El Diván de Juan José Torres

No se decrete si no hay consenso

Es verdad que España es admirada por muchas virtudes: bellísimos paisajes, variada y agradecida gastronomía, excelente reclamo para el sector turístico, solidaridad de sus gentes, ancestrales tradiciones, profunda cultura y muchos siglos que conformaron su convulsa historia, cuyos anales han forjado un pueblo resistente pero con el lastre de sus muchas contradicciones. No obstante, también es criticada por sus crónicos defectos, entre los cuales se encuentra la carencia de consenso.
Hay temas sensibles en la sociedad española, casi perennes, que reflejan claramente que viejas e históricas heridas no se han cerrado ni se curarán nunca. El hermoso y triste poema de Antonio Machado –“Españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón”– sigue vigente lamentablemente. Sigue imperante porque cualquier rencilla o se subsana con un profundo y serio debate, donde las dos partes estén dispuestas a negociar y ceder, o mejor no intentarlo, porque las aflicciones se ahondan más y las posturas se radicalizan sin retorno.

En el Valle de los Caídos yacen los restos de Francisco Franco y José Antonio Primo de Rivera, quienes rivalizaron entre ellos por el liderazgo, uno ideológico, otro militar. En niveles inferiores también reposan los despojos de veintidós mil personas del bando republicano; unos, miles de reos que edificaron el gigantesco mausoleo, y otros ejecutados en otras partes y enterrados allí. Yo, de la Memoria Histórica, sólo entiendo el derecho de las familias a enterrar a sus muertos con la dignidad que merecen todas las personas: las sepultadas en una cuneta, en fosas comunes y casi anónimas, o las arrebatadas a las familias, desplazadas por la fuerza y contra la voluntad de los seres queridos.

Inadecuados los comentarios de la diputada de IU Sol Sánchez, al mencionar la Goma-2 con el polémico panteón, pues así no se pueden reconciliar las dos Españas, sino provocar todavía más a un sector de adictos al dictador. Aunque se volatilizara el lugar, que nunca sería el camino, seguirían peregrinando como referencia los nostálgicos del franquismo. No es el mismo caso que el búnker donde se quitó la vida Hitler, soterrado bajo un parque público y sin alusiones en las guías turísticas de Berlín para evitar una zona de culto. El Valle de los Caídos, con sus fieles seguidores en un bando y sus detractores en el otro, necesita una salida airosa y pactada, no imposiciones por Ley.

Es desaconsejable suscitar una guerra dialéctica, y quién sabe si con derroteros poco recomendables, por este asunto. La mayoría de las familias de miles de republicanos sepultados allí desean exhumarlos para llevárselos lejos de quien les condenó y ahí sí que sería propicio que el Gobierno facilitase una salida decorosa y no que individualmente las familias tengan que costearse un despacho de abogados para desenterrarlos con decencia. Ahora bien, si finalmente los restos de Franco y de José Antonio ni se tocan ni se mueven, es lógico pensar que los gastos que conlleva el mantenimiento de las criptas no deberían ser asumidos por las arcas del Estado, sino por las familias respectivas.

Que fuese la Fundación Francisco Franco, que afirma por activa y pasiva que no reciben subvenciones públicas, quien se hiciera cargo de la conservación de la custodia; al igual que Falange Española respecto a su líder carismático. De no ser así, de no poder hacer frente ni responder al desafío, es evidente que el Estado se vería obligado a intervenir y hacer el uso que se decida por vía parlamentaria. Soy de la opinión que determinadas medidas deben ser consensuadas lo más posible que se pueda y, en su caso, acogerse a un Referéndum para que la ciudadanía exponga con su voto el rumbo de la propia historia; sobre todo para aquellos asuntos que enfrentan posturas irreconciliables.

Me preocupan personalmente mucho más otros problemas. El futuro de las pensiones, los impuestos, la precariedad laboral, el abuso de grandes compañías multinacionales, no llegar a final de mes, la Ley de Dependencia o la subida de comisiones de la Banca si el gobierno le aplica un impuesto. Dilemas cotidianos que afectan a toda la sociedad por igual, que crean incertidumbre, que incumben a las clases medias y generacionales y que nos pueden volver a helar el corazón y los bolsillos.

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