El Ordenanza

La boda

El Ordenanza. Capítulo 7

Escena 1

Hoy está siendo una mañana complicada en el ayuntamiento. Las obras de mantenimiento y embellecimiento de la ciudad, que se suelen llevar a cabo en verano, han llevado de cabeza a todo el edificio. Todo debe acabar antes de septiembre, pase lo que pase.

Si a esto se le suma la eterna lucha que precede a las fiestas patronales, con la marea de permisos, solicitudes, planificación y ordenación del tráfico, engalanamiento de las calles y demás trámites a gestionar, la segunda quincena de agosto es el noveno infierno de Dante.

Esta mañana ha sido especialmente dura, ya que se ha recibido una notificación del juzgado a la atención del alcalde de la población por no otorgar el permiso a la Asociación Cultural Taurina “Mozo de estoques” para la realización de la corrida de toros del 7 de septiembre. La alcaldía ha sido un zarangollo de papeleo, gente, explicaciones detalladas y calor, ya que se ha averiado el aire acondicionado. Nada fuera de lo corriente en los días que nos ocupan.

Escena 2

Bajo la suela de los inmaculados zapatos castellanos de Avelino se hunden, uno a uno, los escalones de la Casa Consistorial. El enlosado del primer piso va quedando atrás hasta que se detiene al llegar a una puerta, al lado de la cual se puede leer “Alcaldía” en tinta negra sobre un rectángulo de metacrilato transparente y anticuado.

El ordenanza aguarda un momento, como para cerciorarse de que haya algún alma dentro, se compone, respira y golpea dos educadas veces la hoja de madera sapeli. Desde dentro, la voz del alcalde da permiso para entrar. Con firmeza, Avelino apoya y baja la manivela del picaporte y empuja la puerta. Ante él, el escritorio, con dos torreones de folios encima, sirve de apoyo a los codos de un alcalde visiblemente cansado, que lee con premura y anota estilográfica en ristre. Son las dos menos diez de la tarde. Sonríe apenas y saluda al ordenanza mientras endereza su columna vertebral.

–Avelino, no irá usted a traer malas noticias, ¿verdad?

–La verdad, señor Alcalde, es que venía a pedirle un favor.

–Pues... ¡usted dirá!

–Como bien sabe, mi hija se casa el sábado que viene y...

–¡Oh, sí! Creo que López va a oficiar la ceremonia.

–Ese es el problema: le ha surgido un problema y no puede asistir...

–¡Oh! ¡No sabía!

–El caso es que mi hija, mi mujer y yo hemos estado hablando sobre quién puede oficiar el matrimonio y nos encantaría que fuese usted.

–¡Pero si yo nunca he casado a nadie!

–Doble honor para mí, entonces.

El alcalde esboza una sonrisa, mira a los ojos de su interlocutor, abre las manos, las apoya en la mesa y concede: Cuente con ello, Avelino.

Escena 3

Conforme envejecen con nosotros, los objetos que nos acompañan en nuestra vida diaria se adaptan a nuestra manera de vivir. Cambian con nosotros. Padecen nuestras manías. Así, el cajón del mueble se niega a cerrarse del todo si no es empujando ligeramente el lado izquierdo antes que el derecho. Esta adaptabilidad nos hace sentir que nuestras posesiones son intransferibles y que nosotros somos únicos.

Esto es aplicable también a otros campos.

Aquel sábado de agosto había sido bonito, intenso, gratificante y simpático, pero Avelino siente que le falta un porcentaje de su ser: aquella niñita que no dejaba de hacer trastadas a sus muñecas, que soñaba con estudiar Veterinaria para salvar a todos los gatitos del mundo y que, de un día para otro, cumplía 26 años, ya no va a vivir allí, con ellos. Es un sentimiento extraño, de amarga felicidad, piensa Avelino.

Aurora y él la criaron con todo el cariño, sin carencias, como a su hermano Javier, mucho más independiente que Anna, la niña de los ojos de papá. Avelino recuerda como, durante años, amasaban pan juntos todos los domingos por la tarde y la cara de emoción de la nena cuando, cada 23 de abril, al despertar, encontraba una rosa y un libro al lado de su desayuno.

Recuerda las mañanas de monte y las tardes de playa. Aquella vez que se perdieron volviendo de Murcia, explorando carreteras secundarias y aparecieron a 50 kilómetros de Albacete o cuando les presentó a su primer novio. Cuando Anna fue a la Universidad él se inventaba pretextos para llamarla o para subir a Aurora al coche y escaparse a comer con ella, que siempre lo abrazaba sonriendo y le agradecía las fiambreras congeladas que le llevaba el matrimonio para que comiese como en casa.

Ante nuestro protagonista se abre un tiempo nuevo, diferente, en el que ella no va a estar tan presente, dado que “el casado casa quiere”. Avelino trata de no borrar de su cerebro ningún detalle del día de hoy. Así, mientras Aurora se pone cómoda en el sofá, él se le acerca, la besa y le pregunta:

–¿Te importa si subo un ratito al despacho? Creo que voy a escribir un poco.

–Claro que no, cariño. Yo me daré una vuelta por los canales, a ver si hay algo que merezca la pena.

–No tardo. En un ratito bajo.

–Muy bien.

Él gira sobre sus talones, sale del comedor y encara la escalera que lleva a la planta de arriba. Las puertas están abiertas y corre una brisa divina que alivia los rigores de agosto.

Al entrar en su pequeño mundo feliz, lanza una mirada a su alrededor. Fotos, el caballete de

pintura de Aurora, la estantería de discos de vinilo, el punto de lectura repleto de volúmenes, la guitarra de Javier, la mesa de caoba que heredó de su padre y su Hispano Olivetti Lexicon 80, encima de su pedestal gris de hierro forjado. La coloca justo debajo de la lámpara de lectura, toma una silla próxima y la sitúa en una posición óptima. Se vuelve hacia los vinilos, selecciona uno de entre todos, lo limpia pulcramente, lo inserta en su cuidado giradiscos y acciona el mecanismo.

Toma asiento mientras la aguja llega a los primeros surcos y alcanza un folio del cajón del escritorio, que introduce en el rodillo de la máquina con diligencia. Estira los brazos, mueve la cabeza a ambos lados y comienza a pulsar, una a una, las teclas que mueven las letras necesarias para que podamos leer:

MEMORIAS DE UN ORDENANZA

Y nosotros, querido lector, lo vamos a dejar que se concentre y, si les apetece, alcanzamos uno de los puffs y nos dejamos llevar por la melodía que empieza a sonar en el despacho de nuestro protagonista.

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