De recuerdos y lunas

Haiga con hache

Si no lo hemos escrito, sí lo hemos dicho en alguna ocasión: La labor docente da mucho de sí para la literatura. Esto si se puede llamar literatura a la propia realidad. Hace unos años, un compañero de profesión, Toni Sala, publicó “Crónica de un profesor en Secundaria” (Península, 2002). Con el subtítulo “El mundo de la enseñanza desde dentro”, el libro es un retrato de la realidad variopinta, hostil y cachonda que se vive en los institutos. Realidad por cierto muy alejada de esa imagen edulcorada, chachi, graciosilla, perversa e idiota que se da o que se ha dado de la misma en algunas series televisivas de mucho éxito.
Como ejemplo de esto último, recuerdo algunos capítulos de “Los Serrano” en los que aparecía una profesora cuya imagen era la de la más inmadura adolescente, caprichosa en amores. Y que terminaba tirándose, sin tenerlo muy claro y dependiendo de sus altibajos de ánimo, a uno de sus alumnos, a Fran, ese personajillo juvenil que tiene la cara avinagrada y que parece que no termina de encontrar lugar en ninguno de los mundos en los que le ha tocado vivir en la serie. Por su parte, la profesora que se enamoró de él –separada y madre de una criatura– era más inestable en su sentir que los adolescentes a los que tenía que enseñar. Y más cría que la cría a la que tenía que cuidar. Patético. Pero muy divertido y morboso, por lo visto, para la audiencia. Habría un día que analizar la imagen que se da de la docencia en estas series para entender el abismo en el que la sociedad ha situado a la enseñanza. Profesores guays y también un poco o bastante idiotas. Clases en las que nunca se da clase. Institutos en los que parece que toda la vida transcurre en los pasillos. O en los aseos. Apología de trastadas nada graciosas y encomio del vago y del gamberro. Estudiantes que nunca estudian. Vida feliz, mucha vida feliz. Y mucha corsetería. Abundancia de corsetería. Sostenes, bragas y calzoncillos a granel. Como mercería en mercadillo.

Mientras tanto, las estadísticas escolares denuncian un fracaso. Y más que las estadísticas, siempre sufridas y manidas, la realidad. Parte de esta realidad que yo vivo es que ya no ha sido una vez, sino varias veces, cuando algún alumno, cuando alguna alumna, me pregunta si “haiga” se escribe con hache. Yo les digo que sí, que es un automóvil ostentoso, pero que no es la forma verbal que ellos quieren gastar. Porque no se dice “haiga”, sino “haya”. —¡Eso, del verbo “hallar”!—se precipita alguien. —Que tampoco. Que “haya” con hache y con i griega es del verbo “haber”. Y que “Halla” con hache y con elle es del verbo “hallar”, de encontrar —matizo. —Y que aún existen otras palabras homófonas, esto es, que suenan igual, que son “haya”, árbol de la familia de las fagáceas, también con hache y con i griega; y “aya” –niñera, nodriza– con i griega y sin hache. —¡Pues qué lío liao! —sentencia desesperado el penúltimo.

La ortografía, desdeñada por algunos, delata el fracaso escolar. Un fracaso que es menosprecio, porque denota que da lo mismo ocho que ochenta. Para algunos, la escuela es un mundo perdido donde todo está perdido. Los que no queremos tirar la toalla, no nos resignamos a aceptar este fracaso. Porque si fracasa la escuela, fracasa la sociedad. Así, seguiremos en la pelea contra viento y marea. Esto, aunque “haiga” que explicar mil veces que “haiga” –pero sólo el sustantivo irónico que dice coche suntuoso– sí se escribe con hache.

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