Al Reselico

Un abrazo en la Puerta Almansa

Volver a casa por Navidad

Érase una vez dos amigos que solo se reencontraban en Navidad. Cada uno hacía su vida en un rincón del mundo, en países lejanos donde les había llevado el trabajo o el destino. Volvían a su ciudad natal un par de veces al año, pero solo coincidían en fechas navideñas. Él siempre intentaba coger vuelos para estar por su tierra en Fiestas de Moros y Cristianos. Ella no era festera y siempre regresaba para Semana Santa, coincidiendo con el cumpleaños de sus padres. Cuando se juntaban a tomar unas cervezas, de año en año, siempre en Navidad, se ponían al día de todo lo que no se contaban por videollamada o por WhatsApp.

Hace unos días, la mañana de Nochebuena, él y ella se juntaron a tomar esas cañas, como hacían siempre cada Navidad

Dicen que los días navideños están para reunirse con la familia y los seres queridos, dos conceptos que no siempre van cogidos de la mano. También para juntarse con los buenos amigos, la familia que uno elige. Los protagonistas de nuestra historia solían mencionar siempre con guasa aquel anuncio del turrón, el de volver a casa por Navidad. Cómo cada vez iba cobrando más y más sentido. Cuantos jóvenes de su edad y su generación vivían lejos del nido durante todo el año y viajaban para pasar las fiestas en su tierra, cerca de los suyos.

Brindaron con sus tíos, besaron a sus padres, abrazaron a sus abuelos... disfrutaron de volver a casa

Hace unos días, la mañana de Nochebuena, él y ella se juntaron a tomar esas cañas, como hacían siempre. Se vieron de nuevo en la terraza del Jota, mientras un sol invernal calentaba su reencuentro. Allí sentados disfrutaron del ambiente de la calle, porque su ciudad nunca luce tan viva y radiante como en días Navideños, quizás con la excepción del cinco de septiembre. Los escaparates estaban decorados y por la acera no dejaban de pasar paisanos que saludaban apresurados, de esos que van siempre azacanaos de un lao pa’ otro, con prisas porque les falta un regalo por comprar. Mientras, nuestros dos buenos amigos hablaron de todo. Charraron de amistades comunes; de aficiones y trabajo; del amor, que les continuaba siendo esquivo; de memorias y recuerdos; de los años dejados atrás, que ya no te abandonan nunca.

Se despidieron mucho más tarde de lo previsto, porque cuando estaban juntos el tiempo se les escapaba entre los dedos. Quedaron en verse más tarde en Santiago, después de las cenas de Nochebuena. Esa noche ambos volvieron a juntarse con sus respectivas familias, disfrutaron y rieron, huyeron de inútiles disputas y tontos mosqueos, cantaron villancicos y tocaron panderetas, bebieron y comieron por encima de sus posibilidades, se echaron el primer cubata con aquellos primos pequeños que ya no eran tan pequeños, brindaron con sus tíos, besaron a sus padres, abrazaron a sus abuelos esperando que no fuera la última vez que pudieran hacerlo… Disfrutaron de su refugio y de su hogar. De volver a casa por Navidad.

Cuándo llegó el momento de despedirse se dieron un fuerte abrazo en la Puerta Almansa

Cuándo se encontraron de nuevo, entrada ya la madrugada, la plaza de Santiago estaba hasta los topes de gente. Muchos de los que se reunían allí era cómo ellos, jóvenes que habían vuelto a Villena a pasar unos días, que pronto tendrían que volver allí dónde hicieran sus vidas, que solo se veían una vez, de año en año, siempre en Nochebuena. Se toparon con antiguos compañeros de clase, con conocidos del Instituto, con viejos amigos de niñez. Se tomaron varios gintonics y filosofaron sobre la vida, sin separarse en toda la noche. Hablaron sobre la distancia emocional que iban tomando con aquella ciudad dónde una vez crecieron, sobre el sentimiento de desarraigo que les crecía en el pecho, sobre lo que una vez fueron y ya no son ni serán nunca, sobre lo que podrían haber tenido juntos si no vivieran a dos mil kilómetros de distancia.

Así, poco a poco, entre conversaciones, saludos, bailes y risas, fue muriendo la noche. Ella cogía un avión la tarde siguiente, para volver a su país de acogida. Cuándo llegó el momento de despedirse se dieron un fuerte abrazo en la Puerta Almansa. Hasta la Navidad que viene, nos llamaremos en Nochevieja, feliz 2020, que se porten bien los Reyes, cuídate mucho, te echaré de menos… todo eso se dijeron. También se dejaron cosas sin decir, como tantas otras veces. Luego ella se giró al fin y bajó caminando por la Joaquín María López, camino a su casa. Él se quedo un momento parado en la esquina del Cuartelero, mirando cómo se alejaba. Echó a andar por la Constitución mientras la niebla caía sobre Villena. El alba era fría y los arcos de Navidad aún estaban encendidos.

El alba era fría y los arcos de Navidad aún estaban encendidos



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