El Ordenanza

Prohibido suicidarse antes de vacaciones

El Ordenanza. Capítulo 105

Escena 1

  • Avelino, ¿ha visto usted la carpeta de los documentos del proyecto de Repsol?
  • Se la llevé esta mañana a su despacho, señor Alcañiz.
  • ¿A mi despacho? ¡La ando buscando media hora! ¡Joder, qué follonazo! ¡No puede estar uno con la cabeza en tantos sitios!
  • Avelino, ¡menos mal que lo encuentro! ¿Han traído ya los folletos de la campaña para los jóvenes?
  • Todavía no, señorita Gemma.
  • ¿No? ¡Que estamos a viernes! ¿Puede usted llamar y decir que los traigan antes de las dos?
  • En seguida llamo.
  • Avelino, ¿ha llegado ya el alcalde?
  • Vino, don Andrés, pero se tuvo que marchar…
  • ¡Joder! ¿Sabe si tardará mucho?
  • Pues…
  • Da igual, le voy a mandar un whatsapp, a ver si hay suerte y lleva el móvil encima.
  • Como usted quiera.
  • Avelino, necesito el acta del último pleno.
  • Las tiene usted en secretaría, señor Acevedo.
  • ¡Descárgatelas de internet, Roque!
  • ¿De la web del Ayuntamiento?
  • Bueno, puedes intentarlo en youtube, pero igual no es lo mismo…
  • ¡Qué gracioso, Andrés! ¡Que me parto de la risa! Esa web lleva obsoleta desde 1939.
  • Oye, una cosica… ¿tú te consideras español?
  • ¡Claro! ¿A qué viene eso?
  • A que dices “web” en lugar de “página”. ¡Anglófilo! ¡Jajajajajaja!
  • ¿Y eso me lo dices tú, que en la línea de arriba has utilizado comillas inglesas (“”) en lugar de españolas («»)?
  • ¡No se te escapa ni una, pardal! ¿Te vas a algún sitio de vacaciones?
  • Iremos unos días a Burgos y Ávila.
  • Yo te hacía en Marina D’Or…
  • Buenos días, Avelino. ¿Está el alcalde?
  • No, don Manuel. Salió hace un rato.
  • ¿Tardará mucho en volver?
  • No lo creo. Es viernes y estamos justo antes de vacaciones…
  • Lo sé, Avelino. Si me hace el favor, cuando venga, dígale que me llame a la Casa de Cultura, ¿vale? Tenemos que ver lo de la Semaine de la Voix.
  • Descuide.
  • Gracias, Avelino. Felices vacaciones.
  • Felices vacaciones, don Manuel.

Escena 2

Son, aproximadamente, las tres y treinta y cinco minutos, seis segundos y ciento setenta y ocho milésimas (estamos de olimpiadas, amigo lector) cuando Avelino saca la llave de la última cerradura de la puerta principal del edificio municipal.

Guarda su manojo de llaves en el bolsillo derecho del pantalón weiss, que continúa inmaculadamente planchado y da gracias por su suerte: al terminar de acomodar los llavines en su faldriquera, escucha con atención. Nada. Apenas nada. Menos que nada. Nada.

Levanta los ojos y admira el vuelo de los vencejos sobre la Iglesia Parroquial. Son unos animales impresionantes. Los verdaderos boomerangs de la naturaleza. Algunos dicen que pueden volar a doscientos kilómetros por hora. También ha oído que duermen mientras vuelan, a intervalos muy cortos pero, a estas horas de la tarde y, con la mañana que ha llevado, no cree todo lo que oye y, los kilómetros por hora, son solo una unidad de medida. Lo que le apasiona es verlos volar. Describir piruetas imposibles con triple tirabuzón… tirabuzón… bonita palabra.

Son las tres y cuarenta y tres minutos de la tarde. Avelino todavía no ha movido un pie. Casi menos cuarto. Siente cómo el espíritu de las vacaciones le recorre las pantorrillas (mejora esto, Dickens). Hace un calor de mil demonios, no como en Navidad. Está siendo consciente de que está, a estas horas, oficialmente de vacaciones. Sonríe. Dickens le gusta pero, espera que, hoy, Aurora haya hecho gazpacho andaluz y no pavo. Es menos trabajoso, que lo del horno en julio…

  • ¡Venga, Avelino! ¡Vaya para su casa, que nos vamos a tirar todo el capítulo viendo volar a los pajaricos!
  • Con todos mis respetos, don David, estoy de vacaciones.
  • Vale, vale. Seguimos.

Así pues, aunque mirándome de reojo, Avelino comienza la marcha. La plaza va cambiando de perspectiva al ritmo de sus pasos y, poco a poco, se consume en una bocacalle al norte. La calle no es muy estrecha, pero la sombra de la tarde hace que el sol le de tregua al caliente asfalto. Allá, a unas pocas decenas de metros, deberá torcer a la derecha y subir el repecho que lo separa de su hogar.

Justo en la esquina, una figura singular le sorprende: su baja estatura, su encorvada espalda, su camiseta raída, sus botas de infantería, su chupa de cuero, su desgreñada cresta y su preciosa perrita, Nancy. Tony Piojo es un punki de los de verdad, no de los “panks”, no. De los punkis. De los que escuchaban a Escorbuto y a Cicatriz. Es uno de esos tipos que, en los ochenta, ya estaba anclao en los ochenta.

El espacio entre Tony y Avelino se acorta. El paso firme de nuestro héroe contrasta con el bamboleo desordenado del punkarra y el tintineo de las patitas de Nancy.

  • ¡Hombre, Antonio! ¡Qué grata sorpresa!
  • ¡Buenas, Avelino!
  • Hola, Nancy, ¡qué bien te veo! ¡Y a ti, Antonio!
  • Ya sabes que, aunque se empeñen en matarme, resucito siempre.
  • Te veo muy cristiano y sano. Me alegra.
  • ¡Bueh!
  • ¿Qué es de tu vida?
  • Pues allí, con los abuelicos… ¡ya ves! ¡Encantao! Estoy ahí, me tratan bien, pido poco y vivo. Mi vida está fuera del tiempo.
  • Te veo bien, de verdad. Has engordao y todo.
  • ¡Si es que me tiro to el día comiendo! Que si desayuuuuno, que si merienda, que si ceeeena, que si almuerzo…
  • ¡Aún te quejarás!
  • ¡Qué pijo! ¡Estoy de putísima madre, Avelino! Oye, ¿y la Aurora?
  • En casa, Antonio. Llego a casa, como y nos subimos al Puerto.
  • ¿Aún tienes la casa de tu abuelo?
  • Sí. Aquello es un pedazo de cielo. A ver cuándo me haces una visita.
  • Iría, ¿sabes?… pero es que está a tomar por culo y, las botas ya me pesan lo mío…
  • Estás hecho un zagal.
  • ¡Por los cojones!
  • Ya…
  • Oye, ¿para dónde ibas?
  • P’al Fabri.
  • Antonio, el Fabri cerró en…
  • Lo sé, Avelino… a veces voy a mirar la fachada… qué tiempos…
  • ¡Bueno, pues me voy a la puerta del Consum, que también he pasao buenos raticos ahí!
  • No hay quien pueda contigo, Antonio.
  • Saluda a Aurora.
  • Cuídate.

Dedicado a la memoria de Tony “El Piojo”, que, mientras escribo estas líneas, todavía sigue vivo.

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