Al Reselico

Dragones y Mazmorras: Tirando dados en la Atalaya de Amon Sul

Seremos frikis, sí, pero joder, anoche fue una hermosa partida, una preciosa batalla

Mi caballería de bersekers en tejón no aparecía por ninguna parte, pero ya no  importaba. Las hordas de esqueletos y zombis se retiraban en desbandada, con mis guerreros enanos asegurando el centro de la línea defensiva.

En los últimos años raro es la persona que no haya oído hablar del Catán o del Carcassone

En el flanco izquierdo, ningún problema: las formaciones de atronadores y cañones de salvas destrozaban una tras otra las imprudentes formaciones de No Muertos que intentaban acercarse. En el ala derecha, mis golems de piedra habían tomado, al fin, la posición defendida por su gigante y su arca de las almas. Mi general, Gotrek Rompestrellas, Gran Rey de los enanos y gobernante de Karaz Ankor, señaló con su hacha hacia el sacerdote funerario. Sólo quedaba asestar el golpe de gracia. Me recosté un poco sobre la silla, observé la partida y calculé, necesitaba hacerle 3 heridas al comandante enemigo y tenía 15 ataques… muy mal se me tenía que dar. Aún así, antes de tirar los dados, contuve el aliento. Joder, estaba siendo una hermosa partida, una preciosa batalla.

Siempre me han gustado los juegos de mesa, en especial el rol y los wargames. Habrá a quien le apasionen las motos, la jardinería o el yoga… pero a mí desde crío me ha ido lo de tirar dados. Desde mi primera partida al mítico “Dungeons and Dragons”, en la que disfrutamos como niños hasta que apareció el Demogorgon y nos masacró sin remedio, como en Stranger Things. Para quién no sepa en qué consisten estos juegos, se podría decir que son como un ajedrez, pero a lo burro. Los juegos de tablero simulan y recrean a través de reglamentos, fichas y a veces escenografía y miniaturas, conflictos y situaciones en mundos fantásticos e imaginarios, en planetas del futuro o en escenarios históricos reales.

Igual puedes enfrentarte con una unidad de marines espaciales a un ataque de tiránidos en una ciudad destruida del universo del cuadragésimo primer milenio, luchar en los campos del Viejo Mundo con tus caballeros bretonianos contra una invasión de elfos oscuros, intentar tomar las playas de Normandía durante el desembarco en el Día D, juntarte con un grupo de intrépidos aventureros para conseguir encontrar en las oscuras cuevas de los trasgos el tesoro maldito de un chamán orco, ponerte a los mandos de un fórmula uno en el Gran Premio de Mónaco, pilotar el Halcón Milenario entre una nube de Tie Fighters, o luchar con una banda de bandidos para ser el mejor ladrón de trenes del salvaje oeste…

Ponerte a los mandos del Halcón Milenario y pilotar entre una nube de Tie Fighters...

Hoy en día vivimos un boom de este tipo de juegos. No todo es ya parchís, Monopoly o Risk. En los últimos años rara es la persona que no haya oído hablar del Catán o del Carcassone. El mercado y la oferta no dejan de crecer y cada semana salen nuevos juegos y nuevos kickstarters, cada vez más sofisticados, más estéticos y pulidos, con reglamentos más originales y sencillos y miniaturas más perfectas y únicas. Nuevos y apasionantes juegos que hacen de cada partida una historia diferente y que son capaces de reunir y sentar a la mesa a cada vez más jóvenes, amigos y familias que disfrutan alrededor de un tablero. Ahí están, por poner algunos ejemplos, el Zombicide, el X-Wing, el Dixit, el Shadespire, los gatitos explosivos o la Fallera Calavera.

Lo celebro enormemente, siempre me han gustado más los juegos de mesa que los pasatiempos digitales. Los juegos donde lo que importa es interactuar cara a cara con otras personas y no a través de una pantalla. Pocas cosas disfruto más que una partida con amigos en la que no todo depende del azar para ganar, en la que cada jugador toma el control y decide su propia estrategia, con rapidez y agilidad mental, negociando con los demás, calculando sus posibilidades de victoria hasta el final… Porque los buenos juegos de mesa suponen asimilar normas, estimulan tu pensamiento e imaginación, son una oportunidad única de intercambio social, te obligan a desconectar de la rutina digital y te hacen tomar decisiones y resolver conflictos. Todo eso mientras disfrutas haciendo algo que te divierte.

En Villena, el lugar dónde me reúno para disfrutar de mi hobbie es “La Atalaya de Amon Sul”

En Villena, el lugar donde me reúno para disfrutar de mi hobbie es “La Atalaya de Amon Sul”, una asociación creada hace unos años por un grupo de jóvenes de nuestra ciudad y pueblos vecinos, aficionados a los juegos de mesa y especialmente a los wargames. Allí, cada jueves por la noche, cruzo dados contra mis amigos, en un espacio de encuentro donde compartimos experiencias, intereses y partidas, entre miniaturas, ejércitos, libros, pizzas y largas conversaciones sobre geopolítica mundial. Formamos un grupo curioso y divertido de nerds, cada uno de su padre y de su madre, unidos por una misma afición.

Y cada noche del veterano, cuando nos inclinamos sobre los tableros contando casillas en los campos de futbol americano del Bloodbowl, midiendo líneas de visión entre unidades del King of War, moviendo nuestro tanque de Bolt Action para darle cobertura o calculando la potencia del hechizo que debe lanzar nuestro mago en una mazmorra del Heroquest, nos sentimos más vivos que nunca. Dejamos de lado nuestros problemas del día a día y gozamos sacando un maravilloso 6 en el dado. Y cuando amanece cada viernes y nos levantamos con ojeras de la noche anterior, no podemos evitar sonreír a nuestro reflejo mientras nos lavamos los dientes. Porque seremos frikis, sí, pero joder, anoche fue una hermosa partida, una preciosa batalla.

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