El Ordenanza

Hispanidad forever

El Ordenanza. Capítulo 14

Escena 1

Desde hace casi una década, la suntuosa fachada de la Casa Candiles se pudre bajo una parda y mortecina malla de contención. El inmueble data de 1899 y perteneció a una familia adinerada y fortalecida tras la Guerra Civil. Los herederos, con ínfulas de superioridad, abandonaron el municipio a finales de los 60, instalando sus negocios y domicilios en ciudades y países con más enjundia y menos impuestos.

Hasta que falleció en su hogar en Suiza, únicamente el mayor de todos, al que llamaban el Coronel (quizá más con miedo que con cariño), volvía cada 12 de octubre para celebrar el Día de la Raza. Al resto no se les volvió a ver el pelo por aquí. Lo cierto es que aquel hombre, enjuto y feroz, había sido condecorado en varias ocasiones por méritos belicosos en la contienda fraticida del 36, aunque nunca había sido ascendido a un rango superior a teniente. Arriesgado kamikaze, el Coronel era parco en palabras y brutal en combate. Así no es de extrañar que, durante los años de posguerra, en sus breves estancias en la ciudad, se entretuviera “pasando a limpio” a los pocos y desorganizados maquis de la comarca.

El caso es que, por unas o por otras, el caserón que se alza en la calle que el Ministerio de Presidencia del Caudillo “sugirió” que tomara el nombre del militar, se cae a pedazos y, pese a las presiones del ayuntamiento, los herederos prefieren que se declare en ruinas y se derribe (a cuenta del consistorio, a poder ser) a invertir en la adecuación del edificio centenario.

Esta semana, la ciudad se prepara para recibir las exequias, directamente desde Lausana, Suiza, de este insigne patriota para que, el día de la Hispanidad, ocupe su lugar en el Pabellón de Personajes Ilustres del Cementerio de la ciudad, gracias a las arduas gestiones que, en su momento, realizó el anterior equipo de gobierno. Y así, guste o no, unos completan la obra de otros para que se cierren los ciclos finitos de esta rueda infinita (al menos hasta que haya un alzamiento) a la que llamamos Democracia.

Escena 2

–Nuria, creo que se os fue la olla con la partida para traer al Coronel al cementerio.

–Hablas como si lo fueses a pagar de tu bolsillo.

–¿En serio piensas eso? ¿26.537,58 €? ¿Crees que es necesario endosar al pueblo 26.537,58 € para traer los restos de un falangista?

–¡De un hombre que dio su sangre por España!

–¡No, Nuria, no! De un hombre que dio su sangre por las ideas de otro.

–Claro, es que las ideas de la derecha son anatema en este país. Los patriotas estamos perseguidos.

–¡Oh! Sí, claro. Olvidaba que el victimismo y el tremendismo son para vosotros como el rojo y gualda: inseparables.

–Algún día te darás cuenta de que nosotros somos los que levantamos el país cuando vosotros lo arruináis.

–¿Aunque para ello creéis burbujas inmobiliarias y regaléis dinero a la Banca?¿Aunque os carguéis el Fondo de Pensiones? ¿Aunque la gente pase hambre?

–¡No sabes ni lo que dices, alcaldesito! Te recuerdo que, bajo mi mandato, la ciudad ha tenido un momento muy álgido.

–Por eso ganaste las últimas elecciones con mayoría absoluta...

–Piensa lo que quieras, de todos modos, el tema del Coronel no tiene que ver nada contigo.

–Moralmente sí tiene que ver.

–Da igual, tampoco puedes hacer nada ya.

–En eso tienes razón, pero todavía me queda el último derecho que los políticos como tú dejáis al pueblo: el derecho al pataleo.

–Llora, entonces...

Escena 3

“Los restos mortales del militar fueron depositados en el Panteón de Ciudadanos Ilustres del cementerio local. Al acto asistieron las autoridades municipales y unos 500 ciudadanos, pero no así los familiares del ilustre.

La corporación municipal recibió al cortejo fúnebre en la plaza Mayor, desde donde recorrió, precedido por numerosas coronas de flores, las calles de la ciudad hasta el camposanto, en cuya capilla se ofició una ceremonia religiosa.

Miembros laicos de la Venerable Orden Franciscana portaron luego el féretro con los restos del militar, cubierto con la bandera nacional, hasta el panteón, donde la Banda Municipal interpretó la Marcha Real mientras se le daba sepultura.”

(Diario La Mirada de Levante, edición Online. 12 de octubre de 2019. 13,45 h.)

Escena 4

–Este sitio me da escalofríos, Avelino.

–Bueno, señor alcalde, los vecinos de esta parte de la ciudad no creo que le den muchos problemas ya.

–¿Sabe? No creo que el Coronel merezca estar enterrado en ese panteón.

–Yo no soy quién para juzgar dónde deben descansar los huesos de nadie. Es más, creo que eso es lo que menos importa, pero sí le puedo mostrar, si me lo permite, una tumba en la que nunca da la sombra.

–Por supuesto, Avelino.

–Es ahí mismo.

–Doña Dolores Agustina Ana Victoria Tarruella, 28/8/1880- 10/5/1952...

–Supongo que no la conoce.

–La verdad es que no me suena de nada.

–Fue una compositora y escritora modernista que vivió y murió aquí. Todo un prodigio. A los 17 años compuso una marcha para la coronación de Alfonso XIII. Hizo zarzuelas, obras de teatro, poemarios…

–¡Impresionante!

–¿Sabe lo que me parece impresionante? Que haya caído en el olvido. Que el machismo de su época no la midiese con el mismo rasero que si hubiese nacido varón. ¡Y que nosotros lo aceptemos tal cual! Mire, señor alcalde, yo no soy un hombre de creencias ni de tendencias, pero creo que tiendo a rechazar la injusticia aunque, realmente, mi tía abuela Lola Victoria, a la cual no llegué a conocer pero admiro, prefiere descansar aquí, al sol y rodeada de hierba, que encerrada en un gélido panteón, por muy ilustre que sea la eterna compañía.

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