El Diván de Juan José Torres

Vicente Gandía Francés

Humilde, trabajador, honrado, familiar… tuvo un sentido excepcional de lo que es la vida

Con el bueno de Carlos, el director, tenía una especie de truco o trato, no sé exactamente, de enviarle las entregas de esta nueva sección los primeros viernes de cada veinte días, aproximadamente. Hoy he roto el truco o el trato. Incumplo las normas establecidas por un motivo especial. Pasada la media hora del día veintiocho de septiembre falleció un hombre extraordinario. No era conocido en los círculos de ahora, ni en los ámbitos políticos, ni en las tertulias cafeteras sin mascarilla en muchos establecimientos. Humilde, trabajador, honrado, familiar, tuvo un sentido excepcional de lo que es la vida, sin estudios académicos homologados, pero con una experiencia vital para los que le conocimos y nos abrió sus puertas sin pedir explicaciones, ni procedencias, ni dotes de nada. Solo con mirar a los ojos, aceptaba.

Con apenas diez años ya trabajaba en la Finca de Quitapesares con sus hermanos, él como el tutor de sus prójimos de sangre y con obediente servilismo de lo que dictaba su padre, también esclavo de la lisonja de su superior, el propietario del solar. Espaldas agachadas, pico y pala, jornadas de sol a noche y regar los terrenos antes del alba. Así transcurrió su adolescencia hasta que se casó con su mujer, Virtudes. Más tarde fue contratado como encargado de la Casa Peñas, en la carretera del Puerto que conduce a la Sierra de Salinas. La misma historia, el mismo trabajo, la misma sumisión para una enorme finca y en la que jamás, nunca, tuvo la tentación de la deslealtad hacia el hombre que le contrataba. No permitió a acompañantes, ni siquiera familiares, partir una almendra en el bancal, en su presencia, al no ser suyas.

Este hombre hacía recuentos exactos de los productos de su huerta con sus hermanos. Separaba los tomates grandes de los medianos, igualmente las patatas, las cebollas, los pimientos, las bajocas y las lechugas. Los tamaños medios y los más grandes los pesaba, para que cada hermano recibiera justo la tercera parte de lo que se había recogido y los hacía sopesar para que no hubiese dudas. Ni un gramo más, ni un gramo menos. Todos igual. Y con los hijos, exactamente lo equivalente: a uno le doy tanto y la otra parte lo sabe, y viceversa. Si hubiesen existido clones como este hombre, en las Administraciones Generales no habría quizás ahorros, pero lo que les aseguro es que no hubiesen existido despilfarros, porque su ecuanimidad, su sentido del deber y de la Justicia no tenían renglones perdidos de Dios.

Yo le conocí hace cuarenta y seis años, cuando entré a su casa acompañada de su hija por primera vez. Fue en la primavera de 1974 y mi gran timidez me delató. “Si vas con buenas intenciones eres bienvenido”. Y fui bien recibido siempre, sin pasar por alto cuando en el verano de 1980 le sugerimos, mi novia y yo, casarnos, aún sin tener garantizados, ninguno de los dos, nuestra economía independiente. Este hombre, lleno de humildad, pero rebosante de ternura, me dijo: “Mientras viva, jamás os faltará un plato de caliente”. Y esa frase la he tenido permanentemente en mi mente, porque durante décadas siempre tuvo esa actitud, incluso sin necesitar de sus platos plenos de empatía. Pero… ¡cómo se agradecen estos gestos tanto! Y… ¡cómo permanecen todavía en el alma!, que es lo que más me impacta después de haberse ido.

Este personaje increíble, que ha pasado de puntillas por la escena más próxima dentro de su entorno, sin querer hacer ruido, ni molestar, ni hacerse el mártir ni la víctima, porque ese espacio lo ocupó su mujer, enferma de Alzheimer y a la que dedicó los últimos años de su vida sin rechistar, es una referencia para muchas personas por su sabiduría, su saber estar y sobre todo porque, para los que le hemos conocido, esa mirada sincera y profunda, con la media sonrisa, soliviantaba mucho. Aceptaba el encuentro, pero quería las mismas condiciones de reciprocidad. Fantástico padre, maravilloso abuelo, enternecedor con sus biznietos, respetuoso con los amigos de siempre y con los que se fueron quedando en el camino, ha sido un superviviente no apto para las cadenas de televisión.

Ya con los surcos en la cara, las cicatrices del tiempo, del frío, del calor, de las tempestades de la vida, de los reveses, de los desengaños, de las esperanzas baldías, pero bien arropadas por los suyos, se ha ido para siempre este personaje espectacular al que siempre he admirado. Y lo querré más allá de no sé dónde. Porque me enseñó muchas cosas, porque aprendí de él muchas más. Porque no le abracé, estoy seguro, lo suficiente, cuando él hubiese agradecido que lo visitase en los últimos meses. Espero que me perdone, allá donde esté. Ahora, tarde como siempre, me arrepiento de no haberle arropado más en el final de su trayecto, reconociendo mi profundo respeto por la que fue mi compañera durante muchos años, por el amor a mis hijas y, porque los designios de los caminos a veces son inexplicables, me abracé a otra mujer con absoluta convicción.

Descansa en paz, para siempre, y si puedes, protégenos.

Y ya no puedo contener más la emoción escuchando la música que me acompaña mientras escribo: el “Adagio” de Tomaso Albinoni, interpretado por el fantástico croata Stjepan Hauser. En su honor y en mi pequeño homenaje.




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