El Ordenanza

Omayra

El Ordenanza. Capítulo 214

Escena 1

  • Es Carlos Manuel. Ahora quiere hacerse influencer, como la hija de Marichalar.
  • ¿Qué les está pasando a los hijos de los pijos en este país?
  • ¿Qué quieres decir con lo de «pijos», hermanito?
  • Espera, que te lo busco en el DRAE. Dicho de una persona: que en su vestuario, modales, lenguaje, etc., manifiesta afectadamente gustos propios de una clase social adinerada.
  • ¡No me jodas!
  • Deberían revisar la definición y poner que se peinan con raya al lado, visten chalecos guateados, polos de Spagnolo y van al Rocío más por vicio que por devoción.
  • No entiendo por qué dices eso.
  • Ni yo por qué vienes a contarme que tu hijo ha dejado los estudios. Soy su tío, no su psicólogo.
  • ¿Qué te cuesta hablar con él?
  • Nada, aunque creo que es cosa tuya, que eres su padre.
  • Yo… no sé qué decirle.
  • ¿Y yo lo tengo que saber?
  • ¡Responde, Juan Manuel!
  • A ti te hace más caso que a nadie.
  • Tienes mucho morro, hermano.
  • Lo que tengo es muy poco tiempo para dedicarle, alcalde.
  • ¡Qué triste! ¿Crees que es bueno que hable yo con él?
  • Ya te he dicho que él te escucha. No sé por qué lo hace, pero lo hace. ¿Recuerdas cuando lo pillaron hace tres años destrozando el comedor social con sus amigos?
  • Sí.
  • Te hizo caso. No sé qué ni cómo le hablaste pero dejó a la pandilla.
  • ¿Y eso te vale para encasquetarme el muerto cada vez que te quedes sin recursos?
  • Por favor…
  • ¡Qué pena da nuestra generación! No hemos aprendido nada. Nuestros padres intentaron darnos herramientas con las que poder hacer frente a la vida. La tecnología nos ha adelantado por la derecha y, ahora, no sabemos hacernos ni un huevo duro sin consultar a Google. Imagina educar a un hijo. ¿Por qué no le preguntas a la Siri? Siri, tengo un hijo adolescente que quiere tirarse a la pata llana porque se cree guapo, rico y con talento. ¿Cómo puedo ser un buen padre para él?
  • Está bien. Hablaré con Carlos Manuel, a ver qué se me ocurre.
  • CarMan.
  • ¿Qué?
  • Ahora se hace llamar CarMan.
  • ¡La madre que me parió!
  • Es su… nombre de influencer.
  • Mira, Juan Manuel: no sé si mandarte a la mierda y que te busques la vida con tu hijo o, directamente, intentar quitarte la custodia, por el bien del chaval.

Escena 2

  • ¿CarMan, no?
  • Sí. ¿A que mola?
  • No. Me parece el nombre perfecto para un pringao.
  • ¿Qué dices?
  • Lo que oyes, CarMan. Un pringao que se cree que los panes caen por la chimenea y no es consciente de que la vida es mucho más que Tiktok y Youtube.
  • ¡Acho! ¡Tú lo flipas!
  • No, Carlitos. El que lo flipa eres tú, que parece que se te ha secado el cerebro de tanta pantallita.
  • ¿Sabes cuánta pasta se puede llegar a sacar con este trabajo?
  • Imagino que, una vez establecido, mucho.
  • Ni te lo imaginas. Por cada millón de visitas, puedo ganar entre 2000 y 20000 euros.
  • ¿Y qué vas a hacer para conseguir un millón de visitas en tu canal? ¿Qué vas a hacer para mantenerlo?
  • Pues tengo varias ideas: hablar de experiencias en el gym, de tatuajes, de piercings,
  • ¡Joder, CarMan! ¡Estás hecho un broker!
  • Ríete lo que quieras, pero es el futuro.
  • El futuro, claro… el futuro. A mí me parece un futuro de mierda, Carlitos. Me parece que se te ha subido el pavazo al tupé y no te deja pensar con claridad.
  • ¿Entonces qué debería hacer, según tú?
  • Estudiar. Prepararte. Adquirir experiencia. Profesionalizarte de verdad. Si te llama la atención el mundo del márketing, ve a por ello, pero no como un niñato, sino como un tío que sabe lo que se hace. Sin prisas. Sin gilipolleces. Me parece muy bien que quieras servir de ejemplo o inspiración, pero debes hacerlo con solidez, no como un pollo sin cabeza.
  • Pero yo quiero empezar ya…
  • Pues no dejes el instituto. Fórmate y no tengas prisa o serás, en el caso de que llegues a serlo, flor de un día. ¿Te puedo contar una cosa?
  • Sí, claro.

Escena 3

  • En noviembre de 1985 yo tenía 10 años. Por aquel entonces solo había dos cadenas de televisión: la Primera y la Segunda (o UHF), las dos de Radiotelevisión Española. Siempre veíamos el telediario a la hora de la cena. Tal y como ocurre ahora, las noticias no solían ser buenas: atentados de ETA, huelgas de mineros ingleses protestando contra la señora Tatcher, Ronald Reagan y Gorbachov midiéndosela… ya sabes: más de lo mismo. La noche del 14, el noticiario mostró algo diferente. Armero, un pueblecito de Colombia, había sido borrado del mapa por la erupción de un volcán. Los lahares habían sepultado todo el pueblo en lodo y ceniza. En casa se hizo el silencio. Las imágenes nos arrojaban miles de cadáveres mezclados con los treinta y cinco millones de toneladas de lodo que bajaron del Nevado del Ruiz. Un desastre en toda regla. En la primera hora murieron casi 23000 personas. Así. en la pantalla de nuestro televisor, apareció una cabecita que salía del agua. Era Omayra Sánchez Garzón, una niña que había sido atrapada por las ruinas de su propia casa y que los reporteros entrevistaban. Ella hablaba con la sencillez de una chiquilla de trece añitos que no ha visto más mundo que los límites de su pueblo, asida a un palo para no hundirse. Sus ojos estaban hinchados, negros de dolor. Su pelo corto y ensortijado, compacto de barro. Intentaron sacarla, sí, pero estaba atrapada de tal manera que era imposible liberarla de su mortal prisión. Los buzos descubrieron que sus piernas estaban firmemente aferradas por los brazos de su tía, ahogada bajo ella. Aún así, se lamentaba porque no iba a poder ir a la escuela aquel día. Tenía un examen de matemáticas, dijo con aquel acento colombiano que articula ciertos alófonos como mordiéndose la lengua. No era consciente de que su imagen estaba dando la vuelta al mundo. De que yo, a 8.264 kilómetros, iba a ser testigo de sus últimas horas de vida. Ella preguntaba por su madre, por su familia. Nos tranquilizaba diciendo que pronto iba a volver a caminar… Murió tal día como hoy, 16 de noviembre, a las diez de la mañana hora local, habiendo recibido la visita de varios curas, voluntarios, bomberos y de muchos periodistas, tras sesenta horas de suplicio en las que nadie, NADIE se movilizó para transportar una jodida bomba de achique desde Medellín hasta el lugar del suceso. Esa niña, Omayra, influyó en todos y cada uno de nosotros para siempre. Tienes la oportunidad que ella no tuvo, Carlos Manuel. No hagas el imbécil, por favor.

Escena 4

  • Avelino, he de salir a tomar un poco de aire fresco. Si viene a buscarme alguien, ¿puede decirle que he salido, por favor?
  • Descuide, señor alcalde.
  • Gracias.

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