Al Reselico

Vendiendo bancalicos a los ingleses

Han llegado los extranjeros con las carteras llenas de Euros…

Manolo ha reñido con sus hijos. Hace varios años reunió a sus tres descendientes, diciéndoles que ante su jubilación y los problemas de artritis, quería que se ocuparan del bancal que tiene en “El Pinar”. Todos los hijos renegaron del padre. El mayor alegó que no le gustaba el campo. El otro que tenía mucho trabajo y que los fines de semana se iba al apartamento que se había comprado en San Juan. Por último, el más pequeño se excusó alegando que es alérgico a las oliveras y no podía subir a cuidarlas.

Manolo y su mujer se disgustaron. Toda la vida cuidando el bancal que había heredado de su padre, teniéndolo siempre bien arreglado, y ahora veía como ninguno de sus tres hijos quería saber nada de la tierra. No pensó en venderlo por el amor a la tierra y porque le daban cuatro duros por tahúlla. Así, junto a su mujer y en compañía de otro amigo suyo –jubilado también– cada año subía “al pinar” a podar las oliveras y abonarlas, recogiendo la oliva en las frías mañanas de enero y cargando cada invierno con mayor dificultad los sacos.

Cuando a Manolo le daban el aceite en la Almazara siempre les llevaba a cada uno de sus hijos un par de garrafas de cinco litros, con el orgullo de sentir que era el fruto de la tierra y de su esfuerzo… pero con la pena de no recibir ayuda y verse cada vez más mayor y más solo.

Era el fruto de la tierra y de su esfuerzo...

De un tiempo a esta parte todos sus vecinos han empezado a vender los bancales. Primero a los que tenían “perricas” del pueblo y se querían hacer una casa de campo. Ahora han llegado los extranjeros con las carteras llenas de Euros. Si tienes “casica” te lo pagan mejor y todos buscan bancales que tengan más de 12 tahúllas. Al Andrés le han pagado siete millones por el bancal. A los hijos de Aníbal les pagaron diez millones.

Hace unos meses un mediador se presentó en su casa con una pareja de ingleses y le ofreció comprarle el bancal porque los “guiris” querían hacerse un chalet. Manolo no quería venderlo por respeto a su padre y apego a sus oliveras, por lo que no les dijo ni que sí ni que no, dándose una semana de tiempo para pensárselo.

Como Manolo no tiene ni un pelo de tonto y dispone de mucho tiempo libre se dedicó los días siguientes a preguntar a todos los que conocía del Pinar a cuánto estaban vendiendo las parcelitas… y se quedó patidifuso de los precios. Le dijeron que si los que compraban eran ingleses podía sacarles hasta la bilis. Que el precio no se daba por tahúllas, como toda la vida, sino por metros cuadrados, y que como el bancalico tenía más de diez mil, les podía pedir un buen dinero con el que permitirse ciertos lujos. La verdad es que no necesitaba el dinero, porque para vivir con la pensión y unos ahorros que tenía en la Caja le era suficiente.

Por eso cuando llegó el mediador con los extranjeros le pidió a doscientos duros el metro cuadrado (para que les dijeran que no). Lo convirtieron en pesetas, luego en euros, lo multiplicaron por los metros del bancal… y cuando el inglés le contestó que se lo compraba a ese precio, que en una semana le daba el dinero, a punto estuvo de darle un “patatus”, porque no creía que nadie pagara esa cantidad por el bancal… y porque en el fondo no quería venderlo. Era la tierra de su padre, eran sus oliveras

Manolo invitó a todos sus hijos con sus nueras y nietos a comer a casa para darle la noticia del acuerdo de venta del bancalico al inglés… y a partir de ese momento comenzaron los problemas que le están amargando la vida.

Le dijeron que tenían una gran oportunidad para cambiar el apartamento de la playa

Esa misma noche su hijo mayor le llamó por teléfono y le dijo que tenía muy viejo el coche, habiendo pensado en comprarse un “todo terreno” que era un poco caro, no pudiendo pedir más dinero al banco porque tenía la hipoteca, por lo que había pensado que tal vez le podría dar “su parte” para dar la entrada del coche. Al día siguiente le visitaron su segundo hijo y su nuera (a la que sólo ve cuando la invita a comer), que tras estar muy simpáticos y agradables le dijeron que tenían una gran oportunidad para cambiar el apartamento de la playa por uno de primera línea, que era una súperoferta, habiendo pensado que si repartía ahora el dinero del bancal en tres partes podrían aprovecharla. Cuando se fueron, se presentaron en la casa el hijo menor (el de la alergia) y la novia, con la que vive ya varios años sin estar casado. Traían unos folletos del proyecto de una promoción de adosados, comentándole que querían comprarse uno y que con el dinero que le correspondía del bancal podía pagar la entrada en negro que les pedía el constructor.

Al irse, Manolo miró a su mujer. Ella le miró a él. Estuvieron callados durante toda la cena. Después de un largo silencio, Manolo tomó la decisión que tenía que tomar, la única posible, la que le dictaba el corazón. Descolgó el teléfono y llamó al de la Agencia Inmobiliaria. Cuando colgó, su mujer le dio un beso y a los dos les lloraban los ojos.

Por: Rafael Román García

 

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