien, (lo mejor que escribió nunca) están impregnadas de un talento inmenso, de la mirada sensible y mágica de un hombre que ponía el alma en cada palabra, su fantasía y espíritu en cada frase.

De chaval a menudo me dejaba llevar por la imaginación, sintiéndome un personaje vivo del Hobbit o el Señor de los Anillos. Jugaba a ser Boromir siendo emboscado por uruk-hais en Amon Hen, Samsagaz enfrentándose a Ella-Araña, Thorin escudo de Roble sentado en el trono de la montaña solitaria, Aragorn frente a las puertas negras de Mordor con Anduril en la mano, Légolas saltando entre los árboles de Lothlorien, Gimli luchando contra trasgos como el último enano en Moria o Gandalf convenciendo a Bilbo Bolsón para emprender una nueva aventura. Más tarde, cuando la vida me ha ido llevando a nuevos lugares y rincones, a menudo me he acordado de páginas de Tolkien. Alguna vez me he sentido solo e indefenso en la caverna de Gollum, resolviendo acertijos en la oscuridad, y alguna otra vez he sido Theoden, valiente y temerario en el rojo día de Pelennor, cabalgando hacia la desolación y el fin del mundo.

Beren y Luthien. Lo mejor que escribió nunca

De vez en cuando aún ojeo los libros de Tolkien. Mi viejo amigo Gandalf sigue allí cada vez que abro sus páginas. Siguen siendo historias llenas de gestas apasionantes y héroes de otro tiempo, portales a un mundo de sueños maravillosos y aventuras interminables. Y Gandalf no cambia nunca, no envejece jamás. Sigue –seguirá para siempre– con su bastón de mago, su sombrero picudo y su larga barba blanca. Tampoco cambiarán Robinson Crusoe, Milady de Winter, Hércules Poirot, Elizabeth Bennet o el capitán Acab. Esos personajes, con su maldad y su amor, sus egoísmos, dudas, alegrías y miedos, continuarán estando eternamente entre palabras de libros que son perpetuos. Eternos. Inmortales. Libros que algún día harán más lúcidos y felices a futuros lectores que, quizás, todavía no hayan nacido.

Espero que cuando me llegue el momento de partir desde los Puertos Grises mi biblioteca quede en manos de alguien que ame esos libros, que pase con cuidado sus páginas, que lea con atención, curiosidad y cariño. Si es así, sonreiré satisfecho desde las Tierras Imperecederas, mientras fumo en pipa hierba de viejo Toby y brindo junto a Tolkien con cerveza del Pony Pisador. Tranquilo y sereno. Allí, al final de todas las cosas.

Gandalf sigue allí cada vez que abro sus páginas

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