El Ordenanza

Carnet de cañón

El Ordenanza. Capítulo 124

Escena 1

  • ¡Espera, espera! Creo que no termino de entenderlo. Resulta que puedo ir al parking de un supermercado con mi coche. Para acceder a él, he de pulsar el botón que hace que salga el papelito y se alce la barrera, como todos los usuarios que acuden a comprar allí. Un botón que puede transmitir y propagar la enfermedad, porque no se desinfecta nunca, pero que sirve de “contador de ganado” para que cuadren las cuentas del magnate de turno y sepa cuántos borregos han pasado por su redil. Allí no se me va a pedir el pasaporte COVID-19. Resulta que puedo salir, contagiada o no, de hacer la compra (habiendo manoseado a mi antojo tarros, bricks, piezas de fruta, etcétera) y entrar a un estanco, en el que tampoco me van a pedir el dichoso pasaporte, aunque mi nariz esté fuera de la mascarilla, puesto que el aforo del establecimiento es de dos clientes, pero cuya puerta es empujada por decenas (por no decir centenares) de fumadores, víctimas de una adicción muy rentable para las arcas del Estado, que pueden contagiar o ser contagiados masivamente a través del aluminio y el cristal que separa el interior de la calle. Al salir del estanco, puedo presenciarme en una oficina de Correos y apoyarme en el mismo mostrador que cualquier persona, infectada o no, esperando que mi paquete llegue a mis manos a la mayor brevedad posible. Es muy probable que, para encontrar aparcamiento, haya tenido que ocupar una de las plazas en zona azul (esa porción de suelo público que el municipio concede a una empresa privada para que regule y limite el tiempo de estacionamiento de cada auto. Recordemos que, este suelo, por el cual el vecino ya ha abonado su pertinente impuesto, es explotado por dicha empresa, con lo que, el mismo vecino que ha abonado su pertinente impuesto, debe satisfacer una tarifa abusiva si quiere aparcar sin enfrentarse a la amenaza de una multa impuesta por algún empresario espabilado y blindada por algún político estúpido, llegando a pagar casi un céntimo y medio por cada minuto que su utilitario permanezca allí… digamos “legalmente”. Por supuesto, esta tarifa no soluciona el problema del aparcamiento en ninguna circunstancia, no asegura que el vehículo sea cuidado o vigilado por los empleados de la empresa y, además, no implica que los botoncitos de la máquina expendedora de boletos “anti-multa” (conocida también como parquímetro) puedan contener y transmitir la COVID-19 con el beneplácito del bolsillo del dueño de la concesión del O.R.A. que, de lo que menos se preocupa es de que los dichosos botoncitos estén desinfectados. Paradójicamente, puedo ir a mi centro de salud para una cita presencial con mi médico de cabecera y, es posible que nadie me pida nada. Puedo asistir a un Madrid-Barça entre ochenta mil espectadores o correr la Maratón de Valencia, porque son eventos al aire libre.
    Puedo ir de compras a cualquier centro comercial, porque parece que el virus no se atreve a pisar un Carrefour. Puedo entrar a Zara y engrandecer la cuenta corriente del súper-español. Puedo probarme una chaqueta que, quizás, haya sido manipulada por alguna persona que, desafortunadamente, esté infectada de coronafirus. Pulsar el descargador del urinario puede significar llevarme a casa una buena porción de virus y repartirla, como alegre ilusión navideña, entre mis seres más queridos. Con un poco de suerte, incluso puedo adquirir la enfermedad y un menú McPollo al pulsar el botoncito que advierte, al empleado usureramente mal pagado del McAuto, que esperas que te atienda de una vez. Creo que, si apuras un poco, puedo sentarme en tu terraza sin que importe que el aforo de tu local sea de más de cincuenta personas pero, amigo, no puedo consumir un café sentada dentro, si no te muestro el certificado que asegura que me han inoculado dos dosis de una vacuna sobre la que planea la tan española sombra de la ineficacia. De hecho han tenido que sacar una tercera dosis para “je ne sais pas que”. Así pues, vacunada como estoy, puedo contraer y propagar el virus como si no estuviese vacunada. ¿Sabes? No es que yo sea negacionista, ni mucho menos. Lo que sucede es que estamos gobernados por peones que no paran de improvisar medidas absurdas y, los españolitos de a pie, estamos bastante contentos de que sea así.  ¡Guau! ¡Tenemos otro documentito que nos hace únicos! Creo que la gilipollez española está muy por encima de la media europea.
  • ¿Y yo qué quieres que haga?
  • Pues… puedes empezar por meterte tu app para comprobar mis vacunas y tu café por donde la espalda pierde su nombre. ¡Adiós!
  • ¡Joooooder! ¡Cómo se ha tomado la Gabriela esta nueva medida anti-COVID del Gobierno!
  • En cierta manera, tiene razón…
  • ¿Me puede mostrar su pasaporte COVID-19, Avelino?
  • Por supuesto, Julio: el café del Bar Vero merece todos los esfuerzos.
  • Muchas gracias.

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