El Ordenanza

Yo, Braulio (el Comentador de cañas)

El Ordenanza. Capítulo 79

Escena 1

  • Buenos días, Avelino.
  • Buenos días, Braulio. ¿Qué le trae por aquí?
  • Vengo a ver a Acevedo, a devolverle esto.
  • ¿Un jamón?
  • … es una larga historia, Avelino… larga y amarga.
  • … don Roque está en su despacho. La primera planta a la derecha.
  • Muchas gracias.
  • No hay de qué, amigo.

Escena 2

  • Mi nombre es Braulio y hace seis días que no comento nada en Facebook.
  • ¡Te queremos, Braulio!
  • ¡Te queremos, Braulio!
  • ¡Te queremos!
  • Bienvenido, Braulio. Si quieres, nos puedes contar tu experiencia.
  • … no sé muy bien por dónde empezar… Yo siempre he sido un tío muy popular (cortinilla de windchimes). Mi madre me puso Braulio por el cartero de la serie esa de televisión, que nunca me acuerdo cómo se llama…
  • Crónicas de un pueblo.
  • ¡Esa! Pues resulta que siempre fui un niño muy vivo. Desde pequeño tenía unas caídas… y claro, eso con el tiempo cogió fuerza y ya en el colegio era la risión. Vamos, que no quedaba ni un “San Antón” sin su “los cojones a montón” ni un “martes” sin “de mierda te hartes”.
    Así, luego tuve que dejar el efepé y ponerme a currar. Los maravillosos años del bakalao.
  • ¿Del bakalao?
  • Es que no se puede estar a todas… usted me entiende…
  • ¡Ay! ¡Pero no me digas de usted! Me hace mayor.
  • Pronto destaqué en tertulias de barra, bien fueran políticas, deportivas, culturales… Se formaban corros a mi alrededor. Se escuchaban murmullos de aprobación. Vítores. Yo que, por aquel entonces, ya había tuneado mi Ford Escort con un llamativo alerón y puesto unas buenas mamellas a mi novia, vivía en una constante búsqueda de conocimiento para regalar, al mundo, mi valiosa opinión, ya fuera durante el almuerzo en la fábrica, ya en el descanso de un Madrí-Barsa o en las reuniones familiares (bodas, bautizos, comuniones y entierros). Incluso, no tuve muchos problemas para sobrevivir a la crisis del 2008, ya que mi lengua me aseguró el empleo, en detrimento de mis compañeros. La llegada de las redes sociales fue el trampolín definitivo para mis dotes: ahora podía hacer llegar mi forma de pensar, mi sabiduría, a todos y cada uno de los rincones de este mundo. Así, el nacimiento de mis dos hijos, su crianza y mi felicidad fueron retransmitidas por Facebook. Los “megustas” llovían como agua en mayo y me sentía pleno. Un conocido me animó a dejar mis comentarios en las noticias de los muros de los periódicos locales. Mas pronto que tarde, mi nombre se alzaría con la categoría de “fan destacado”, con aquel diamantito que atestiguaba mi condición de “opinador premium”. Mis frases, lapidarias, acompañaban a las más diversas noticias: si la economía local se desplomaba, yo atacaba la inoperancia del alcalde de turno; si era un logro deportivo, alababa la figura del atleta en cuestión. Era feliz. No me importaba que mi mujer me hubiera dejado (llevándose sus prótesis consigo). No me importaba ver a mis niños un fin de semana de cada dos. Estaba… en la cresta de la ola. En la puta cresta de la ola. La cosa fue a mayores: un partido político se interesó por mí. Iban buscando apoyos que decantasen las noticias a su favor; comentarios determinantes, cada vez más ingeniosos, más abrasivos, más chispeantes. Mi futuro se auguraba brillantísimo brillantísimo. Iba a dar el salto a la política… el salto definitivo… ¡y sin necesidad de ser presidente de ninguna entidad festera, cuidao! Los regalos se sucedían al mismo ritmo que mi sagacidad. Mis opiniones destrozaban o encumbraban cualquier actividad local. Mis comentarios llegaban a tener doce o quince “likes” y ningún defensor del equipo de gobierno se atrevía a medirse conmigo, ante el temor de ser devorado por mi labia implacable… hasta la semana pasada. Todo mi mundo se derrumbó, como una torre de naipes, el miércoles. Acababa de lanzar uno de mis frontales ataques contra el alcalde, ésta vez por su conocida pasividad ante la realidad de que, frente al coronavirus, mantuviese abiertos los centros educativos, cuando sucedió todo. Un tal Casio Querea (de claro nombre falso) descalificó mi aporte de la manera más desconsiderada: apoyaba la decisión del alcalde aduciendo que, gracias a la decisión de mantener los colegios abiertos, la ortografía de las generaciones futuras mejorase con respecto a la mía. La sangre se me congeló.  Rápidamente pregunté a la Alexa si haber iba con “h” y “b” y… mi vista se nubló. Un velo de sangre obturó mis sentidos… Mi vida es... una mentira. Creo que, todos aquellos que se reían con mis comentarios (o yo pensaba que era por mis comentarios), lo hacían de mí. ¡Cabrones! ¡Me habéis estado engañando todos estos años!
  • ¡Cálmate, Braulio! ¿Quieres un poco de agua?
  • ¡Métete el agua en los cojones! ¡Me habéis estado engañando todos estos años!
  • ¡Braulio! ¡Por Visna! ¡La violencia no es la salida!¡Violence is NO WAY!
  • ¡Yo me cago en toa tu… ARRRRGGGGG!!!
  • ¡Braulio! ¿Estás bien?
  • ¿Pues no ves que no? ¡Llama a un médico, subnormal!
  • ¡Uy, Jacinto! ¡Qué genio has sacado!… si te sientes demasiado eufórico, puedes contar hasta diez y llamar tú…
  • Pero ¿cómo cojones quieres que llame si nos haces dejar los móviles en la “habitación de pensar”? ¡Que se necesita tener los cojones a tiras para ponerle a un puto escobero “la habitación de pensar”!
  • Pues a mí me parece chispeante, la verdad… brillantísimo…
  • ¿Pero tú no te estabas muriendo?
  • No sé, chico… ha sido veros discutir así... en vivo y pasárseme tos los males. Gracias, amigos. ¡Me habéis abierto los ojos! Hay todo un mundo más allá de los “me gustas”.
    ¡Hale, que os den por el puto culo, losers!
  • ¿Losers? ¡Krsna te ha guiado hasta aquí para que te dé mi ayuda!
  • Pues ya te ha servido para algo haber estudiao psicología, muchacho. ¡Nos vemos!
  • ¡Namasté!

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