Al Reselico

¿Por qué subimos montañas? Los conquistadores de lo inútil

Historias del Pirineo. Final Episode

Cada vez que me preguntan por qué me gusta tanto escaparme a Pirineos a subir montañas no sé muy bien que contestar. Podría hablar del incomparable paisaje que te rodea, del desafío y la satisfacción personal; del deseo de escapar de nuestro entorno urbano; de las espectaculares vistas desde sus cimas; del reto deportivo que supone; de todo lo que descubres saliendo de tu zona de confort y explorando tus propios límites; de la relajación que produce la naturaleza que te envuelve; de la diversión y el riesgo... Todas estas explicaciones pueden ser en parte ciertas, pero creo que ninguna es del todo completa. La respuesta más sencilla y acertada a esa pregunta se le ocurrió a George Mallory, uno de los mayores alpinistas de inicios del siglo pasado: “¿Por qué subo montañas? Porque están ahí».

“Aquellos que eran vistos bailando, eran considerados locos por quienes no podían escuchar la música”

"Los Conquistadores de lo Inútil” es el maravilloso título de uno de los libros más famosos y leídos de la literatura de montaña. No podría definir mejor lo que supone el montañismo. Fue escrito en 1961 por Lionel Terray, un escalador francés miembro de la expedición al Annapurna que en 1950 conquistó el primer ochomil alcanzado por el hombre. Es uno de mis relatos favoritos, una obra extraordinaria que nos transporta a altas cimas, donde las prioridades cambian, se suceden vivencias únicas y se aprenden valores inolvidables. Una lectura imprescindible que intenta responder esas eternas preguntas: “¿Por qué subimos montañas?, ¿Qué mueve realmente al ser humano a subir a sus cumbres? ¿Por qué conquistamos lo inútil?”.

La llamada de las montañas es un sonido difícil de explicar y de resistir, especialmente en estos tiempos en que casi cualquier experiencia está a un solo click de distancia. Ante la infinita belleza de sus picos surge el insaciable deseo y la curiosidad inevitable que caracteriza a la raza humana y que ha impulsado a la humanidad a surcar mares desconocidos, perderse en selvas tropicales y, cómo no, ascender a cimas imposibles. En mi caso, sé que muchas veces sueno idealista y romántico cuando hablo de esto. Soy consciente de ello. Habrá algunos de ustedes que piensen que estoy medio loco por invertir mis vacaciones en subir a unas cumbres y reconozco que muchos no entenderán o compartirán mi pasión, pero ¿cómo habrían de comprenderla sin antes haberla vivido? Cuando comento algo de Pirineos con mis amistades y conocidos, a menudo recuerdo esa célebre frase de Nietzsche: “Aquellos que eran vistos bailando, eran considerados locos por quienes no podían escuchar la música”.

Sin reloj, sin móvil ni cobertura, sin más pautas que el camino que te invita a seguir hacia delante, en búsqueda de la emoción

Porque para mí decir montañas es decir Pirineos. Desde bien pequeño me acerco siempre que puedo a esa mágica cordillera; primero lo hice de la mano de mis padres, luego en los campamentos de verano y últimamente con mi grupo de amigos, los “hijos del Hombre-Rebeco”. Y en todas mis escapadas, siempre que camino por sus verdes valles o me pierdo entre sus rocosos collados, sus frondosos bosques, sus ríos de aguas cristalinas y sus cada vez más pequeños glaciares, la montaña me regala lecciones sobre la vida difíciles de explicar. Enseñanzas y experiencias sobre la amistad, el esfuerzo, la soledad, el respeto por la naturaleza, la toma de decisiones, la confianza, el compañerismo…

Cada viaje a los Pirineos supone una nueva aventura en la que encontrarme conmigo mismo. Un día allí arriba, solo con tu mochila, rodeado por aquellos paisajes naturales, es un día que vives de otra manera. Las cosas tienen otra dimensión y adquieren otro sentido. Incluso un bote de melocotón en almíbar sabe diferente y puede convertirse en tu más preciado manjar. Porque en montaña, a lo largo de marchas y travesías, hay momentos para todo. Ratos para disfrutar y reírse, ratos para pensar y desconectar, ratos para sufrir, preguntarse qué leches haces allí y cuestionarse qué necesidad tenías tú de ascender a ese maldito sitio. Pero luego levantas la vista del sendero, recuperas la respiración y te encuentras con la recompensa. Un inmenso reducto de paz y libertad. Un lugar donde pararse a escuchar el viento y el murmullo de los arroyos, donde admirar un mar de nubes y, más allá, el horizonte infinito, donde respirar calma y tranquilidad… sin reloj, sin móvil ni cobertura, sin más pautas que el camino que te invita a seguir hacia delante, en búsqueda de la emoción.

Lo mejor siempre está en el viaje, en el recorrido, en la experiencia

Cuando se publique este artículo andaré de nuevo por la montaña. Estaré en el circo de Troumouse, encerrado en uno de los entornos más bellos, salvajes y espectaculares del Parque Nacional de los Pirineos franceses, intentando encadenar la cresta de la Munia y echarme a la mochila otras cinco cumbres de tres mil metros. Si no lo consigo, tampoco pasará nada. Porque lo más importante nunca es llegar a la cima, ese no es el verdadero éxito. Huyo de afrontar la montaña como una competición donde lo fundamental sea acumular ascensiones o desniveles, donde lo relevante sea coleccionar horarios o récords. Lo mejor siempre está en el viaje, en el recorrido, en la experiencia. En aprovechar la senda y divertirse durante el trayecto. En ir, paso a paso, marcando tu propia ruta a través de las historias y emociones vividas.

En este mundo, que corre con tantas prisas, es mejor avanzar despacio y firme, sin dejar de mirar a las cumbres, pero disfrutando de cada momento. Porque en las montañas, como en la vida, admirar las cosas bellas del camino es el mejor modo de conocer y aprender, también de uno mismo. 

Admirar las cosas bellas del camino es el mejor modo de conocer y aprender, también de uno mismo

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