Cartas al Director

Malditos bastardos

Para que la guerra no exista es necesaria la inexistencia del ser humano

75 años ha. 1 de abril de 1945, cae Berlín y los jerarcas nazis, con el temor propio de los cobardes, se rinden a los Aliados. La gran cruz gamada que coronaba la Conselleria del Reich explosionó brutalmente, proclamando urbi et orbi la Liberación. La  liberación de 12 años de auténtico terror jamás conocido.

Previamente, Hitler exigió la “Solución Final”, o sea, el exterminio total de los judíos, convirtiéndose en enero del 42 en política nazi, encargándose las SS de su cumplimiento. Total, 6 millones borrados del mapa. Para que luego imberbes -y no tan imberbes- idolatren a estas alimañas.

Los de Moisés fueron robados, vejados, apaleados, violados y asesinados alevosamente de mil maneras diferentes; a cada cual más atroz. Les negaron todos los derechos desde el año 1933, con la subida al poder del mayor criminal que ha existido: Adolf Hitler.

Este dictador de bigote charlotesco no era ario, ni alemán; sino austriaco. De rubio, alto, atlético y demás, olvidémonos, pues de ello tenía lo mismo que Danny DeVito. Para redondeo, padecía aerofagia (un pedorro, vamos); se deduce entonces que lo de ‘gasear’ al personal lo llevaba implícito en el cuerpo.

Para más inri, -aparte de ser un hijo de la gran chingada- también era un drogata (morfina y cocaína mayormente), pero ni aun así se comprende su demencial y extremo odio. Una furia irracional que helaba la sangre.

Con todo perdido -menos la honra, que nunca tuvieron-, su ya esposa Eva Braun -el gusto por los hombres lo tendría en el culo- se envenenó, y el Führer se descerrajó un tiro en la boca. No obstante, hay quienes continúan asegurando que el cuerpo encontrado bajo los escombros era un doble. Algo sumamente difícil con lo feo que era el gachó.

Igual que con Elvis, a Hitler también lo veían en todas partes, especialmente por Argentina y la Antártida, en donde, decían, se ocultaba en una base nazi. Aunque nacido en 1889, el déspota debe estar, tras el estiramiento de pata, más tieso que el turrón del año pasado. Entonces se creyó erradicada la barbarie, pero ni por estas, faltaba la guinda; otra salvajada tan indeseable como quienes la perpetraron.



Ganada Europa, los EE.UU. -país que si no guerrea no giña a gusto- y los japoneses seguían hostiles. Otro zumbado -Truman, el presidente de los USA- ordenó, como quien pide un café, el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima, siendo el bombardero U2 el ejecutor -140.000 muertos-. A los tres días EE.UU. lanzó otra bomba sobre Japón cuyo destino era la ciudad de Kokuro, pero por causas aún sin aclarar se decidió tirarla sobre Nagasaki -74.000 muertes a añadir-.

Al Imperio del Sol Naciente tan espeluznante hecatombe se los puso por corbata, firmando, el 16 de agosto de 1945, el armisticio. La confrontación más devastadora de la Historia había llegado a su fin, con 100 millones de bajas por ningunear las amenazas de un desequilibrado mental.

Y como para que la guerra no exista es necesaria la inexistencia del ser humano, éste que lo es se va presto al meaero a echar la pota. Lo dicho, la guerra es una aberración pandémica cuya vacuna consiste en tener sentido común y saber usarlo. Hasta más ver, pues. ¡Au!

Por: Tony Piojo




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