El Ordenanza

El dragón y la rosa

El Ordenanza. Capítulo 142

Escena 1

  • ¿Os apetece tomar el café en la marquesina? Hace una tarde espectacular…
  • Me parece una idea genial, Aurora. Voy preparando la mesa.
  • Gracias, Avelino.
  • Te ayudo, papá.
  • ¡Javier! ¡Lleva cuidado, no vayas a darle un golpe a tu hermana con el palo!
  • No es un palo, mami. ¡Es una espada para matar dragones!
  • Mi pequeño San Jorge…
  • ¿San Jorge, abuelo?
  • San Jorge, Javi.
  • ¿Mataba dragones?
  • Según relata la leyenda, sí.
  • ¿Su leyenda? ¿Qué es lo que dice?
  • Ayúdanos a llevar las cosas a la mesa y te lo cuento.

Escena 2

  • Érase que se era, en un lugar no tan lejano como pensamos, había un pequeño reino en el que, un feroz dragón, hizo nido en la fuente que lo abastecía. La bestia, atormentaba a sus habitantes para divertirse, hacía arder las cosechas para amedrentar a los campesinos y atacaba al ganado para alimentarse. Ocurrió que, cierto día, aburrido de comer ovejas y vacas, hizo saber al reyezuelo, que quería probar la carne humana y, rey y dragón, pactaron que, en tres días, se le ofrecería un habitante de la ciudad para saciar su antropófaga curiosidad. Y así fue como aquel rey que, como todos los reyes, estaba obsesionado con conservar su rango por encima del resto de habitantes de su reino, decidió hacer un macabro sorteo público entre sus súbditos, a excepción de su persona (claro). Quiso Fortuna que, la persona designada para tal sacrificio, fuese la mismísima hija del monarca. El miserable soberano, no tuvo otro remedio que aceptar el fatal resultado, más por miedo a una revuelta que por mantener su regia palabra, disponiendo la ofrenda para el alba del tercer día desde su encuentro con la bestia. Con gran pena, la muchacha acató su destino y, antes de la salida del sol de aquella funesta jornada, atravesó las puertas de la ciudad, encaminándose al manantial que brotaba de la cueva que moraba el terrible saurio, con paso firme y ánimo acongojado. Al verla llegar, el pestilente monstruo salió, arrogante, de su guarida y, bufando, se aproximó a su presa. La joven retorcía sus manos por el miedo y el asco que le producía aquel reptil gigantesco, lo cual, enervaba todavía más el apetito del grotesco animal, que se regodeaba paseando en torno a su desayuno. Las pupilas verticales de la bestia, parecían antorchas traídas del mismísimo infierno y, la doncella, cerrando los ojos, lloraba y rezaba desesperada. Así, la patética danza de muerte que, por un momento, había divertido al terrible draco, comenzaba a antojársele cansina, por lo cual, decidió darle fin de una certera dentellada. La chica desfallecía mientras, el cuélebre se erguía sobre sus patas traseras, desplegaba sus alas y abría las fauces, mostrando el horror de mil infiernos en ellas. De pronto, el sonido de un blanquísimo caballo al galope, distrajo la atención de ambos, manjar y comensal, que vieron cómo un caballero de armadura cegadora cargaba en su dirección. El bicho no tuvo ocasión de repeler el primer envite, rodando varios metros herido de lanza. Mas, levantóse como pudo y, lanzando un rugido que hizo tremolar el continente entero, arremetió contra el adalid, que supo esquivar ágilmente el monstruoso ataque y acertó una segunda lanzada en el costado de la quimérica criatura, consiguiendo que cayera, vencida, a los pies de la anonadada princesa, que acababa de contemplar cómo, en cuestión de segundos, su destino había mejorado considerablemente. Llegado este punto, descabalgó vencedor el jinete y pidió, cortés, el cinturón de la doncella para amarrar el cuello de la bestia de un extremo. Ella, firme, tomó el otro cabo y, dando un fuerte tirón, obligó al malherido saurio a levantarse y seguirla, sometido, hasta el pie de la muralla de la ciudad, donde se agolpaba una multitud expectante. La noticia llegó a palacio como un reguero de pólvora y el cobarde monarca se apresuró a vestir sus mejores galas para recibir a la doncella. Así, como si de un perrito faldero se tratase, el dragón entró en la ciudad precedido de su desayuno y custodiado por el albo caballero. Una vez llegados a la puerta de palacio, Jorge, que así es cómo se llamaba aquel guerrero, descabalgó para dirigirse a la vencida bestia, a la que finiquitó de una certera lanzada entre las vértebras dos y tres.  Un estallido de júbilo recorrió la ciudad mientras, de la sangre del monstruo, brotaba un fabuloso rosal de rosas rojas, del cual arrancó una Jorge para, en un sentido y amoroso ademán, entregársela a la princesa.  A su encuentro salió el Rey que, con todo boato, quiso celebrar aquella gesta con un kilométrico discurso, siendo callado de un mandoble que cercenaba su regia cabeza, por la espada del caballero que, en una fructífera mañana, había acabado con los dos monstruos que tenían sometido al pequeño reino: el fabuloso dragón y el cobarde reyezuelo.
  • Avelino, has cambiado un poco el final de la historia, ¿no?
  • Creo que es lo justo. El dragón, al fin y al cabo, es un monstruo imaginario, pero los reyes, son monstruos que siempre actúan con la misma cínica y cobarde superioridad, Virtu.
  • Pues acabas de hacer del pequeño pueblecito de Montblanc, la primera república española.
  • Quizá. ¿Te ha gustado el cuento, Javi?
  • Sí, abuelo. ¡De mayor quiero ser caza-reyes!
  • Me conformo con que seas feliz, cariño.

Las leyendas no son reales o irreales, son leyendas.

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