Pese a los inevitables prejuicios que me han llevado a retrasarlo unas semanas, por fin vi el Frankenstein dirigido por Guillermo del Toro... y, como era de esperar, no me ha convencido demasiado. Vaya por delante que es uno de esos casos en los que, como en algunas rupturas sentimentales, puede decirse aquello de “no eres tú, soy yo”. Y es que en ningún caso se puede sostener que el último film del autor de Pacific Rim sea una mala película: en ella, como se suele afirmar en no pocas ocasiones, “todo funciona”: es una adaptación más o menos fiel -firmada por el propio realizador- del texto original; la dirección es modélica y todos los aspectos técnicos a su servicio funcionan como un reloj; y el reparto cumple sobradamente, con mención especial para el nominado al Oscar Jacob Elordi como la Criatura y dos característicos de fuste como Charles Dance y Christoph Waltz. Pero en lo que a mí concierne, e insisto que desde una perspectiva totalmente subjetiva que afecta a mi recepción de la cinta, me vuelve a ocurrir lo que me pasa con muchas de las películas de Del Toro posteriores a El laberinto del fauno: que todo me huele a impostado. Para un viaje que no necesitaba de tantas alforjas, el mexicano salpica la historia de secuencias y planos que parecen pensados más para nutrir el inevitable libro de The Art of Frankenstein (que, como inevitable, sin duda existirá) que no por razones estrictamente narrativas.

Esto, en su caso, ya viene de lejos: de hecho, se abre todo un abismo entre su primer Hellboy, modélica adaptación del cómic de Mike Mignola; y la hipervitaminada Hellboy II: El ejército dorado, una secuela tan deslumbrante como hueca. Por poner otro ejemplo: de La cumbre escarlata, ya dijo en su día cierto crítico que era una película que podía verse embelesado de principio a fin aunque se le quitase el sonido y por tanto no escuchásemos los diálogos ni entendiésemos qué demonios estaba ocurriendo en la pantalla. Coincido con ese juicio -aquella era una de las películas más bonitas, subrayo el calificativo, de lo que llevamos de siglo-, pero aquel experto lo decía como un elogio y para mí se trata más bien de una carencia. Aquí vuelve a pasar lo mismo que en aquella ocasión, en la muy sobrevalorada La forma del agua o en su nueva adaptación de El callejón de las almas perdidas (que no estaba mal del todo pero era muy inferior a la primera versión): Del Toro lleva más allá si cabe los excesos operísticos de la adaptación que firmó Kenneth Branagh (Belfast) en los años noventa y nos ofrece un nuevo triunfo absoluto de la forma sobre el contenido; y mucho me temo que me pilla en una etapa muy poco esteta que ya va para largo. En resumidas cuentas: Cronos, su humilde debut en el formato de largometraje, me sigue pareciendo uno de sus mejores trabajos y todavía recuerdo con cariño (y ganas de reivindicarla cada vez que sale a la palestra) aquella El espinazo del diablo. Y en cuanto a Frankenstein, a pesar de sus limitaciones como adaptación literaria, me quedo con la versión primigenia de James Whale. Pero, insisto, entiéndanme: no es él (Guillermo del Toro), soy yo.

Dicho todo esto, si este estreno de Netflix protagonizado por el doctor Frankenstein y su criatura ha servido para que nuevos lectores se acerquen a la novela original de Mary Shelley, habrá valido la pena. Además, el hecho de que sea un texto clásico sobre el que no pesan derechos de autor y que puede editarse de diversas formas y con traducciones distintas facilita mucho el acceso a la misma. Por mi parte, yo la leí en mi lejana juventud, cursando una asignatura de Filología Inglesa que impelía a leerla en su versión original (creo que puedo confesar, porque el crimen ya habrá prescrito a estas alturas, que hice trampa y la leí traducida al castellano). La edición que utilicé es la de la colección de Letras Universales de Cátedra, con traducción de M.ª Engracia Pujals y prólogo y notas de Isabel Burdiel. Pero si ustedes no la han leído todavía y se animan a hacerlo, hoy les recomendaré otras dos ediciones más recientes y por tanto más fáciles de localizar; teniendo en cuenta que ambas cuentan con algunos factores de interés. En primer lugar, la edición de Nórdica: conserva el título completo de Frankenstein o el moderno Prometeo (en alusión al mito que tanto fascinase al esposo de la autora, Percy Shelley, de quien se incluye aquí su prefacio para la edición de 1818); cuenta con una nueva traducción a cargo de Blanca Gago; y han fichado nada menos que a Ana Juan para embellecer su cubierta: recuerden que esta valenciana, una de mis ilustradoras contemporáneas favoritas, es Premio Nacional y suyas son obras tan fascinantes como los libros Amantes y Snowhite o la novela gráfica Demeter. Lástima que estemos ante un solo dibujo para la portada y no un puñado para el interior, pero menos da una piedra. Y si prefieren ustedes ediciones ilustradas, tomen nota: también las hay a cargo de artistas como Tomás Hijo o Fernando Vicente.

En cuanto a la reciente edición de Planeta, con traducción de José C. Vales, su principal atractivo no es precisamente el más llamativo a simple vista... Y sí, me refiero a la moda de los cantos tintados, aquí de verde fosforito, como la cinta de lectura. Lo más interesante es que, al margen del prólogo de la propia Shelley para la edición de 1831 (presente igualmente en la edición de Nórdica) cuenta con una nueva introducción a cargo de la escritora Siri Hustvedt: la autora de títulos como las novelas Elegía para un americano y El verano sin hombres o el ensayo Vivir, pensar, mirar -y conocida en el mundillo del salseo literario como la viuda del malogrado Paul Auster- evoca su relación con el mito desde la niñez, cuando pensaba que Frankenstein era el monstruo y no su creador (vaya, como casi todo el mundo); y realiza una semblanza de la autora y de las circunstancias en las que se gestó la obra: la reunión en 1816 en Villa Diodati que, entre otros, nos contaron en el cine Ken Russell, Ivan Passer o nuestro Gonzalo Suárez. El texto de la escritora, a la sazón Premio Princesa de Asturias de hace siete años, termina por conformar un volumen que, como la otra edición recomendada, resulta ideal para regalar a quien quiera acercarse a la obra original después de haber disfrutado, o padecido, con la adaptación de Guillermo del Toro. Yo, la verdad, ni lo uno ni lo otro. Pero insisto una vez más: no es él, soy yo.
Frankenstein (la película) está disponible en Netflix; Frankenstein (la novela) está editado por Nórdica y Planeta.




