El Ordenanza

Extras

El Ordenanza. Capítulo 31


Escena 1

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Ven a la Casa de Cultura el martes 11 de febrero de 9:00 a 14:00

¡ES TU OPORTUNIDAD!

Escena 2

-Buenos días.

-Hola, buenos días. Veníamos buscando al alcalde. Somos los del casting.

-Le aviso en seguida.

-Avelino, ¿has visto al alcalde? ¡No veas cómo me tiene a los operarios de la Kaku! ¡Hay unas quinientas personas para lo de la peli!

-Baja ya, don Manuel, está avisado. Estos chicos también lo esperan: son los del largometraje.

-¡Oh! ¡Vaya! Yo soy Manuel Pascual, el director de la Casa de Cultura. ¿Cuándo empezáis con esta locura?

-No te preocupes, Manuel, que todo está bajo control.

-¡Hombre, alcalde! ¡El tipo más buscado a este lado del Guadiana!

-Vosotros sois los del casting, ¿verdad? Bienvenidos al lugar más pintoresco de la región, amigos. Vamos para la Kaku y empecemos cuanto antes. Ahora vuelvo, Avelino.

-Oiga, Avelino, creo que debería usted presentarse al casting.

-Disculpe, señorita, yo no estoy hecho para esas cosas.

-Pues... yo creo que usted puede encajar en alguno de los personajes que buscamos.

-¡Anímese, Avelino!

-Deje, deje, señor alcalde. Así estoy bien.

Escena 3

Una muchedumbre se agolpa bajo los pocos lugares en sombra que ofrece la era que sirve de entrada al pueblo. De los balcones de las primeras casas pende un gigantesco cartel de bienvenida, hecho con sábanas en el que, el maestro y el cura, a pesar de sus constantes tiranteces, se han puesto de acuerdo en que la traducción más adecuada de nuestro “BIENVENIDOS” es “WELCOME”.

Del ayuntamiento sale un hombre enjuto, con un sombrero que le queda extrañamente grande. Con paso decidido se dirige al que parece llevar la voz cantante, impecablemente vestido de blanco, que le hace un gesto llevándose el puño a la boca y le entrega un papel enrollado. El recién llegado mete la mano en el bolsillo de su raída chaqueta y saca de él un cornetín que hace sonar con firmeza varias veces. Se hace silencio. El hombre desenrolla el papelito, lee y comienza a dar órdenes con voz muy alta y clara:

-¡Ciudadanos! ¡Silencio! ¡Sileeeencioooo! Mucho mejor: En diez minutos empezamos el ensayo general. Id todos a vuestros sitios y no arméis escandalera. A ver, las abuelas. Siéntense en la replaceta. Los músicos, por favor, dejad de tocar hasta que suelten las palomas. Los del cuadro flamenco detrás de los valencianos. ¡No os comáis la paella, coño! Los niños... justo delante de la banda. ¿Maestro, se saben todos la poesía? ¡Que agiten fuerte las banderolas! La traca. ¿Quién tiene la traca?

-Se la ha llevado Fermín para probarla y todavía no ha vuelto.

-¡Vaya por Dios! Cuando llegue que la extienda detrás de la casa de Paco, donde tienen que estar preparaos los caballistas. Los nazarenos, delante del tonto del pueblo, así lo tapáis. Señá Consuelo, en su balcón no hay bastantes claveles. ¡Angelines, vete con Lorenzo al pajar de casa y traed tres o cuatro macetas de claveles bien reventones! A los americanos les encantan las macetas repletas de claveles.

-En seguida, padre.

-Y no tardéis, que el ensayo empieza ya.

-Descuide, padre.

-¡Empezamos! ¡A la de una! ¡A la de dos! ¡Y a la de...!

Escena 4

El sol cae en picado sobre los muros de la Casa Consistorial a eso del mediodía. Un Citroën 2cv blanco detiene su marcha en el extremo empedrado de la plaza del Ayuntamiento. La portezuela del conductor se abre y deja ver cómo unos zapatos de tacón, que sostienen unas piernas interminables, se posan sobre la calzada al tiempo que el bombo comienza a sonar. Plano corto. El rojo del vestido de la femme se ajusta a todas y cada una de las curvas de su torneada figura. Se va abriendo el plano. Tuba y platillos.

Vemos, al son de los trombones, el cabello ondulado y moreno cayendo por la espalda de la mujer, mientras ésta cruza la plaza entera. Trompetas, saxos y clarinetes. Se detiene ante la puerta de un bar y empuja con su mano derecha. La música cesa. Dentro, una barra está siendo limpiada por el alcalde, vestido como si se hubiese detenido la historia a mitad del siglo XX. Comienza una batería con escobillas.

La chica mira a su alrededor: en una mesa contigua, cuatro hombres juegan al dominó. Son Avelino, Juanjo Alcañiz, Andrés López y Manuel Pascual, ataviados con mucha pana y poco paño. Ella pide un café y rebusca en su bolso mientras un swing a la italiana va ocupando todos los rincones del casinete.

Cruza la distancia que la separa de la toilette haciendo que sus zapatos brillen al ritmo de la música que, a estas alturas, ya es animada. Un objeto cae de su bolso y, de inmediato, es localizado por López, que no ha perdido detalle desde que la mujer entró. Juanjo, con un hábil movimiento, recoge el extraño cuerpo del suelo y lo coloca encima de la mesa de juego. Todos se miran extrañados. Es como una bolsa de papel con algo dentro. Solo de contrabajo.

Avelino extiende ambos brazos y, tomándolo, rasga el envoltorio y extrae un insólito cilindro algodonoso con un singular rabito en uno de sus extremos. Lo posa sobre la mesa al tiempo que López alarga el brazo, con tan mala fortuna que derrama sobre aquella cosa el contenido de su copazo de coñac. Avelino, sentado frente a él, da un respingo y, rápidamente, ante la mirada atónita de los cuatro varones, el extraño ente absorbe todo el licor sin dejar ni una gota. Clímax musical.

El plano cambia y se dirige hacia el cristal de la puerta, donde se sobrepone un tembloroso rótulo de blancas letras nos indica que ha llegado el final del largometraje. Fundido y créditos.




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