Lo que pienso de

Estamos en Fiestas

Villena debe ser uno de los pocos pueblos de España que tiene siete meses hábiles, si llega. En el momento viene la Mahoma y hasta que la última comparsa celebra su comida, aquí no se vive para otra cosa que para las fiestas.
Fíjense si han pasado cosas importantes en las últimas semanas, desde Font Vella hasta Lanjarón, pasando por el alejamiento que un día fue soterramiento, que no han logrado hacerle sombra a los verdaderos problemas de la gente, problemas de la magnitud de si la Entrada saldrá de la Losilla, cuestión mucho más importante que la interminable subida de la gasolina. Tampoco hay que olvidar otra cosa que nos preocupa mucho, como es quién va a ser invitado a la tribuna de fiestas, en el que Celia está poniendo mucho acento para que la gente normal de Villena, no se mezcle con los invitados que vengan de fuera. A los invitados y grandes políticos los atenderán azafatas a las que se les ha prohibido abrir la boca, no sea que se les escape alguna “pijorra” que deje en mal lugar a la alcaldesa. Ustedes no se lo creerán, pero la semana pasada me llamaron del paro para saber si quería hacer un curso de lenguaje de signos para trabajar en la tribuna, y también me han dijeron que una vez terminen las Fiestas el curso me serviría para presentarme a una plaza que va a sacar TeleCelia para traducir al lenguaje de signos los programas de mi presentador favorito. En cuanto me he presenté y comprobaron mi edad, enseguida me dijeron que no daba el perfil. Eso ya lo sabía yo, que estoy acostumbrada a que me pase lo mismo que a Meryl Streep, que hasta los treinta valía para todos los papeles, pero una vez has cumplido los cincuenta sólo te quieren para hacer de vieja, de alcohólica o de solterona, caprichos del destino y mojigaterías del mundo en que vivimos.

Dejándonos de fruslerías y volviendo a lo trascendental, quiero expresar mi solidaridad con los presidentes de las comparsas por el chantaje al que han sido sometidos últimamente. En mi escalera también pasó lo mismo: se presentaron un día unos muchachos y le dijeron al presidente que le comprara unos números para un sorteo de la Cruz Roja. Cuando aquel les dijo que no contemplaba ese gasto en el presupuesto, los chicos le dijeron que rezara para que nadie de la escalera se pusiera malo, porque nos iba a tener que llevar al ambulatorio en su coche. Yo, cuando me lo contó, me quedé hecha polvo, ya me veía tumbada, más blanca que la pared y con la bata puesta en el asiento de atrás de su coche, con lo sucio que lo tiene siempre, lleno de colillas por todos los lados. Me cogió tal agobio que saqué un billete de diez euros y le dije “anda, toma, recógele el resto a los demás vecinos y ve corriendo a buscar a los muchachos, no sea que nos ocurra una desgracia”. Este se puso cabezón y no dio su brazo a torcer. Ni corta ni perezosa me puse manos a la obra y le saqué diez euros a cada vecino, me fui a la Cruz Roja y se los entregué a uno que estaba allí, asegurándome que escribía bien el nombre y la dirección de mi escalera. Yo entiendo tanto a los presidentes de las comparsas como al de mi escalera: a veces la importancia del cargo no les deja ver la sencillez de las cosas. ¡Día 14 que fuera!

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