Al Reselico

Cine Cervantes, quinientas pesetas

Felices Veintionce

Cada uno tiene la Villena de su infancia, naturalmente

Cada uno tiene la Villena de su infancia, naturalmente. La mía incluye los recreativos Parra, el tío Frasquito, la pastelería el Sol, el pabellón Festero, las pistas de skate en la Plaza Mayor, el bar las Anclas, aquella caseta de madera del parque del mercado que tenía dos pisos de altura, los billares Pika, Ferretería Ferri enfrente de una plaza de toros en ruinas, las empanadas de la Merced, Deportes Barranco, la máquina de chicles de la Jijonenca, el Yeti y sus hamburguesas gigantes, las patatas bravas del Acapulco, el Cine Cervantes... Crecí en una Villena en la que el parque de los pajaritos tenía su jaula con pajaritos, el parque del delfín tenía su delfín y el quiosco de Manolo tenía a su Manolo.

En esa época yo era un niño -como todos- obsesionado con hacerse mayor. Sólo quería crecer para llegar a verme en el espejo del ascensor de casa de mis padres. Pasar de crío a adulto consistía en medir lo suficiente como para ver reflejada tu cara en ese cristal, sin necesidad de ponerte de puntillas. Eran aquellos años más cándidos e inocentes que estos, más felices y despreocupados. Años de leer Manolito Gafotas o Mortadelo y Filemón. Cuándo la infancia era curtirse las rodillas a base de caídas épicas en parques de tierra y en el patio se jugaba a los tazos, a la goma o a cambiar cromos. Sin videoconsolas, táblets, móviles y tanta ciberestupidez. Otros tiempos.

De niño solo quería crecer para llegar a verme en el espejo del ascensor

Del cine Cervantes guardo en especial muy buenos recuerdos. Allí vi por primera vez Toy Story, Tarzán, el Exorcista, Godzilla o Titanic. Historias que de enano te conmovían, te erizaban la piel y se convertían en clásicos frente a tus ojos. Allí empecé a enamorarme del séptimo arte, en largas tardes viendo películas con mis amigos y amigas de clase. Cuando con quinientas pesetas en el bolsillo te daba para comprar la entrada, palomitas, bebida y varios trastos rojos. Imaginen ahora ir al Yelmo con 3 euros.

Las calles que conocí de niño ya no son lo que fueron, por supuesto. Hace tiempo que muchos de esos sitios de mi infancia, espacios, bares o comercios, están ya cerrados o han desaparecido. A veces camino por delante de un rótulo apagado en una fachada, de un escaparate vacío, de una puerta cerrada con un cartel de “se vende, se alquila, se traspasa”. Muchas cosas quedan todavía, las de toda la vida, inamovibles y eternas en nuestro paisaje urbano. Algunas otras siguen cambiando. Todos esos lugares forman parte no solo del panorama de nuestro día a día, sino de nuestra memoria colectiva, de nuestra existencia y nuestra verdadera patria, si entendemos así este rincón histórico, abierto y generoso llamado Villena. Este cruce de caminos donde fundimos la esencia y la lengua valenciana, murciana y de Castilla. Esta muy noble, muy leal y fidelísima tierra en la que un día nacimos. El hogar que nos ha visto crecer.

Eran otros tiempos

Hoy cumplo veintionce, que ya son algunos tacos en el zurrón, y la ciudad de mis recuerdos sigue pareciendo la misma, aunque nunca será igual. De aquellas tardes en el Cervantes han pasado muchos años. Ahora, cuando cruzo con la moto por el Salón Principal, a veces me imagino a mí mismo allí de niño, haciendo cola en la puerta de aquel cine, llevando en el bolsillo viejas monedas de cien pesetas. Pero ese ya no soy yo y ese edificio solo es ya centinela de mis nostalgias. Porque el tiempo pasa y tu horizonte cambia, igual que cambia tu gente. Lees, viajas, quieres, sufres, maduras, conoces nuevos sitios y nuevas personas. Vives tu vida. Con sus reinas, sus noches y sus juegos de amar. Todo a tú alrededor se transforma y crece, mientras tú también lo haces.

La última vez que fui a comer a casa de mis padres me paré enfrente del espejo del ascensor, ese al que no llegaba de crío. Mientras subía al octavo estuve allí un rato, observando fijamente mi reflejo. Imposible reconocer en él al muchacho que yo era entonces. Tampoco reconocí del todo al hombre que me devolvía la mirada desde el cristal.

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2 comentarios

  1. Me he sentido totalmente identificado con el artículo. El cine Cervantes es lo que más echo de menos. Era como un segundo hogar para mí, me evadia de todo cuanto me rodeaba.
    El tiempo, lamentablemente, pasa para todos. Enhorabuena.

  2. Yo también me acuerdo mucho del cine Cervantes, allí fui feliz viendo películas que me gustaron mucho, allí vi Gladiator, me llevé a mi padre pues siempre le gustaron las películas de acción, y a mi también, y disfrute mucho viendo cómo él que en paz descanse, disfrutó con esas escenas tan brillantes de la peli. Me acuerdo mucho de la Sardina, de Eloy, que buena persona, del bar Flor, del bar Avenida, y de la discoteca Florida que por cierto tanto me costaba que me dejaran entrar, porque no tenía aún la edad para dejarme entrar, pero lo conseguía, y entraba con las amigas y lo pasábamos genial, de las vueltas al paseo, de la plaza de las malvas, jugué mucho al burro con los amigos, lo que nos reíamos, y del buen gusto al lado del Alejandro, que cortezas y que palomitas dulces y saladas más ricas, de la jijonenca, del avión cuanto trastp rojo y negro junto con las bolsas de magnesia me compré allí, lo que disfruté, un abrazo GRANDE a todos/as las personas que como yo supieron sacarle tanto jugo y fueron tan felices, no quisiera terminar sin recordar el restaurante el cocinero, donde me tomaba aperitivos con mis padres, y el Negresco que aperitivos más ricos y que bien cocinaba Elisa, a todo esta época estaréis siempre en mi corazón, muchas gracias a TODOS y a mis padres por darme esa infancia tan feliz.

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