El Diván de Juan José Torres

Morirse a destiempo

El Estado del Bienestar se ha convertido en un Estado de Incertidumbre y Malestar cuando salió muy tocado de la crisis económica generada en 2008

El texto de este artículo, readaptado ya, lo publiqué el dos de junio de 2012 en el blog El Diván del Desencanto y su título era entonces Morirse a Tiempo. Este verano hará ya nueve años y lo emito ahora porque poco o nada ha cambiado. Hacía referencia a una carta escrita a “Cartas al Director” del diario El País y titulada, precisamente, Morirse a Tiempo. Aquella reflexión era una mezcla de broma sarcástica y tristeza, porque nos alegraba sobremanera el aumento de la esperanza de vida, los avances médicos y científicos al servicio de la Humanidad, las terapias farmacológicas que alargaban en años y en calidad de vida hasta el último trago final, sin duda el más amargo y el que no deseamos nunca que nos llegue.

Nos felicitábamos también por esa sociedad amparada por el Estado de Bienestar y que nos garantizaba, o por lo menos prometía, reducciones de jornadas laborales para aprovechar más y mejor los ocios y tiempos muertos. Igualmente nos satisfacía la tranquilidad de que, llegada la jubilación, con salud digna y decente pensión, nos permitiría saborear los últimos coletazos de felicidad o complacencia, con fuerzas suficientes y más o menos animosas; sin embargo, todas esas esperanzas se desvanecen como un castillo de naipes. El Estado de Bienestar ya no puede responder a tan buenas expectativas, se ha convertido en un Estado de Incertidumbre y Malestar cuando salió muy tocado de la crisis económica generada en 2008.

Los ajustes de los Mercados que mandan, las Reformas Laborales que implantaron han modificado tanto el panorama que nos atizan con alargar la vida laboral, las reducciones de jornada acabaron en un mal sueño, conservar el trabajo una suerte, dedicar nuestros tiempos personales a las cosas que nos gustan en una utopía inalcanzable y la merecida pensión, cuando toque, en el filo de la navaja y en peligro de extinción. Se suma a este escenario, el último año, una desconocida pandemia y otra crisis económica brutal. Las generaciones que nos siguen, la de nuestros hijos y, un poco más allá, la de nuestros nietos, lo tendrán crudo porque, aun trabajando, serán contratos provisionales y menos salario, porque hay cola.

Mientras estos análisis acontecen, más de cien mil personas, hombres y mujeres españoles, en su gran mayoría consideradas de la tercera edad, se los ha llevado por delante el maldito Covid-19 sin poder despedirse dignamente de sus familiares y amigos. Miles de personas aisladas en su último trance por la Administración Sanitaria y por las administraciones residenciales. Todas ellas con pensiones contributivas y no contributivas. Los recortes sanitarios y las improvisaciones suscitadas han aumentado este absurdo caos que nos duele en el alma, el corazón y las propias entrañas. El efecto dominó o, como se dice ahora, el efecto mariposa, origina que las listas de espera para las citas médicas sean virtuales o telefónicas, que las consultas de especialidades tarden una eternidad y que las operaciones quirúrgicas se pospongan.

Y mientras capeamos el temporal y sorteamos el coronavirus, quedamos a expensas de decisiones inteligentes, del temor de caer enfermos, de la angustia por si se pierde el trabajo, de la pesadumbre por si no llegamos a final de mes, de la aflicción por si no se pueden pagar los gastos corrientes, multiplicándose la ansiedad conforme avanzamos en años. Porque los progresos científicos servirán de poco si no se dispone de buenas rentas y éstas nos la restan los bancos con sus condiciones y comisiones; mientras los políticos, no todos, algunos, nos acusan de haber gastado demasiado. Un mundo de locos donde la incertidumbre y el pesimismo deshace y hurta el caramelo del que hacían gala y nos prometían, hace apenas unos pocos años.



Dadas las circunstancias y la poca sonrisa que nos queda, más vale Morirse a Tiempo, aunque preferí cambiar de título, Morirse a Destiempo, por si nos ponemos malos, no nos puedan atender como es debido o nos den una patada en el trasero porque no podemos subsistir o pagar religiosamente, como antaño. En fin, que no tengo prisa alguna y me gustaría morirme de viejo, o de mayor; pero si triste es morirse, más mustio resulta despedirse maltratado. Y aprovechando el final del artículo, aplaudo la aprobación de la Ley de Eutanasia, por si un fatal día tengo que recurrir a ella. No es una obligación, sino una opción personal, porque hay quienes confunden la imposición por decreto con una legítima y personal decisión.

Rescato para este texto el tema musical del “Romance del enamorado y la muerte”, de autor anónimo, aunque se atribuye la readaptación a un original texto del Romancero Español de Juan de la Encina, fallecido en 1529. El Romance está interpretado por las argentinas Leda Valladares y María Elena Walsh.

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